Decisiones imposibles 19
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MARIE

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El sol esparce sus últimos colores por el cielo cuando damos con un viejo sendero tallado en la base de una colina de grava.

Está mal señalizado y es bastante ancho, aunque en un punto se estrecha hasta apenas veinte centímetros de camino polvoriento.

Aun así, es lo más hermoso que he visto en todo el día.

Hasta Gordon olvida su malestar por un momento y esboza una pequeña sonrisa, como si recordara lo que es tener esperanza.

—Parece un sendero de yaks o cabras —dice Luke, examinando el suelo—. No sé si todavía se usa.

—Tiene que llevar a algún sitio —replico.

—Sí —dice Jake con tono sombrío—. Probablemente a la tumba de un pastor de cabras perdido.

Gordon levanta una ceja.

—Creía que tú eras el optimista.

Jake frunce el ceño.

—Tengo demasiada hambre para ser positivo.

—Vamos —dice Gordon—. Solo un pensamiento optimista.

—Está bien —replica Jake—. Estoy seguro de que me muero de hambre.

—Se nos va la luz —dice Luke—. Seguiremos el sendero hasta encontrar un lugar donde acampar.

Nos ponemos en marcha en fila india, siguiendo el sendero mientras serpentea entre rocas y asciende por la ladera redondeada de una colina árida.

Mi pie quiebra una ramita seca. Noto, no por primera vez, lo silencioso que es Luke al caminar.

Aunque es alto y de constitución poderosa, se mueve con ligereza, casi como si estuviera acechando algo.

Caigo entonces en que estoy viendo a un cazador experimentado en acción, y me resulta incómodo saber que no son animales lo que caza.

Es un recordatorio de que debo estar alerta.

Unos cuantos momentos decentes no borran quién es ni a qué se dedica.

Delante de nosotros, Luke se detiene en un tramo de terreno irregular resguardado tras el esqueleto de un árbol caído. El árbol está medio podrido y pelado por la intemperie, pero sirve de cortavientos eficaz.

—Acamparemos aquí —anuncia.

Como el suelo está algo húmedo, Gordon y Jake recogen agujas de pino y hojarasca seca para hacer una capa sobre la que tumbarnos.

Comemos carne en conserva e higos secos alrededor de un fuego crepitante.

Las llamas proyectan sombras sobre nuestros rostros y nos dan el aspecto de desconocidos de facciones angulosas.

Jake le cambia el vendaje del brazo a Luke. Por suerte, no hay infección y el corte está cicatrizando bien. Los dos extienden lo que queda de nuestras provisiones y contemplan en silencio el pequeño y triste montón.

—Tenemos que reducir las raciones otra vez —dice Luke por fin.

—Tengo una idea mejor.

—Jake—

—Escúchame. Creo que deberíamos aumentar nuestras porciones.

Luke deja escapar un suspiro cansado.

—Ya odio esta conversación.

Jake señala con el pulgar hacia el sendero.

—O ese camino lleva a un pueblo, y pedimos prestado o robamos—

—Nada de robar.

—Bien. Adquirimos lo que necesitamos —dice Jake sin inmutarse—. O el camino no lleva a ninguna parte y estaremos muertos en una semana. Si la montaña va a acabar con nosotros, prefiero morir con algo en el estómago además de arrepentimiento.

Luke se rasca la mandíbula y su barba incipiente raspa.

—Eso no tiene ningún sentido, Jake.

Cuando se alejan, aún enfrascados en su discusión, Gordon se vuelve hacia mí y susurra:

—¿Qué vamos a hacer con ellos?

—¿Con quiénes? —pregunto distraída, todavía medio absorta en mis pensamientos, con la mirada fija en las llamas.

—Con Jake y Luke —dirige la mirada hacia la oscuridad más allá de nuestro pequeño círculo de luz—. Se suponía que solo iban a dejarnos y recogernos. ¿Cómo vas a contactar con Alex si esos dos andan siempre cerca?

Parpadeo y lo miro bien, procesando lo que dice.

—No lo sé. Ya desconfían bastante de por sí.

