ELLA / cartas de amor
Tira
(Barcelona, treinta y dos)
El cambio de estado es impresionante. Mea y está en estado.
Cambia de mujer a mujer embarazada. Una ecografía y cambia de estado.
De mujer embarazada a mujer que no debería estarlo porque no saldrá adelante.
Hasta que vuelve al no-estado, hasta que su pipí devuelve una marca de no-embarazada, no puede empezar a sanar.
Entonces recupera el control y pierde de vista la ansiedad durante un tiempo.
Y los pedos son suyos y los pechos son suyos y los pipís son suyos; todo vuelve a ser suyo en lugar de ser señales de «cuidado» o de «todo va bien», señales de alguien que no acaba de ser ella, pero tampoco acaba de ser nada, porque, como tal, no ha latido.
Se enfada con la especulación inmobiliaria de su útero.
Que construye sacos sin inquilinos que puedan pagarlos.
El primer raspado le deja un trozo de placenta y tienen que repetirlo para vaciar la parcela.
Le sabe mal por el camarero y la dependienta de la tienda de ropa interior, que son los primeros padrinos de este no-bebé.
«Para mí sin alcohol, gracias». Y una sonrisa tan traviesa que el camarero había tenido que felicitarla, como si fuera a irse a dormir más contento por haber recibido esa noticia tan esperada que no se esperaba.
«Una talla más de bragas y de sujetadores, por favor, porque supongo que crecerán mucho».
De nuevo una sonrisa que pedía a gritos un felicidades y quizá también un abrazo.
Piensa también en cuánto se había reído Emma cuando le dijo que ya había ido a comprar bragas y sujetadores. Y llora recordando los gritos desbocados y viscerales de los dos cantando juntos «A la vida» desde platea, hace una semana.
La feria
(Nueva York, veintitrés-veintiséis)
El arranque en la ciudad se le hace muy pesado.
Nunca ha pasado ni tanto tiempo sola ni tanto tiempo enlatada bajo tierra.
No termina de entender el amor mundial por una ciudad sucia, fría y calurosa.
Una ciudad llena de parpadeos punzantes, de estrafalarios, de pies con dientes que caminan rápido pisando fuerte.
Que dejan sordas a las pobres ratas que campan por las cloacas y las vías de tren, y que, ensordecidas, buscan refugio en los apartamentos.
Que son o exiguos o viejos o exiguos y viejos y caros.
El batiburrillo, la con-fusión, la c-o-n-f-u-s-i-ó-n, el aislamiento y el inglés de hamburguesa que se le repite.
Camina con el corazón cojo, descompasada de los semáforos de la ciudad y el cemento destrozado.
No, al principio no consigue enamorarse de ella.
Pero pasan los días, y pasa tanto tiempo sola que aprende a caerse bien y a tener bastante con su propia compañía.
Y entonces quiere compartirse con la ciudad.
Convierte Bryant Park en Sant Felip Neri para sentirse grande pero recogida.
Quiere que la ciudad piense que tiene labios besucones y le deje comer la manzana.
Ahora ya no hay quien la saque de la feria.
Camina descalza cuando vuelve de noches divertidas.
Habla sola, llora sola, camina llorando y le da igual.
Se siente con el derecho de ser protagonista, de ser payasa, de ser coqueta, de ser entera, de no ser cauta y política, política, políticamente correcta.
Va al MET cada mes pagando veinticinco céntimos, hasta que en la última visita paga con un billete de cien y no quiere el cambio.
Se siente con el derecho de escuchar las conversaciones haciendo la función fática con la barbilla, y, si la miran por estar mirándolos, que bajen la voz.
Se tira pedos y suelta eructos. Es infiel por primera y espera que última vez en la vida.
Se rodea de genialidad femenina. Va a la ópera, de pie, con una escultora, y, si se cansan, se marchan.
Va al IFC , a las once de la mañana, a ver películas coreanas con una minifotógrafa de alta costura.
Revuelve librerías de viejo con una escritora rubia buscando ediciones entre capas de polvo y compartiendo los hallazgos.
Camina con las piernas morenas, y también con las piernas blancas, que muestra sin problemas.
