Defensive Desire (Iron Ridge Icehawks Series 4) 11. Capítulo once
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11. Capítulo once

Capítulo once

Emma

L a cafetera exprés emite un siseo, como si estuviera tan harta de mí como yo misma.

Miro la taza que tengo en la mano y me doy cuenta de que he vaporizado la leche mucho más allá de su textura cremosa habitual. Estupendo. Otra a la basura.

La tiro, empiezo de nuevo e intento concentrarme en el pedido que tengo delante.

Normalmente, me siento como pez en el agua detrás de este mostrador. El olor de los granos recién molidos, el reconfortante zumbido del molinillo, la rutina de preparar los cafés...

Todo eso mantiene mi mente en calma.

¿Pero hoy? Soy un auténtico desastre.

Llevo así todo el día. Desde que Logan me besó anoche a las puertas de la cafetería.

Vale, puede que no sea solo el beso. Quizá sea la forma en que sus labios sabían ligeramente a cerveza y a aire invernal, la forma en que sentí sus manos firmes y cálidas en mi cintura.

O quizá sea cómo me miró después.

Cojo otra jarra de leche e intento concentrarme. Flat white. Un azucarillo. No es difícil, Emma. Pero todavía me tiemblan las manos y por poco se me cae la jarra.

—¿Va todo bien por ahí? —pregunta el señor Harrow desde el otro lado del mostrador, con las cejas arqueadas.

Le dedico mi sonrisa más radiante, esperando que oculte el hecho de que hoy apenas puedo dar pie con bola.

—Solo... una mañana ajetreada, ya sabe.

Él me sonríe. —Bueno, sea lo que sea lo que te tiene distraída, asegúrate de que valga la pena.

Oh, desde luego que lo vale.

Como si mi crisis mental la hubiera invocado, Lucy entra con aire desenfadado, aún con el polo de trabajo de los Icehawks y el pelo recogido en una coleta desordenada.

Se dirige directamente a su taburete habitual en el mostrador, deja el bolso y me dedica una de esas sonrisitas de complicidad que me indican que ya me ha calado.

—Hola —empiezo, intentando sonar casual—. ¿Has sabido algo de Connor hoy? Solo... me preguntaba si ha mencionado algo sobre el entrenamiento.

Lucy arquea una ceja, claramente sin tragarse mi repentino interés por los horarios de hockey. —Connor probablemente siga en la pista. ¿Por qué?

—Por nada —murmuro, sin resultar convincente en absoluto.

—Ya, claro. —Me observa mientras preparo otro café, esta vez logrando no llenar la taza en exceso—. Parece que estés a punto de entrar en combustión espontánea. ¿Ha pasado algo?

Me encojo de hombros, demasiado ocupada intentando no quemarme con el vaporizador de leche como para sostenerle la mirada. —Día ajetreado. Muchos pedidos.

Lucy se apoya en el mostrador con la barbilla en las manos. —Claro. ajetreado . ¿Por eso estás haciendo dibujos de corazones en la espuma sin darte ni cuenta?

Miro hacia abajo. El latte que tengo delante tiene un corazón perfectamente formado, y ni siquiera puedo echarle la culpa a un esfuerzo artístico.

Simplemente... ha salido así.

La sonrisa de Lucy se ensancha. —Desembucha. Ya.

—¡No hay nada que desembuchar! —digo demasiado rápido, torpe con el siguiente pedido.

Ladea la cabeza, examinándome como si fuera un rompecabezas especialmente confuso. —Emma, estás radiante. Casi radiactiva. Tú no sueles brillar así. Tú solo... resplandeces ligeramente. ¿Qué pasa?

Abro la boca para restarle importancia, pero basta una mirada al rostro de Lucy para que toda la historia salga a borbotones. —Solo fue una cena. Fuimos al Ridgeview. Nos comimos una hamburguesa. Eso es todo.

Lucy entorna los ojos. —Ajá. ¿Y?

Siento que el rubor me sube por el cuello. —Y... puede que nos hayamos besado.

Se le abren los ojos de par en par y casi se cae del taburete. —¡Madre mía! ¡¿Has besado a Logan Kane?! ¿Al gruñón y emocionalmente estreñido Logan Kane?

—No fue solo un beso —admito, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Fue... perfecto. Sabía... bien. Y fue... delicado. Y luego... me miró como si fuera la única persona en el mundo.

Me sorprendo a mí misma soltando un suspiro largo y soñador que hace que Lucy suelte un gritito y dé palmaditas como un chihuahua de circo. Unos cuantos clientes nos miran y yo pongo una sonrisa casual.

—¡Te estás enamorando de él! —anuncia Lucy.

—¡Claro que no! —protesto.

—Oh, venga ya. Lo estás totalmente.

No puedo evitar sonreír, aunque el corazón me late con fuerza en el pecho. —Solo ha sido un beso. No significa nada.

Lucy resopla. —Un beso de Logan Kane lo significa todo. Ese hombre no besa por besar. Ni siquiera abraza a la gente. Le he visto estampar a un tío contra la valla solo por darle una palmada en el hombro.

Suelto una risita, pensando en lo fiero que parece en el hielo y lo tierno que estuvo anoche. —Él simplemente... me hace sentir segura. Y deseada. Y... especial.

La expresión de Lucy se suaviza. —Eso es porque lo eres. Y Logan por fin es lo bastante listo para darse cuenta.

La campana sobre la puerta suena y levanto la vista para ver entrar a la señora Jenkins; ya tengo su pedido habitual de la tarde en la cabeza.

