De carne y de coral Capítulo 19
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Capítulo 19

He peleado siempre por una sola cosa: por mí.

Sobrevivir. Quitarme lo que me ataba. Sacar la cabeza del agua un día más.

Cuando saqué sombras de estas islas con los que no vuelven, me decía que lo hacía por Reo, y era medio verdad, pero la otra media era que necesitaba sentirme algo, y salvar a otro era la única forma que conocía de no ser del todo un cadáver que respira.

Nunca fue del todo por ellos. Fue por no ahogarme yo.

Y esta mañana, con lo que sé ahora clavado en el pecho, descubro que ya no me vale.

Que ya no peleo solo por mí. Y eso, para un hombre que se hizo de piedra por dentro precisamente para no cargar con nadie, es lo más parecido a un terremoto que me ha pasado nunca.

Porque ahora sé una cosa que lo cambia todo.

Que la casta no gasta sombras porque haga falta.

Las gasta porque le conviene. Que Reo se murió de piedra para nada.

Que Lume tiene un collar demasiado grande esperándolo para nada.

Y que lo que me salva a mí (querer a Aurel, repartir el coral) no me salva solo a mí: podría salvarlos a todos.

Si la piedra se reparte entre muchos cuerpos dispuestos, ninguno tiene que petrificarse.

Nadie tiene que ser combustible. Ni yo, ni Lume, ni el siguiente, ni el siguiente.

Y ahí está la trampa que me ha tendido mi propia cabeza.

Porque para eso, para salvar a todos, tengo que hacer justo lo que juré no hacer nunca.

Fiarme. Pertenecer. Cargar con gente. Ser alguien a quien otros miren esperando algo.

Un superviviente no lidera. Un superviviente calcula su salida y se va solo y ligero.

Liderar es lo contrario de sobrevivir: es quedarte, es que tu peso sea el de muchos, es que si caes caen contigo.

Todo lo que mi mentira lleva ocho años prohibiéndome.

No pienso en eso. Bajo a la sentina a buscar a Doria.

La encuentro afilando un arpón a la luz de un cabo de vela, borrada de gris contra el mamparo.

— Ha cambiado el juego — le digo, y me siento frente a ella—. No vengo a pedirte una fuga. Vengo a pedirte una guerra.

Doria levanta la vista. Deja el arpón. Me mira largo, con esos ojos que tasan.

— Cuenta.

Se lo cuento. Lo de Rovena, la teoría, la vuelta: que el amor querido reparte el coral, que la doctrina es mentira de poder, que la casta gasta sombras porque le conviene y no porque haga falta.

Y lo que se deduce, lo que me quema: que si muchas sombras dispuestas se reparten la carga, queriéndolo, ninguna tiene que petrificarse.

Que la Marea Mayor se puede sostener sin gastar a nadie, si son bastantes y lo eligen.

Doria escucha sin interrumpir. Cuando termino, se queda callada un rato. Luego habla, muy bajo.

— ¿Sabes lo que estás diciendo, Siro? — dice—.

Los que no vuelven somos gente que huye.

Nuestro oficio es desaparecer. Sacar a uno de las islas y no mirar atrás.

Nunca nos hemos quedado a pelear por nada, porque quedarse es morir.

Y tú me vienes a decir que junte a los míos, a los que llevan toda la vida aprendiendo a escapar, y les pida que en vez de huir se metan en la boca del culto, a la Poza, la próxima Marea Mayor, a cargar coral a propósito.

— Niega despacio—. Me van a escupir a la cara.

— A lo mejor — digo—. O a lo mejor no. Porque a los que huyen les prometemos siempre la misma libertad de mierda: fuera de las islas, lejos, escondidos, otra vez nadie en otro sitio.

Y esto es otra cosa. Esto es acabar con lo que nos hace huir.

— Me inclino—. Tú comercias con nombres, Doria.

Guardas la lista de los que el culto rompe, para devolvérselos a quien escapa.

¿Para qué? ¿Para que se llamen otra vez algo en un puerto extranjero donde no los conoce nadie?

Yo te ofrezco devolverles el nombre aquí.