Se vuelve más dura y más ella. Se obsesiona con dejar los lavabos más limpios de lo que los encuentra porque hace una interpretación muy literal del «do something nice and don’t get caught» [80] del terapeuta de Kristen.
Se corta el pelo y se tiñe las puntas de rubio.
Sube a la azotea a tomar el sol, aunque sabe que está prohibido.
Se detiene cada día a comprarse la cena en el supermercado caro y se llena el recipiente de plástico de aceitunas negras arrugadas.
Se come la mitad antes de pagar. Paga ciento veinte dólares por tatuarse el tobillo.
Se pone como una gamba tomando el sol y le arden las mejillas y el orgullo, pero tiene la esperanza de que se vuelva moreno.
Acepta que no echa de menos la arena de la playa.
Ni la sal del mar. Le gusta la ciudad porque la reconoce, no porque crea que es bonita.
Se escapa a la montaña para no reconocer nada.
A veces le cuesta llenar el día. No se incomoda con un asiento vacío al lado.
Siempre está disponible. Habla con su acento endearing [81] y le da igual que la paternalicen.
Acepta que sus palabras en inglés son más pequeñas y las compensa con onomatopeyas.
Se esfuerza por hablar del catalán, que sí, hola es hola , pero silla es cadira y mesa es taula .
Cada olor penetrante que sale de las rejillas es una pisada de barro en la nariz.
Se detiene cuando pilla un rayo vespertino que la hace rubia y dorada.
La voz cansada, tanto que la quieren y tan poco que la cuidan.
Si existe un dios, se esconde en las nubes que se iluminan al final del día.
Piensa en palabras saladas y ácidas. Se come la manzana de caramelo y piensa que quizá ella también se ha quedado demasiado tiempo en la feria.
Flor
(Nueva York, veinticinco)
«Me asercás el Sprite, negrita», [82] le dice Flor con un hilo de voz.
Acaba de ayudarla a vomitar en la palangana sin haber tenido que retirarle el pelo porque ya no tiene.
La peluca la han dejado esta mañana en la bolsa de objetos personales cuando la han ingresado.
Le acerca la lata de Sprite Zero con cañita.
«Salame, dejá de mirarme con esa cara». [83] Ella intenta hacerle caso, pero hacía semanas que no la veía y ahora no se acostumbra a verla así, con una bata de hospital, con los ojos y las uñas sin pintar, con los claros en la cabeza y sin las chaquetas de jacquard , las bailarinas de charol y los bolsos de Kate Spade.
Ha sido muy virulento; solo han pasado seis meses y medio desde la primera sesión de quimioterapia y siete desde el diagnóstico, recién llegada de su Buenos Aires natal de enterrar a su madre por el mismo cáncer.
Esta mañana no podía respirar y ha tenido que recogerla una ambulancia.
Los pulmones llenos de agua. Ella iba de camino a la agencia cuando ha recibido la llamada de su mejor amiga, que le decía que la habían ingresado en el New York Presbyterian y le preguntaba si podía ir a verla.
Flor no tiene a mucha gente en Nueva York; se mudó hace un año desde Ohio y se ha focalizado en el trabajo.
Gatsby y ella son las personas más cercanas, pero Gatsby lleva unos meses trabajando desde Buenos Aires para estar con su madre, que también está apagándose.
Al colgar la llamada ha rehecho el camino hacia el metro.
Ha escrito rápido a su jefe avisándole de que no iría a la agencia porque iba a cuidar a Flor.
Su jefe le ha contestado el correo diciéndole: «Noooooooooooo, poor Floor, I hope she gets better », [84] y también le ha dicho que le descontará la jornada en el hospital de los días de vacaciones.
Cuando ha llegado a la habitación y ha visto cómo estaba Flor, ha llamado directamente al socio.
Él le ha dicho que por supuesto, que no se mueva del hospital, que es una orden.
El socio, tan sensato, sobrio y pulcro, se deshace con las salidas bestias de Flor.
Ha estado completándole los pagos del seguro durante la baja para que Flor siguiera recibiendo el salario íntegro, como también hizo con ella cuando se recuperaba de la espalda.
Al verla entrar, Flor le ha dicho: «Qué hasés acá, negrita, deberías estar trabajando».
[85] «Hoy eres mi trabajo, Flor, órdenes del mandamás».
