7. Capítulo siete
Capítulo siete
Logan
D oy un portazo en el baño de la cervecería más fuerte de lo necesario y me apoyo en la puerta, con las manos aferradas a ambos lados del lavabo.
¿Qué cojones me pasa?
En el espejo, mi reflejo me devuelve la mirada de forma desafiante.
Tengo los ojos desorbitados, con todo el aspecto de ser el ejecutor listo para soltar los guantes en el centro de la pista de hielo. Solo que, en lugar de enfrentarme a algún capullo de Boston, estoy luchando contra... contra…
¿Contra qué? ¿Contra qué demonios estoy luchando ya?
Hace cinco minutos, estaba a punto de besar a Emma. A punto de besarla de verdad. Delante de medio Iron Ridge, mientras ella se reía con un ridículo desfile de mascotas, aferrada a ese estúpido lobo que le gané como si fuera de puto oro.
La forma en que me miró cuando le toqué la cara...
Cristo. Esos cálidos ojos marrones, la forma en que sus labios se entreabrieron apenas un poco, como si ya estuviera imaginando a qué sabría yo. Podría haberla besado allí mismo, delante de todo el mundo, y no me habría detenido.
Sé que no lo habría hecho.
Ella quiere. Me quiere a mí .
¿Y qué hago yo?
Huir. Como un maldito cobarde.
¡Joder!
Me echo agua fría en la cara, pero no ayuda. Nada va a ayudar, excepto quizás una lobotomía o alejarme lo máximo posible de Emma Carter.
La puerta se abre con un crujido que suena como un toque de difuntos. Blake entra y, por la expresión de su rostro, ha estado buscándome.
—Ahí estás —se apoya contra la pared con los brazos cruzados, estudiándome con esos calculadores ojos de capitán—. Te he visto cruzando el desfile como una exhalación. ¿Quieres decirme por qué parece que alguien te acaba de decir que la temporada se ha cancelado?
—Estoy bien —gruño, evitando su mirada.
—Ya. Claro. Y yo soy el puto conejito de Pascua —Blake se acerca un paso—. ¿Esto es por Emma?
Mis manos agarran el borde del lavabo con tanta fuerza que me sorprende que no se agriete.
—Déjalo, Blake.
—Ni hablar —su voz se vuelve seria, el tono que usa cuando está a punto de dar uno de sus discursos de capitán antes de un partido importante—. Llevas semanas rondando a esa mujer como un depredador. Todo el mundo habla de vosotros dos...
—Es solo por el programa comunitario...
—Mentira —Blake me interrumpe—. No te he visto preocuparte por el alcance comunitario en la vida. Joder, si normalmente esquivas todo lo que sea relaciones públicas como si fuera la peste.
Tiene razón, y los dos lo sabemos.
Recuerdo cuando Blake me pidió que ayudara con el programa juvenil la temporada pasada. Dijo que a los niños les encantaría conocer a otro jugador. Balbuceé alguna soplapollez sobre necesitar tiempo de recuperación y luego me pasé el fin de semana viendo Netflix en mi apartamento a solas.
Me giro para mirarlo, con la mandíbula apretada.
—Solo intento echarle una mano.
Blake resopla.
—Claro. Y Connor se unió al equipo por amor al mantenimiento del hielo.
Estoy a punto de decirle exactamente por dónde puede meterse sus observaciones cuando se acerca más, bajando la voz.
—Mira, lo entiendo. Después de que mi padre se fuera, yo también pensé que me iría mejor solo. Más seguro. Menos complicado —la expresión de Blake se suaviza ligeramente—. Pero a veces aquello de lo que huyes es exactamente lo que más necesitas.
—No sabes de qué estás hablando —murmuro.
—¿Ah, no? —Blake arquea una ceja—. ¿Crees que no vi cómo la mirabas durante aquella sesión de fotos promocional? Estás coladito por ella, Logan. La única pregunta es qué vas a hacer al respecto.
La puerta del baño vuelve a abrirse y Connor entra pavoneándose, echando un vistazo a nuestras caras.
—Vaya. ¿Se ha muerto alguien?
Me paso una mano por la cara y gimo.
—Manda huevos.
Connor sonríe desde el otro lado de la estancia. —Cielo santo. Parece que el entrenador acaba de anunciar entrenamientos matinales obligatorios por el resto de la eternidad.
Blake le lanza una mirada de advertencia, pero Connor ya ha fijado su objetivo en mí.
—Esto es por Emma, ¿verdad? —Connor sonríe, disfrutando claramente de la situación—. ¡Tío, os he visto antes! Madre mía, cómo os mirabais durante el juego de los aros... Pensé que te la ibas a echar al hombro para llevártela como a un cavernícola.
—Cállate, Walsh.
—Solo digo que la tensión sexual era tan espesa que podría haberla cortado con la cuchilla de mi patín. —Connor se apoya en el marco de la puerta, bloqueando mi salida—. ¿Cuál es el problema, entonces? Claramente la deseas, y tú claramente le gustas...
—El problema —le espeto— es que es jodidamente complicado.
—¿Por qué? —Blake y Connor intervienen a la vez cual descartes de natación sincronizada, sus voces chocando en el aire entre nosotros.
Me paso las manos por el pelo, con la frustración a punto de estallar.
—¡Porque yo no hago estas cosas! Yo no... tengo sentimientos. Relaciones. Amor —Lanzo los puños al aire—. Sea lo que sea que se supone que es esto .
