De todo corazón Capítulo Trece #3
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Capítulo Trece #3

Oyó abrirse y cerrarse la puerta principal. —Tengo que colgar. —Terminó la llamada y salió del cubículo. Madison estaba de pie con una mano en el bolsillo de los vaqueros.

—¿Llamabas a una amiga para contarle lo espantosa que está siendo tu cita a ciegas? —Sonrió con suficiencia, y Grace se habría ofendido si no fuera tan condenadamente sexy.

—Por supuesto que no.

—Ajá. No te culpo, la verdad. Esto tampoco era lo que yo tenía en mente.

—¿El qué, yo?

—Ha sido toda una sorpresa.

—¿Así que no soy la única? —Le tembló un poco la voz.

—¿Sorprendida? No.

—Bien. —Se pasó la mano por el pelo, nerviosa.

—Pero esperaba que al menos pudiéramos pasar una velada agradable. —Madison le ofreció una sonrisa.

—¿Y no la estamos pasando? —Grace le devolvió la sonrisa e intentó que la suavidad de su propio pelo la calmara. Bajó la mano cuando no funcionó.

—Yo sí. Pero tengo la sensación de que tú quizá no.

—Oh. No, estoy bien. Es solo que...

—Porque si quieres irte, lo he pensado y lo entiendo. Y lo que dijo Rob sobre el rancho, no tienes por qué venir.

—No sé qué decir.

—Di lo que quieras, sin más. No creo que hayas tenido ese problema antes. —Volvió a sonreír, muy levemente, para dejar claro que bromeaba.

—Supongo que no, ¿verdad?

—No exactamente.

—Está bien, entonces. —Respiró hondo—. Me gustaría quedarme a cenar e ir al rancho después.

Madison pareció tambalearse un poco hacia atrás por la sorpresa. O quizá se lo imaginó. —¿En serio?

—Sí. ¿Te parece bien? No has dicho qué opinas tú.

—Bien. Me parece bien. Me alegra que estemos en sintonía.

—Sí, es agradable. Para variar —dijo Grace en voz baja.

—Sí, lo es —dijo Madison.

Se miraron en silencio durante varios momentos.

Grace no sabía qué decir ni qué hacer. Si hablaba, seguro que delataría que el corazón le latía con fuerza y que la sangre le hervía de emoción justo bajo la piel.

Si se movía, seguro que asustaría a Madison y esta saldría volando, como la más rara de las mariposas, para no volver jamás, arruinando aquel momento de hermosa tensión entre ellas.

No, lo único que quería era quedarse así. Perfectamente quieta. Con Madison Clark de pie frente a ella, avivando su fuego con aquella mirada intensa y seguramente efímera.

—Estás muy guapa esta noche —dijo Madison, con evidente tensión en la voz.

Grace tragó saliva. —Tú también.

—No pensabas que pudiera arreglarme tan bien, ¿verdad?

Grace consideró mentir, pero sabía que no serviría de nada. Negó con la cabeza. —No.

—Ya me lo imaginaba.

—He hecho muchas suposiciones sobre ti, Madison.

—Y yo sobre ti. —Dio un paso hacia ella. Grace no se movió.

—Lo siento —susurró Grace.

Otro paso. —¿Lo sientes?

—Sí. —Grace luchaba desesperadamente por mantener el control que se le escapaba. Madison se acercaba poco a poco, con su hermoso rostro cerniéndose sobre ella. Tan cerca que Grace podía oler su colonia, tentadoramente fresca—. ¿Lamentas las suposiciones que has hecho sobre mí?

Grace alargó la mano hacia la de ella. La encontró caliente y suave, ligeramente áspera en la base de los dedos. El corazón le dio un vuelco, como si aquella mano le hubiera acariciado las paredes del pecho.

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—No estoy segura de que estén equivocadas.

Madison estaba a un centímetro y la miraba fijamente a los ojos.

Grace inclinó ligeramente la cabeza, deseando inhalar su aliento. Pero Madison se inclinó y esquivó su boca para susurrarle al oído:

—Me niego a besarte en un baño público.

Grace se estremeció al sentir aquel aliento cálido en la oreja. Se aferró a ella buscando apoyo y casi gimió al notar la fuerza de su cuerpo contra el suyo.

—Ojalá lo hicieras —le susurró al oído, inhalando su aroma.

—No. Aquí no. —Se apartó y Grace casi se cae.

—¿Dónde, entonces?

Madison tiró de su mano. —Nos espera la cena.

Grace estaba terriblemente turbada. —¿Me das un momento?

Madison asintió. —Estaré en la mesa.

Grace la vio marcharse y luego se acercó a los lavabos.

Tenía la piel encendida desde el cuello hasta las aberturas del vestido, donde asomaba el escote.

Pensó en refrescarse la cara con agua fría, pero no quería estropearse el maquillaje.

En su lugar, se concentró en la respiración y en arreglarse el pelo.

Le hormigueaba el cuerpo de pies a cabeza y no dejaba de repasar lo que había sucedido.

Madison quería besarla. De hecho, casi la había besado.

Y entonces ella había respondido con «¿dónde, entonces?».

—Uf, Dios. Qué fina. —¿Se podía sonar más desesperada?

