De vuelta a Main Street Prólogo
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De vuelta a Main Street

De vuelta a Main Street

Por Emily Asher

© inepub.com

Prólogo

El centro cívico huele a café, a moqueta vieja y a demasiado optimismo.

Tengo veintidós años, estoy de pie al frente de la sala con una presentación que he tardado seis meses en preparar y, sin embargo, las manos no me tiemblan. Eso, supongo, es buena señal.

—El Proyecto de Revitalización de Riverside —digo, pasando a la siguiente diapositiva—. Un desarrollo de uso mixto junto al río. Un hotel boutique, estudios de artistas, una cooperativa de comercios locales y un espacio para eventos comunitarios.

Margaret Walsh asiente con la cabeza. Tom Lee toma notas. Algunos de los concejales más mayores parecen escépticos, pero eso ya me lo esperaba. Lo que importa es que están escuchando. Y Henry está aquí.

Está sentado tres filas más atrás, con los brazos cruzados, mirándome como me mira siempre: firme, concentrado, como si yo fuera la única persona en la sala. Llevamos meses hablando de este proyecto. Conoce cada detalle. Me ayudó a refinar la mitad de las cifras.

—La financiación ya está comprometida —continúo—. Una coalición de inversores regionales que creen en el potencial de Riverside ha levantado la mano. Las obras podrían empezar la primavera que viene.

Yo creo en esto. Y los inversores también. Ven en lo que Riverside podría convertirse y están dispuestos a hacerlo realidad.

—Este proyecto representa todo lo que Riverside puede llegar a ser —digo—. Un lugar en el que la gente quiera quedarse. Donde los negocios prosperen. Donde no nos limitemos a aguantar, sino que avancemos.

Paso a la última diapositiva.

—Pido al consejo que apruebe esta noche los derechos urbanísticos preliminares para la financiación. Que demostremos a nuestros inversores que Riverside está preparada.

Margaret sonríe.

—Gracias, Charlotte. Ha sido una presentación muy minuciosa.

Tom Lee se inclina hacia delante.

—Esto es exactamente lo que Riverside necesita, Charlotte. Se nota el trabajo que has puesto detrás.

Sonrío.

—¿Alguna pregunta? —dice Margaret.

El señor Patterson levanta la mano.

—Bueno, esos inversores… ¿puedes contarnos algo más sobre su trayectoria en proyectos así?

—Tienen experiencia en este tipo de desarrollos —respondo—. Pero, más importante aún, creen en Riverside. Ven en lo que podríamos convertirnos.

El señor Patterson toma nota. No sabría decir si es buena o mala señal.

Hay un par de preguntas más. Dudas sobre el presupuesto. Inquietudes con los plazos. Las contesto como me prepararon los inversores: apoyándome en su experiencia con proyectos similares y citando los estudios de mercado que me facilitaron.

Y entonces, la votación.

—¿Quién está a favor de conceder los derechos urbanísticos preliminares al Proyecto de Revitalización de Riverside?

Se alzan manos. Margaret. Tom. Jessica Nguyen. Algunas más.

Las cuento. Cuatro a favor.

—¿En contra?

Más manos. El señor Patterson. Linda Kowalski. Los Henderson.

Cuatro en contra.

Hay empate.

Miro a Henry.

Él no me mira. Tiene la mandíbula tensa y las manos planas sobre la mesa, como si se estuviera preparando para algo.

—¿Henry? —le insta Margaret con suavidad.

Él clava la vista en la mesa.

Levanta la mano.

No.

Las conversaciones se apagan.

Margaret se aclara la garganta.

—La moción no prospera. Cuatro a cinco.

No puedo respirar.

Tengo los ojos clavados en Henry, y Henry los tiene clavados en la mesa, y no consigo concentrarme en nada más.

Alguien dice algo sobre retomar la propuesta más adelante. Otra persona empieza a recoger papeles. Margaret habla de los siguientes pasos.

Yo no oigo nada.

Cojo el portátil y mis notas y salgo.

El pasillo está demasiado iluminado. La puerta pesa demasiado. El aparcamiento está demasiado vacío.

Me siento en el coche, con las manos en el volante, y no lloro.

Porque si empiezo, no voy a parar.

Votó que no.

Henry votó que no.

Una semana después, la ferretería está en silencio cuando entro.

Es martes por la tarde. No hay nadie, solo Henry detrás del mostrador, haciendo inventario o papeleo o algo que no le exige levantar la vista enseguida.

Aun así, la levanta.

—Charlotte.

No respondo.

Voy directa al pasillo de artículos de envío y cojo un rollo de cinta de embalar. Luego otro. Y un tercero, porque tengo más cosas que empaquetar de lo que pensaba y no quiero volver.

Los dejo en el mostrador.

Él los pasa por la caja sin decir nada.

La caja pita. Los mete en una bolsa. Le entrego la tarjeta.

—Charlotte… —empieza.

—No —digo.

Se detiene.

Cojo la bolsa y me voy.

Tres semanas después, ya no estoy.