—¿Y por qué no? —presiona Blake.
La pregunta queda suspendida en el aire como el humo.
¿Qué le digo?
¿Que tengo miedo? ¿Que la última persona a la que amé murió mientras yo estaba en un autobús en otro país, y ni siquiera pude llegar a su funeral? ¿Que dejar que alguien te importe tanto significa darle el poder de destruirte por completo?
Ese día tomé una decisión.
El amor es para los débiles. Me va mejor solo.
Al menos, así es como me sentía hasta que apareció Emma. Hasta que irrumpió en mi vida con sus libros y sus jerséis con olor a canela, mirándome como si fuera algo más que el tío que rompe caras en el hielo. Como si tal vez valiera la pena conocerme más allá del ejecutor que todos los demás veían.
—Simplemente... dejadlo. Los dos.
Intento pasar por el lado de Connor, pero él no se mueve.
—¿Sabes cuál es tu problema? —dice Connor, demasiado alegre para alguien que está a punto de recibir una paliza—. Que piensas demasiado. Emma te hace café, tú le montas estanterías. Ella te sonríe, tú te pones todo intenso y protector. No es tan complicado.
—Lo es cuando no tienes ni idea de lo que estás haciendo —murmuro.
Blake da un paso al frente. —Ninguno de nosotros sabía lo que estaba haciendo. ¿Crees que yo tenía un manual para lidiar con Sophia? ¿O que Connor entendió a Lucy de la noche a la mañana?
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque... —me callo, buscando las palabras—. Porque vosotros no sois yo.
El silencio que sigue es pesado. Demasiado pesado.
Connor finalmente habla, con un tono más ligero pero aún serio. —Mira, tío. Te he visto enfrentarte a tíos que te doblan el tamaño sin pestañear. ¿Pero la dueña de una pequeña cafetería te hace salir corriendo asustado?
—No es una tienda pequeña —digo automáticamente, y luego me doy cuenta de cómo suena cuando ambos sonríen con suficiencia.
—Ya —dice Blake con sarcasmo—. Entonces, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que tiene al defensa más temible de Iron Ridge escondido en un baño?
Me apoyo de nuevo contra la pared, perdiendo las ganas de pelear. —¿Y si lo jodo todo? ¿Y si no soy... suficiente?
Me sale más bajo de lo que pretendía, pero ambos lo oyen a pesar del ruido del festival que sigue retumbando a través de las paredes.
La expresión de Connor se suaviza. —¿Suficiente para qué?
—Para ella. Para lo que se merece —me quedo mirando al suelo—. Emma tiene... tiene esa luz. Esa energía. Hace que la gente se sienta bienvenida, hace que quieran ser mejores. Y yo solo soy...
—¿Qué? ¿Un atleta profesional? ¿Un tío con un gran corazón que ha estado solo tanto tiempo que está dispuesto a valorar a cualquier mujer que se tome el tiempo de conocerlo de verdad? —la voz de Blake lleva un toque de diversión—. Sí, un auténtico perdedor, está claro.
—Hablo en serio.
—Y nosotros también —Connor cruza los brazos—. ¿Quieres saber lo que veo yo? Veo a un tío que da la cara. Que cuida de la gente sin que se lo pidan. Que hace sonreír a Emma de una forma que nunca antes había visto. Lucy no calla con vosotros dos, tío.
Se me encoge el pecho ante sus palabras.
Blake asiente. —Es diferente cuando tú estás cerca. Está más radiante. Más segura de sí misma.
—Y tú también eres diferente —añade Connor—. Menos capullo gruñón. Bueno, solo un poco menos.
A pesar de todo, una pequeña sonrisa asoma a mis labios. —Iros a la mierda.
—Ahí está —Connor sonríe y me da un codazo en las costillas—. Mira, lo único que digo es que dejes de darle tantas vueltas. Sal ahí fuera, asegúrate de que esté bien. Y mira qué pasa.
Blake se separa de la pared.
—O no lo hagas. Sigue huyendo. A ver qué tal te funciona el plan.
Ambos se dirigen a la puerta, dejándome a solas con mis pensamientos y los sonidos del festival filtrándose a través de las finas paredes.
Asegúrate de que esté bien.
Cristo. ¿Y si se ha quedado allí sola, preguntándose por qué la he dejado plantada como un capullo de adolescente?
Me echo más agua fría en la cara, pero no ayuda con el calor que corre por mis venas. El recuerdo de cómo se sentía cuando guié su mano en el juego de los aros, cómo encajaba perfectamente contra mi pecho...
Céntrate, idiota. Te necesita ahí fuera.
Cuando finalmente salgo del baño, el sol de la tarde se siente demasiado brillante, el ruido del festival demasiado fuerte.
Escaneo a la multitud, buscando el pelo caoba y esa sonrisa que me revuelve el pecho.
La encuentro en su puesto, pero no está sola.
Ese vendedor de coches del pueblo de al lado se está inclinando demasiado sobre Emma mientras ella intenta recoger sus muestras. Su lenguaje corporal no es el adecuado: hombros tensos, sonrisa forzada.
El instinto protector que habita en mis huesos cobra vida.
Me muevo antes de procesarlo del todo, abriéndome paso entre la multitud con determinación. Ese tipo baboso tiene ahora la mano en la mesa, invadiendo el espacio de Emma mientras habla con voz demasiado alta y cargada de chulería.
—Venga, encanto. Solo una copa. Te prometo que soy más interesante que los jugadores de hockey.