En su casa. Sin tener que huir. Que la casta que les rompió la concha se caiga, y ellos se queden, con su nombre, en sus islas.

Doria no dice nada. Pero le veo algo en la cara, una grieta, la primera que le veo. Coge el trozo de concha que llevo cosido al cinturón, sin pedir permiso, y le pasa el pulgar por el borde roto.

— Reo también tenía una de estas — dice, muy bajo—. Yo tenía que sacarlo aquella noche y devolvérsela entera al otro lado. No llegué. — Me suelta la concha—. Te debo un hermano, Siro. Ya lo sabes. Nunca me lo cobras. — Me mira—. Cóbramelo ahora. Dime qué necesitas.

— Necesito a los tuyos — digo—. Necesito que la palabra corra por el Mercado de Marea Baja. Que hay una manera de que la piedra no petrifique a nadie si son bastantes y lo quieren. Y necesito tiempo, y no lo tengo, porque la Marea Mayor sube.

— La palabra la hago correr yo — dice Doria—.

Pero no se fían de una sombra jurada, Siro.

Eso lo sabes. Llevas la marca del culto en la nuca.

Para los que no vuelven eres medio enemigo.

Que Doria avale no basta. Vas a tener que darles la cara tú.

Ponerte delante y decirles quién eres. Y tú no sabes hacer eso.

Tú eres el que se queda callado en un rincón calculando la salida.

Tiene razón. Y me da un frío que no es de coral.

— Ya lo sé — digo—. Dame unos días. Primero necesito ver una cosa con mis propios ojos. Necesito ver la cuna.

Doria se pone tiesa.

— Ni de broma — dice—. La cuna está en la Poza, abajo del todo, junto a la obra. Está lejos de tu reliquia. Tu correa no llega. Te petrificas a medio camino.

— No si baja él conmigo — digo—. Aurel quiere ver el rito que le preparan. Quiere entender la cuna para saber cómo romperla. Bajamos los dos. La correa no tira si él está a mi lado. Tú nos metes.

Doria me mira como si hubiera perdido la cabeza, que a lo mejor es verdad. Pero asiente. Porque me debe un hermano y porque, en el fondo, ella también quiere ver caer esto.

Antes de subir, en la escala, me cruzo con Lume. El crío está sentado en un peldaño, contando mareas en voz baja, con el collar demasiado grande resbalándole por el hombro flaco. Al verme se le encienden los ojos.

— ¿Es verdad? — me suelta, sin preámbulo, porque los niños van al grano—. Que hay una manera de que no me toque. Lo he oído. En la sentina se oye todo. Que si sois bastantes, la piedra no se queda con nadie.

Me agacho a su altura. No sé hablarles a los niños. Pero a este empiezo a saber.

— Es verdad que lo estamos intentando — digo—. No te prometo nada, Lume. No prometo cosas que no sé cumplir. Pero te digo una: que mientras yo respire, no te ponen a ti de trece. Antes tienen que pasar por mí.

Lume asiente, muy serio, y sigue contando mareas, pero le veo algo en la cara que antes no estaba, algo pequeño y peligroso que se llama esperanza, y rezo (a nada, porque a los santos no les rezo) por no habérsela dado en balde.

Bajamos a la Poza esa misma noche.

Ordas nos lleva en la falúa hasta la boca del templo, gruñendo que esto es una locura y que tiene miedo y que aun así rema.

Doria nos guía por debajo, por los cascos hundidos y las galerías de la ciudad ahogada, hasta una escala de coral muerto que baja, y baja, más allá del Santuario de los santos, a una cámara honda que huele a ácido de grabar y a piedra recién picada.

La Poza de las Sombras. La charca de marea donde me rompieron la concha de nombre el primer día.

La han agrandado. Han picado el coral viejo alrededor para hacer sitio.

Y en el centro, sobre una plataforma de piedra, alumbrada por dos fanales de nácar, está.

La cuna.

Me quedo parado en la escala. Aurel, a mi lado, se detiene también, y le oigo cortársele la respiración.