Tendría que intentar disimularlo mejor. Madison la había hecho temblar con un simple susurro.

¿Cómo podía hacerle esto aquella mujer? ¿Cómo conseguía parecer siempre tan tranquila y dueña de sí misma?

Se estaba volviendo más que enloquecedor, pero Dios, qué increíble había sido.

La intensidad entre ellas había sido palpable, densa y pesada.

Y oh, cuánto había deseado que la besara.

Casi la había rodeado con los brazos para tomarla ella misma, deseando sentir aquella boca cálida sobre la suya, presionando y tirando.

Pero afortunadamente Madison se había detenido, y Grace tendría que sopesar sin duda el beso frente al control.

Aunque ya tenía una idea bastante clara de cuál ganaría, y Madison Clark sería la que quedara de pie mientras ella yacía reducida a cenizas a sus pies.

—Contrólate —se dijo mientras salía del baño.

La comida ya estaba en la mesa, y los tres le dedicaron sonrisas cómplices cuando regresó. Juan, en particular, sonreía como un colegial que acabara de gastar una broma.

—¿Qué? —le susurró.

—Nada, nada.

Le dio un codazo.

—¿Qué pasa?

Él se inclinó hacia ella.

—Dímelo tú.

—Nada.

Sabía que tenía cara de espanto.

—Pues no parece nada. Las dos habéis salido como si acabarais de echar una carrera y hubierais disfrutado cada segundo.

—¿Tengo mal aspecto?

Se tocó la cara y notó que aún le ardía.

—Mal aspecto no. Pero estás que ardes. ¿Me entiendes?

Le dio otro codazo.

—No pasó nada.

—¿Queréis ponernos al corriente? —preguntó Rob.

—No —dijo Grace, con la voz demasiado aguda.

Madison sonrió con suficiencia y cortó su filete. Le brillaban los ojos, pero evitaba mirar a Grace.

—Así que nunca me contaste lo de Jake —dijo Juan tras masticar un bocado.

—¿No?

—No mucho.

Dio un sorbo de vino.

—Es el típico adolescente, vamos. Le encantan los videojuegos y la música.

—¿Y las chicas?

—No, afortunadamente aún no hemos llegado a eso. No creo que pudiera con nada más ahora mismo.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Rob—. Compaginar la vida familiar con el trabajo.

—Yo...

Dejó el tenedor.

—No creo que lo haga muy bien, la verdad. Lo intento, Dios sabe que lo intento. Pero entre mis casos y Jake, a veces pienso que necesito encontrar una forma mejor de equilibrarlo todo.

El grupo se quedó en silencio. Entonces habló Madison.

—Ojalá todos mis padres y tutores pensaran así.

—Bueno, no me resulta fácil admitir que no doy la talla.

—Nadie ha dicho que no des la talla —aclaró Madison—. Pero el hecho de que pienses en mejorar ya es mucho. Al menos lo estás intentando.

—¿De verdad? —la miró—. Porque no parece que esté sirviendo de nada.

—Sí. Y estás abierta al cambio, lo cual es bueno. Muy bueno.

—¿Qué me sugerirías? ¿Por el bien de Jake?

De verdad quería saberlo. Necesitaba saberlo. Porque no tenía ni idea de cómo mejorar las cosas para él. El rancho estaba haciendo maravillas, sí, pero ¿y después?

Madison se removió incómoda y miró a Rob.

—No creo que pueda responder a eso, Grace.

—¿Por qué no? Si no eres tú, ¿quién?

—No sé cómo es tu vida en casa. Solo sé lo que Jake me ha contado.

Cerró la boca de golpe, como si lamentara haberlo dicho, lo que provocó la reacción de Grace.

—¿Qué te ha dicho?

—No puedo contártelo.

—¿Algo malo?

—No, nada malo.

Madison suspiró y dio un sorbo de vino.

—Dímelo.

—Grace...

—Si no es malo, dímelo.

—Solo dijo que estás muy ocupada. Con el trabajo.

—Ah.

Miró el plato, sin hambre ya.

—Ya lo sabía.

—Grace —dijo Rob—. Lo estás haciendo bien. Te importa. Intentas estar ahí para él. En mi experiencia, y tengo mucha, esas son dos de las cosas más importantes que puede hacer un padre.

—Yo... trabajo demasiado, ¿verdad?

Miró a Madison.

—Eso no puedo respondértelo.

—Claro que no. Solo Jake puede.

Se limpió la boca.

—Debería irme.

—¿Qué? No —Juan la animó a quedarse—. Disfruta de la cena. Nos lo estamos pasando bien.

—Debería estar en casa con mi sobrino.

—Pero ya estás aquí.

—¿Está solo? —preguntó Madison.

—No. Está con una buena amiga.

—Entonces seguro que está bien. Quédate y disfruta de la cena.

Le sonrió con dulzura.

—En serio.

—Quédate a escucharnos hablar de rugby —dijo Rob—. Si eso no te entretiene, nada lo hará.

Grace intentó sonreír y la sonrisa cuajó. Dio otro sorbo de vino y decidió intentar relajarse. No quería ser maleducada, y Jake seguramente estaba bien. Cualquiera lo estaría con May. Además, ella no había dicho nada preocupante cuando la llamó.