ELLA / polvo
Chatarra
(Nueva York, veinticuatro)
La ambulancia hace dos arranques fallidos.
El primero porque los técnicos no han fijado bien la camilla y al arrancar choca con fuerza contra la pared que la separa del conductor.
El segundo porque Polo avisa de que tiene mucha sangre en la cadera izquierda y tienen que asegurarse de que no haya quedado ningún trozo de metal.
Deberían haber enviado una medicalizada, pero la chica que ha ido a socorrerla estaba demasiado asustada para especificar qué tipo de ambulancia necesitaban y Polo ha llegado cuando la ambulancia ya estaba aquí.
De momento tiene el dolor controlado, le administran morfina intravenosa y le inyectan Toradol en el muslo.
Ya son las once de la noche y Polo es el único que sabe lo que le ha pasado, no ha querido asustar a sus padres, que ya dormían al otro lado del Atlántico, hasta tener un diagnóstico.
Llama a su madre, que está en Filadelfia, pero lo coge su padre.
Sin pensarlo le pide que llame él a sus «consuegros» porque está ocupado buscando a alguien que le haga caso para conseguir una manta para ella, que está temblando.
Una enfermera le dice de malas maneras que está siendo una noche muy dura y que los pacientes que han recibido disparos tienen prioridad.
El padre de Polo llama al fijo de Barcelona y, a las cinco de la mañana, el ring-ring suena punzante.
Lo coge su madre, sobresaltada, y suelta un grito estremecedor cuando el padre de Polo tiene la poca delicadeza de decirle de entrada que la ha atropellado un camión en lugar de empezar por «está viva y está bien».
Se da cuenta de su error y grita «no, no, está bien, con la espalda rota, pero se pondrá bien».
[137] Su madre dice que los tres segundos entre «camión» [138] y «está bien» [139] fueron los peores de su vida, cuando ya daba a su hija por muerta.
Llegan al acuerdo de que se quedan en casa por si tienen que tomar una decisión en las horas siguientes, y, en cuanto ella esté estable, ya cogerán el primer vuelo que encuentren.
A media mañana llega Gatsby a relevar a Polo, que tiene que irse a trabajar.
Gatsby puede trabajar desde el fondo del mar si es necesario.
Ha ido a primera hora a la agencia a buscar el ordenador y se ha marchado sin escuchar si el jefe le decía sure [140] o no way .
[141] Le lleva unas tortitas de arroz con caramelo, que es lo único sin gluten que ha encontrado de camino.
«Boluda, ¿por qué te encaraste con un camión?
¿Quién te pensás que sos?». [142] Qué gusto escuchar su voz y qué gusto poder seguir hablando en castellano, que ahora mismo es como la sacarina, no llega del todo a lo que ella quiere, pero es un sustituto aceptable.
A Polo no le ha dirigido una palabra en inglés desde que la encontró en el suelo.
Se ríen un poco, pero ella apenas puede reírse.
Gatsby le hace una foto donde se la ve hecha polvo, pero sonriendo.
Se la envía a Emma para que la haga circular.
Los de casa han tenido toda la mañana para digerir la noticia y ahora están esperando impacientes para ponerse al día.
Emma tiene que hacer de centralita unos días porque ella no tiene ánimo para nada.
Por la tarde Hazel le lleva bombones de chocolate y unas flores.
No puede dejarlos en ninguna parte porque todavía no la han movido del box de urgencias, ya que todo está saturado.
Se lo deja a los pies como si fuera una ofrenda.
A Hazel, que es ciudadana del mundo, también le habla en castellano.
El padre de Hazel anima a sus hijas a viajar todo lo que puedan y tiene una base de datos donde deben registrar todos sus viajes.
A finales de año hacen el recuento de puntos (viajar en tren o viajar solo vale el doble), y el que ha viajado más gana un viaje con todo incluido pagado por él.
Hazel se ha llevado el ordenador para mostrarle un vídeo que han hecho las y los de casa para que se anime y tenga una recuperación más dulce.
Lo ve tres veces seguidas y se siente reconfortada.
Hasta la rata esquiadora ha participado.