Es una cuna de coral. Doble. Dos huecos con forma de cuerpo humano, pegados, tallados en el mismo bloque de nácar rosado, uno al lado del otro, hechos para dos personas tumbadas cara a cara.

El coral está vivo, se nota, tiene ese brillo por dentro de la piedra que todavía crece.

Y en cada hueco, a la altura de donde iría cada cabeza, hay una ranura.

Una hendidura tallada con precisión, del tamaño exacto de una marca de coral.

Bajo. Me acerco. No puedo no acercarme. Y miro las dos ranuras.

La de la izquierda es más grande, ramificada, con la forma de una veta que sube de un antebrazo a una clavícula. La de Aurel. Está tallada a la medida de su coral, del que le sube por el brazo izquierdo, para encajar su piedra en la piedra de la cuna cuando lo tumben ahí.

La de la derecha es más pequeña. Redonda. Del tamaño de un puño, en la posición de una nuca. Y tiene grabado, alrededor, un anillo de trece muescas.

La mía.

Me llevo la mano a la nuca, a la marca de sombra que me sembraron a fuego el primer día, la de las trece muescas, la que flamea cuando me alejo.

Y encaja. La ranura de la cuna está tallada exactamente a la medida de mi marca.

No de una marca cualquiera. De la mía. Trece muescas.

Me han medido. En algún momento, alguien me midió la nuca sin que yo lo supiera, y talló en coral un hueco a mi medida, para que cuando llegue la Marea Mayor me tumben ahí, cara a cara con Aurel, y encajen nuestras dos piedras en las dos ranuras, y nos hagan crecer el coral encima hasta que seamos un solo santo de dos cuerpos, callado, permanente, cantado en oro con dos nombres raspados.

Está hecha. La cuna está hecha. No es un plan de Melisenda, no es una amenaza futura, no es algo que podamos impedir que empiece. Ya empezó. Ya está tallada. Mi tumba ya está tallada en coral, con mi medida, esperando a que suba la marea.

Me quedo muy quieto delante de ella y cuento mi respiración. Cuatro dentro. Seis fuera. Como bajo el agua. Como cuando algo se acerca en la oscuridad.

— Siro — dice Aurel, a mi lado, con una voz que no le había oído, hueca—. Vámonos. No mires más.

— Es mi medida — digo, sin apartar los ojos de las trece muescas talladas en la piedra—.

Me midieron. Trece muescas. Es mi nuca. — Me giro hacia él, y creo que por primera vez desde que me pusieron el hierro, tengo miedo de verdad, del que no se cuenta contando la respiración—.

Han tallado el hueco de mi cabeza en piedra antes de que yo muriera.

Estaba yo vivo, respirando, durmiendo contra tu mampara, y alguien bajaba aquí a medir el sitio donde me van a dejar de piedra.

— Se me quiebra la voz de sal—. Reo también tuvo un hueco antes de morir.

Todos lo tenemos. Nos tallan la tumba mientras contamos mareas.

Y en la cámara honda de la Poza, con la charca negra a un lado y la cuna de dos cuerpos brillando en el centro, se me acaba de romper por dentro la última pieza de mi mentira.

Porque un superviviente que ve su propia tumba tallada tiene dos opciones: huir de ella, o llenarla de gente que la impida.

Y yo, por primera vez, no quiero huir. Quiero que no haya cuna.

Ni la mía, ni la de Lume, ni la de nadie.

Aunque para eso tenga que quedarme, y fiarme, y pertenecer, y dar la cara ante los míos.

Aunque me cueste todo lo que juré no volver a arriesgar.

Miro las dos ranuras, la suya y la mía, hechas para encajar juntas.

Y decido, ahí mismo, delante de mi tumba, que la única piedra que va a encajar en la de Aurel es la mía, sí, pero no muerta.

Viva. Queriéndolo. Repartida entre mil. Y que esta cuna se va a quedar vacía aunque tenga que llenar la Poza entera de sombras dispuestas para que no quepamos.

— Vámonos — digo por fin, y le agarro a Aurel la mano en la oscuridad, la sana, y tiro de él hacia la escala—. Tenemos una guerra que armar. Y poco mar para armarla.