Decisiones imposibles 64
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LUKE

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Cuando Marie empieza a gritar, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no moverme. Mantengo el cuerpo inerte bajo la manta, la respiración superficial, los ojos cerrados mientras Philip se burla de ella.

Sus gritos se convierten en sollozos que me desgarran el corazón.

Voy a matarlo.

Pese al rugido de furia en mi cabeza, abro los ojos apenas una rendija. Nadie se da cuenta. Tienen la atención fija en Marie y en el cuerpo de Kyle.

Entre mis pestañas, distingo a Joe y Mike, que se acercan a ella.

Espero hasta que Mike extiende la mano hacia Marie, y entonces aparto la manta de un tirón y lanzo una patada con la pierna buena.

El talón se estrella contra la mandíbula de Mike y le echa la cabeza hacia atrás.

Cuando Mike cae, recojo la pierna y la lanzo hacia el pecho de Joe, pero él lo ve venir y se echa hacia atrás.

El pie le roza el estómago; lo hace tambalearse, pero no lo derriba.

Joe recupera el equilibrio y busca su arma.

No está. Philip se la quitó para dispararle a Kyle.

Una sonrisa sombría me curva los labios.

Dirijo la mirada al arma de Mike, que yace cerca de su cuerpo.

Me lanzo fuera de la camilla con la mano rota pegada al pecho.

Joe se lanza al mismo tiempo. Golpeamos el suelo juntos y la agonía estalla en mi interior, ardiente y cegadora.

Lanzo el puño izquierdo hacia la cara de Joe, pero él esquiva el golpe rodando. Los nudillos apenas lo rozan.

—Ya que pareces incapaz, Joe —dice Philip con fastidio—, ¿te importaría apartarte para que pueda acabar con él?

Al oír la voz de Philip, me retuerzo y busco a tientas el arma de Mike. No está. No tengo tiempo de preguntarme dónde ha ido a parar, porque Joe se aparta de la línea de fuego de Philip.

Philip se acerca con el arma apuntándome. El corazón me late con fuerza. Impulsado por la desesperación, me arrastro hacia atrás con la mano buena, sintiéndome el peor de los cobardes por retroceder así.

Por el rabillo del ojo, vislumbro a Marie arrodillada con el arma de Mike en la mano. La mira como si no supiera cómo ha llegado ahí. Tiene el rostro blanco y vacío. Levanta el arma hacia Philip y aprieta el gatillo. La bala no le da.

Philip se gira hacia ella.

Se me retuerce el estómago de miedo.

—¡Marie! —grito—. Otra vez. Aprieta el gatillo otra vez.

No se mueve. Todavía tiene esa mirada inquietantemente vacía que conozco demasiado bien. Shock.

«Vamos, cariño, vuelve a mí».

Dispara. Esta vez, la bala alcanza a Philip en el hombro.

Gira hacia atrás, los brazos se le abren de par en par, el arma le cae de la mano mientras se desploma.

Marie se levanta con dificultad y se tambalea hacia él.

De pie sobre la figura retorcida de Philip, aprieta el gatillo de nuevo y le da en el estómago. Philip aúlla.

Tengo que llegar hasta ella. No por Philip. Por Marie. Por la parte de ella que despertará más tarde y tendrá que vivir con lo que haga ahora.

Primero tengo que ocuparme de otra amenaza. Hago oídos sordos a los gritos de Philip y busco a Joe.

Está agachado en el suelo, jadeando. En cuanto lo miro, levanta ambas manos.

—Ya no es mi pelea, tío. Si el pagador está muerto, también lo está el contrato.

Me invade el asco.

—La única razón por la que sigues respirando es porque no fuiste tú quien hizo esto —digo, y levanto la mano rota.

—No es mi estilo —dice Joe—. Esto tampoco era lo mío.

—Pues no lo parecía.

Con un gruñido de frustración, lo golpeo con la mano izquierda. El golpe me cuesta caro. El dolor me desgarra el hombro, pero Joe cae de golpe y no se mueve.

Lucho contra una oleada de mareo y me tambaleo hacia Marie. Está de pie sobre Philip, apretando el gatillo una y otra vez. Clic, clic, clic. Philip yace en un montón sangriento y sin vida a sus pies.

—Ya no puede hacernos daño —le digo con suavidad mientras le quito el arma de la mano con cuidado y la atraigo hacia mí con el brazo bueno. Está rígida, tensa, encerrada en algún lugar helado al que no puedo llegar.

La sostengo de todos modos e intento transmitirle el calor de mi cuerpo.

Al cabo de un minuto, digo en voz baja:

—Tenemos que irnos. Alguien habrá oído esos disparos.

Inspira con dificultad, como si el aire fuera demasiado escaso para llenarle los pulmones.

—Kyle está muerto.

—Lo sé.

—Está muerto porque le pedí que nos ayudara.

—No —la estrecho con más fuerza—. Está muerto porque Philip lo mató.

—Yo lo metí en esto.

—Él eligió ayudar —digo con firmeza—. Philip quiere que cargues con todas las maldades que comete. No le des eso también.

Se estremece y su cuerpo tiembla contra el mío.

Apoyo la mejilla en su cabeza, exhausto hasta límites insospechados.

—Te necesito, mi amor. No puedo sacarnos de aquí sin ti.