[86] Al poco rato Flor se ha dormido y ella le ha ido secando el sudor de la cabeza con un paño mojado.
Una hora después se ha despertado para vomitar y ahora vuelve a estar dormida.
Mientras tanto ella hojea On Beauty , el libro que Flor tiene en la mesita.
Sonríe cuando ve subrayado «time is how you spend your love» [87] del marido de Zadie.
Cuando Flor se despierta, habla con voz ronca y estrangulada, pero sigue tan directa como siempre y aprovecha que la tiene sitiada para darle feedback .
[88] No es su jefa directa, pero tiene quince años más que ella y quiere hacerla crecer.
«Negrita, sha te lo dije, pero no se te oshe un carajo cuando presentás.
Tenés que proshectar más para que te escuchen los gringos».
[89] Ella se ríe y le dice que vale, que lo intentará, pero que no le gusta nada ni presentar ni tener que hablar en cada reunión, aunque no tenga nada que decir.
«Así es el juego, boluda, siempre tenés que desir algo».
[90] Cuando no le da consejos, le pide que le hable de Cadaqués.
Vio un reportaje del pueblo y se enamoró de él; tiene la intención de ir cuando se coja vacaciones.
Ella le cuenta que los locales se mueven en moto y los cascos parecen de juguete, pero quiere decirle que la echará mucho de menos y que le sabe muy mal que no llegue a conocer Cadaqués.
El tercer día llega un amigo de la infancia de Flor, que vive entre Telluride y Calafate.
Se turnan para acompañarla y así ella puede salir a tomar un poco el aire.
Flor está encantada de tenerlos a los dos aquí y los distrae con ice breakers [91] que tiene ensayados para las reuniones con clientes.
Es una comunicadora nata y su acento argentino no le impide imponerse como la más rápida de la sala.
Les pregunta a qué personaje histórico elegirían para ir a cenar.
Contesta la misma Flor primero porque prevé que su amigo está pensando en Messi.
Les dice con vehemencia que ella cenaría con Jesucristo.
Su amigo dice que cenaría con Maradona. Las dos se ríen.
Ella dice que cenaría con Cleopatra para demostrarle a Flor que ella sí ha entendido que debía ser un personaje histórico, muerto y enterrado.
La siguiente pregunta es con qué persona del mismo sexo se irían a la cama, asumiendo que los tres son heterosexuales.
De nuevo vuelve a contestar Flor primero para marcar el tono.
Dice que sin duda con Natalie. Su amigo dice que es una pregunta muy difícil.
Ella contesta que, también sin duda, se iría a la cama con Gisele.
La conoce de arriba abajo, con y sin alas.
Su amigo sigue pensativo y, cuando por fin contesta, dice que con un surfista.
Como si el genérico pusiera menos en duda su masculinidad.
Flor lo mira con ojos traviesos y le pregunta cómo debería ser el surfista para que quisiera acostarse con él.
Él muerde el anzuelo y define al surfista ofreciendo detalles mucho más íntimos y delatores que la respuesta de ellas dos, que han elegido a dos iconos de belleza.
Pasan dos días más y la cosa no mejora. Flor dice que lo único que quiere es marcharse a Buenos Aires para estar con los suyos, aunque en su estado sea peligroso.
Su mejor amiga vuela a Nueva York para ayudarla en el viaje de regreso.
Cuando se despiden, Flor le dice: «Te quiero mucho, negrita, espero que sigás cresiendo y en sinco mil años alguien te escoja a vos para ir a senar».
[92] Ella llora todo lo que no ha llorado hasta ahora, la abraza flojito y no le dice adiós porque no puede.
A la mañana siguiente, de camino a la agencia, ve un anuncio de Miss Dior de Natalie y se lo envía.
Flor no contesta al mensaje, pero lo ve.
Llega a Buenos Aires y se reencuentra con sus hermanos pequeños y las amigas que llevan toda la semana haciendo piña y esperándola con mucha ilusión para abrazarla.
Muere esa misma noche, después de haber dedicado una burla y un beso a cada uno.
Gatsby no llega a despedirse de ella, pero va al entierro y, con permiso de sus hermanos, mete un bolso de Kate Spade en el ataúd con una nota perfumada que dice: «Para tu cita con Jesús». [93]