—Luke sobre todo —murmura Gordon—. Me inquieta. Siempre con sus preguntas.

—Sí —digo—. Tiene ese efecto.

—¿No te cae bien?

Me encojo de hombros.

—Intento no pensar en él —es la verdad. Más o menos. Intento no pensar en él.

—No me fío de él —murmura Gordon—. Ni de lo que hará si descubre que le hemos mentido.

Se me hace un nudo en el estómago ante esa idea inquietante, pero la aparto. No puedo permitirme pensar en eso ahora. Tengo que centrarme en sobrevivir.

—Improvisaremos —digo—. Pase lo que pase, el dinero dictará sus actos. Tendremos que confiar en eso.

La vuelta de Luke interrumpe nuestra conversación. Gordon se levanta y se aleja arrastrando los pies para ir al baño.

Estoy desenrollando mi saco de dormir cuando Luke aparece a mi lado. Intento no quedarme mirando su camiseta negra ceñida a sus anchos hombros, las mangas cortas que dejan ver el músculo bronceado de sus brazos.

—Ven conmigo —dice en voz baja.

—¿Por qué? —pregunto, y bajo la voz instintivamente para ponerme a su tono.

—Tengo algo que enseñarte.

Intrigada, lo sigo mientras me guía por encima de una cresta y rodea una loma de tierra roja. El terreno desciende, y lo veo.

Una pequeña poza natural se cobija entre un grupo de pinos y una pared de piedra vertical.

Se me escapa una risa de puro gozo mientras contemplo el agua quieta y oscura, con una luna plateada reflejada en su centro.

—¡Puedo darme un baño de verdad!

—Ajá.

—¿Los demás lo saben?

—Todavía no —dice Luke—. Tienes el honor de ser la primera.

La gratitud me inunda el pecho.

—Gracias.

Se encoge de hombros, como si el agradecimiento lo incomodara. Pero una leve sonrisa le baila en la comisura de los labios.

—Es un placer.

Regresamos al campamento. Luke enseguida enreda a Gordon y a Jake en una discusión sobre cómo montar la lona del paracaídas a modo de techo improvisado.

Mientras debaten sobre nudos y ángulos, saco el jabón de la mochila y vuelvo hacia la poza.

Menos mal que insistí en traerlo cuando Luke quería priorizar la comida por encima de lo que él llamaba artículos no esenciales.

Ahora mismo, el jabón me parece menos un lujo que una necesidad.

El agua está sorprendentemente fría. Jadeo al sumergirme; el impacto me vacía los pulmones. Por un segundo, el cuerpo me pide que entre en pánico. Luego pasa la impresión y queda un frío vigorizante que me despeja la mente. Me siento revitalizada al instante.

Empiezo a frotarme el polvo y el sudor con una camiseta vieja.

La gratitud que siento hacia Luke por este pequeño gesto me pilla desprevenida y ablanda algo en mi interior, a pesar de lo que me dicta la prudencia.

Quizás le muestre mi agradecimiento prestándole la cuchilla de afeitar.

Le vendría bien un afeitado. Con esa barba espesa en el rostro curtido y la tira de tela atada en la frente para que no le entre el sudor en los ojos, parece un pirata renegado. Un pirata peligrosamente atractivo.

Mis dedos trazan surcos en el agua y crean ondas que distorsionan la luna.

No sé casi nada sobre él, y sin embargo hay algo entre nosotros.

Se me mete bajo la piel, como si quisiera probar qué haré cuando me vea acorralada.

Me provoca, y yo le devuelvo la provocación, y en medio de esa fricción hay una química que no quiero reconocer.

No confío en él. Ni siquiera me cae bien la mitad de las veces.

Y sin embargo sigo reviviendo el momento en que volvió a bajar la montaña para ayudarme.

Quizás esto sea solo adrenalina y privación disfrazadas de algo que no son. En una vida normal, con ropa limpia, sueño y opciones, probablemente no le dedicaría ni una segunda mirada. No se me oprimiría el pecho cuando está cerca. No se me aceleraría el pulso cuando su atención se posa en mí.