También le muestra un vídeo que ha grabado Poppy, que se titula «Fuck the truck» .
[143] Sale Poppy bailando un remix de Riri como si siguiera el ritmo de una canción de Taylor.
Se mea de risa y se mea un poco de verdad en los pañales seniles que le han puesto.
Cuando Hazel se marcha se queda una hora sola que se le hace eterna.
Desde hace rato siente un dolor punzante en el culo, pero no ha dicho nada porque estaba distraída con la visita.
Ahora ya no puede aguantarlo. Tiene la cortina del box abierta y llama con sordina, por el desfallecimiento y el cansancio.
A la derecha, una mujer ingresada por subida de azúcar oye los aullidos y grita sin sordina a la enfermera para que la ayude.
Le encuentran una herida abierta en el culo que no habían visto y la grapan también.
Fuera del box, un poco a la izquierda, un hombre con un cuchillo clavado en el brazo aprovecha la visita de la enfermera para insistir en que necesita que se lo quiten rápido para irse a trabajar.
La trasladan a otro box antes de que llegue Polo. Tiene un hombre al lado al que no ve porque la cortina es opaca, pero lo oye bramar hasta que cae de sueño o muerto.
Plátano
(Barcelona, veintidós)
Baja corriendo la escalera de la agencia mientras se come un plátano.
Lo ha cogido de la cesta de la fruta que ponen los miércoles.
Va a llegar muy tarde a clase. Como siempre que va acelerada, se agarra a la barandilla para tomar impulso, saltar los últimos escalones y girar ágilmente hacia la puerta.
A medio giro choca de cara con un chico al que no conoce y no puede evitar aplastarle el plátano contra la camiseta.
«¡Hosti, perdona!», le dice ella. «¡Tranquila, no pasa nada!
», le dice él, porque tampoco puede decir mucho más.
Ella le lleva servilletas de al lado de la sandwichera y se las ofrece para que se lo arregle él mismo.
Mientras intenta quitarse el plátano aplastado, él le pregunta si le puede indicar dónde están los creativos.
«Subiendo a mano derecha, sigues hasta el fondo y pasado el cagadero», le contesta ella mirándolo curiosa.
«¡Gracias!». «Solo faltaría, perdona, ¿eh?
». Lo sigue dos segundos con la mirada mientras él sube la escalera y ella va a comprarse unos Donettes porque llega tarde, pero se ha quedado sin merienda.
Los devora instintivamente en dos segundos, como si Emma estuviera por allí y quisiera robárselos.
Al día siguiente uno de los creativos está haciéndose un café cuando ella va a dejar la fiambrera en la nevera.
«Ya me dijo Grau que el plátano era tuyo, la chica del mono negro y las zapatillas de flores».
Ella se pone roja porque le parece un escáner completo para un intercambio tan breve y accidentado.
Le contesta que qué desperdicio de plátano y le pregunta quién es Grau.
«Un colega de mi anterior trabajo; venía a buscarme para ir a una exposición aquí al lado».
«¿Es artista?», se interesa discretamente.
«Casi, es arquitecto». El arquitecto de los hoyuelos en las mejillas y los pantalones ajustados, obviamente ella también lo escaneó.
Ve que puede rascar un poco más. «Pobre, seguro que te dijo que una loca lo había embestido, ¿no?
». «Más o menos. Me dijo que una chica guapa le había aplastado un plátano en la camiseta».
«¿Guapa?». «Sí, le gustaste». «¿Sí?», un poco demasiado agudo para parecer indiferente.
«De hecho, me preguntó si tenías pareja».
Tararí-tarará, menos mal que ha rascado.
Rebajando emoción, pero levantando un poco la voz, le dice: «Puedes decirle que no tengo».
A ver si el espía de Martí está al loro y puede matar dos pájaros de un tiro.
Faltan dos semanas para que se vaya a Filadelfia y el tío sigue sin decirle nada.
«Te debo un plátano», le escribe Grau al día siguiente.
«Y yo una camiseta», le contesta ella, contenta.
«Cuando quieras quedamos y hacemos el cambio».