—Lo de siempre, querida —dice con un guiño.

Me pongo a preparar su bebida y Lucy se inclina más hacia mí, bajando la voz. —Entonces... ¿cuándo es la próxima cita?

—No lo sé —admito, manteniendo las manos ocupadas—. Quiero decir, me ha escrito antes, pero no ha sido... concreto.

Lucy pone los ojos en blanco. —Tía, os habéis besado. Eso significa que la próxima vez tienes que ir a por todas.

—¿Yo? ¿A por todas? —suelto con un hilillo de voz—. Ni siquiera estoy segura de qué significa eso.

—Sí que lo sabes. Estamos en el siglo veintiuno. Puedes tomar la iniciativa para el sexo perfectamente.

Antes de que pueda cerrar la boca ante tal comentario, la campana vuelve a sonar y Clara entra, apretando un montón de papeles contra sí, con un aspecto inusualmente nervioso.

Mira a su alrededor, vacilando en la puerta antes de dirigirse al mostrador. Algo en la forma en que sujeta esos papeles hace que se me encoja el estómago.

—¿Emma? —dice Clara con timidez—. ¿Podríamos... podríamos hablar en privado?

Se me cae el alma a los pies, la preocupación me invade como un jarro de agua fría. —Eh, sí. Por supuesto. Vamos atrás.

Lanzo una mirada a Lucy y ella simplemente gesticula con los labios: Yo me encargo de la tienda.

Le entrego el café a la señora Jenkins mientras Clara le dedica a Lucy un asentimiento de agradecimiento antes de seguirme a la cocina.

La cocina huele a azúcar quemado y a derrota cuando entramos en ella.

Miro la bandeja de magdalenas que preparé esta mañana en medio del aturdimiento provocado por Logan. Tienen los bordes carbonizados y el glaseado derretido. Un auténtico desastre.

Tuve la gran idea de hornear algo especial para celebrar el éxito del festival del Parque de Bomberos.

En cambio, he creado lo que parecen discos de hockey negros y quemados con virutas de colores.

Empujo la bandeja hacia el fondo de la encimera, esperando que Clara, de entre todas las personas, no se dé cuenta.

Ella me sigue con su habitual presencia compuesta, pero un poco alterada. Le indico la mesita redonda junto a la ventana, ofreciéndole asiento mientras ella mantiene los papeles contra su pecho.

Clara se sienta, exhalando como si llevara horas aguantando la respiración.

Me siento frente a ella, mientras mis manos limpian inconscientemente el polvo de harina de la encimera. —Clara, ¿estás bien? Pareces... inquieta.

Me dedica una sonrisa débil. —¿Tanto se nota?

Asiento, sin atreverme a decir nada más por miedo a presionar. Clara siempre ha sido la imagen de la calma y el control, la que sabe cómo suavizar las cosas con una sonrisa y una tarta de limón recién horneada.

Verla así de alterada hace que el corazón me dé un vuelco de preocupación.

Abre la boca y respira hondo. —Emma..., quería decirte esto antes de que nadie más se enterara. Solo que... no sabía cómo.

—¿Decirme qué?

—Voy a vender el Summit Café.

Parpadeo, segura de que he oído mal. —Espera... ¿qué?

La sonrisa de Clara es suave, pero hay una pizca de tristeza en ella. —Lo sé. Llevo tiempo dándole vueltas. Pero ha llegado el momento.

—Pero... ¿por qué? —Mi voz suena más suplicante de lo que pretendía—. Has invertido mucho en el Summit. Es tu vida.

Ella mira por la ventana, viendo cómo la nieve cae perezosamente sobre la calle. —Lo ha sido. Durante quince años. Y me encanta. Pero a veces... a veces hay que dejarlo ir. Antes de que se te olvide cómo cambiar.

Se me hace un nudo en la garganta. —Pero... es el Summit . Es el sitio al que va todo el mundo. No puedes... simplemente no estar allí.

Clara ríe suavemente. —Esa es parte del problema. Me he vuelto... una parte demasiado grande de él. Amo Iron Ridge, pero siento que estoy anclada aquí y no sé cómo liberarme. Solo necesito algo nuevo.

Sus palabras me calan más hondo de lo que esperaba.

Sé lo que se siente al estar estancada, al pensar que quizá nunca seré nada más que la chica que huye del sueño de su madre.

¿Pero Clara?

Ella es la reina de Iron Ridge. No me imagino este lugar sin su cafetería.

—¿Qué vas a hacer? —pregunto con voz tenue.

Se encoge de hombros. —Voy a tomarme un tiempo libre. Quizá viajar. Visitar a mi hermana en Londres.

Se me curvan las comisuras de los labios, pero es una sensación agridulce. —Es que... no puedo creerlo. Pensaba que el Summit lo era todo para ti.

—Lo era. Pero a veces, Emma... a veces lo que amas se convierte en una jaula. No quiero sentirme atrapada aquí. No cuando tengo la oportunidad de hacer algo diferente.

Sus palabras me tocan en un punto que ni siquiera sabía que me dolía. ¿Cuánto tiempo llevo luchando para demostrar que Chapter & Grind es algo más que un experimento temporal? ¿Para demostrarme a mí misma que no solo estoy jugando a ser dueña de un negocio?

Las emociones encontradas me marean. Alivio porque mi mayor competencia se va. Culpa por sentirme así. Pánico ante la idea de que, si el Summit no es sostenible, quizá Chapter & Grind tampoco lo sea.