La realidad me devuelve a la tierra cuando me doy cuenta de cuánto tiempo llevo en la poza.

Tiritando, nado hacia el borde; el aire nocturno me hiela los hombros desnudos mientras emerjo del agua.

Trepo con cuidado por las rocas afiladas y resbaladizas.

Extiendo la mano hacia el montón de ropa y entonces me quedo paralizada.

Un escalofrío me recorre la piel como cientos de diminutas patas de ciempiés.

No estoy sola.

Agarro la ropa y me la pego al cuerpo mientras recorro el lugar con la mirada.

Luke se encuentra en la oscuridad bañada por la luna, bajo un pino. Está tan quieto que al principio casi no lo veo. Abro los ojos de par en par.

Da un paso hacia mí y se detiene.

—¿Estabas espiándome? —exijo furiosa, con la ropa como armadura entre nosotros. La punzada de la decepción me deja un sabor familiar y amargo en la boca.

Entrecierra los ojos.

—Estabas tardando tanto que me preocupé. Estúpido de mi parte, lo sé.

—¿Cuánto tiempo llevabas ahí parado?

—Tengo mejores cosas que hacer que jugar al mirón mientras tú haces de histérica.

Una miríada de emociones que no logro descifrar le cruzan el rostro.

—Deberías pensarte bien esa palabra, «confianza», Marie. Parece que no forma parte de tu vocabulario.

Se da la vuelta sin decir nada más y desaparece en la oscuridad.

Me visto y camino despacio de vuelta al campamento, dándole vueltas a lo que ha dicho.

Sé que soy franca. A veces hablo antes de que mi cerebro tenga tiempo de frenarme.

Pero la experiencia me ha enseñado a no repartir confianza a la ligera.

Recuerdo la última vez que confié de verdad en alguien y cómo me traicionó.

Pero la expresión de Luke, esa mezcla de ira y dolor, me provoca una extraña punzada de arrepentimiento por mi acusación precipitada.

En mi ausencia, los hombres han construido un techo temporal con el paracaídas.

Gordon y Jake esperan mi reacción con entusiasmo, y hago un esfuerzo por admirar su trabajo.

A Gordon se le ilumina la cara cuando le hablo de la poza, y se escabulle para darse su baño.

Espero a que Jake se aleje lo suficiente para no oírnos antes de acercarme a Luke.

Está sentado en una roca, untando mantequilla de cacahuete en una galleta.

No levanta la vista cuando me detengo a su lado; se mete la galleta en la boca y mastica despacio.

Carraspeo.

—Tengo una sorpresa para ti.

—¿En serio? —dice después de tragar—. ¿Una personalidad nueva?

Le tiendo la cuchilla de afeitar.

—Toma.

Levanta la vista sorprendido.

—Tenías esta joyita bien escondida.

—Soy muy selectiva con quién comparto mi cuchilla.

—Curiosa forma de disculparse.

—¿La quieres o no?

—La quiero.

Me coge la cuchilla con un deje de exasperación en el rostro.

Trago saliva antes de decir, algo tiesa:

—Gracias por venir a ver cómo estaba.

Antes de que pueda responder, Jake se planta delante de nosotros con las manos en las caderas.

—Hace demasiado frío para bañarse —declara—. ¿Y por qué iba a hacerlo? Las noches son cada vez más frías, y la mugre es un aislante excelente.

Luke lanza una mirada a Gordon, que está junto al fuego con las mejillas sonrosadas y recién aseado.

—Voy a necesitar tu ayuda, Gordon. Jake necesita un baño.

Una sonrisa radiante se dibuja en el rostro de Gordon.

—Será un placer.

La expresión de estupor boquiabierto de Jake se transforma en astucia calculadora.

—Ni hablar —dice, y echa a correr hacia los árboles.

Sin embargo, el pie que Gordon extiende como quien no quiere la cosa lo engancha en la espinilla, y Jake cae al suelo. Se agarra la pierna y los maldice a los dos mientras lo cogen de los brazos y lo arrastran hacia la poza.