«Tú mandas». Empieza aquí un flirteo que surge de la nada y que se hincha con fantasías de mafiosos.
«No puede vernos nadie». «Te enviaré las coordenadas exactas solo dos minutos antes».
O a los dos les falta un hervor, o se han encontrado en el universo de los ilusos y los soñadores.
Qué forma tan rara de ligar, piensa, pero qué forma tan divertida de ligar.
La previa dura una semana de mensajes en código, mensajes a todas horas, echando leña al imaginario de su nuevo pequeño y exclusivo colectivo.
Al final es él quien envía la citación y las coordenadas.
Ella le lleva una camiseta de publicidad de un coche que ha encontrado por la agencia: es roja y está desgarrada por un lado, como si los dientes de un tigre la hubieran arrancado del maniquí.
El eslogan dice: «Adivina de dónde vengo». [144]
Busca en la aplicación del móvil las coordenadas y llega a un descampado donde solo hay camiones.
De repente piensa que quizá sí que a Grau le falta un hervor y, durante los cuatro minutos que tarda en llegar, le preocupa haber quedado con un grillado.
Se acerca un coche que acelera y derrapa cubriéndola de polvo.
Sale Grau con mocasines, americana negra, camisa blanca, corbata, gafas de sol y un maletín.
Le confirma que está grillado, pero grillado como ella, entregado a la historia.
«Dame la mercancía», le dice con expresión seria e imperturbable.
Ella lo mira seducida. Qué grillado tan fantástico.
Saca la camiseta del bolso y se la lanza.
Ella también es una grillada fantástica.
Grau no puede aguantarse y se le marcan los hoyuelos.
«Hola, señorita, está usted muy guapa». Ella se ríe rojísima.
Grau ha metido en el maletín un libro y un teléfono de juguete con forma de plátano para que puedan llamarse mientras ella esté en Filadelfia.
Peces
(Nueva York, veinticinco)
No le gusta especialmente el mar, pero se siente guapa sentada en la proa viendo la puesta de sol.
Piensa que el sol se sonroja porque los destellos del agua son los flashes de los peces, que disparan fotos a su ídolo.
La gaviota suspira enfadada porque así no hay manera de pescar; está harta del momento fan que se repite cada tarde sin nubes.
Con el balanceo de la barca, cierra los ojos y proyecta en los párpados calientes los peces enfundados en camisetas imperio y tatuajes tribales del sol y los carteles en los que pone: «Queremos un hijo tuyo».
Oye a Polo, que está fregando los platos; debe de estar haciendo malabares para que el agua les dure hasta el día siguiente.
Por mucho que se esfuerce, ha sido una pifia total y absoluta.
Cuando la ha llevado hacia el m-e-t-r-o para irse de e-s-c-a-p-a-d-a, ella ya ha empezado a desinflarse.
Le había pedido que hicieran algo romántico, los dos juntos, por su cumpleaños.
Polo ha alquilado una barca, sí, pero una barca anclada en el puerto de las Rockaways, que apesta a pescado podrido y algas despistadas.
La parte de fuera está llena de cagadas de gaviotas y de las propias gaviotas, que chillan sin cesar con cada avión que ven aterrizar.
En la barca no hay baño ni tampoco agua corriente.
Han ido a los lavabos comunes a llenar unas cuantas ollas y han dejado una vacía porque ella dice que ni de coña caminará cinco minutos hasta los servicios para mear cuando haya oscurecido.
Mira que se ha esforzado por ver cada rincón de la barca con simpatía, incluso haciendo de poeta en la proa, pero no hay por dónde cogerlo.
Está llena de polvo y las ventanas tienen diez capas de sal y grasa.
Es pequeña e incómoda, y la hamaca para leer tiene el culo roto.
«Sorry, this sucks», [145] le dice él a medianoche.
Ella lo abraza para consolarlo, pero está triste.
Solo quería huir un día del tráfico y la contaminación, solo con él, y ahora está a una hora en metro de casa, meando en una olla que no es lo bastante alta y salpicándose con el pipí que lleva tres horas aguantándose.