Capítulo veintisiete #2
La pregunta quedó flotando en el aire unos segundos.
Cece había tomado la iniciativa cuando yo me quedé con mi padre.
Ella había orquestado su libertad junto con Affie y Missy, mientras que yo me había limitado a seguir el guion y actuar como una zombi sin cerebro.
Me mordí el labio. Qué va. Cece no era como yo.
Era más fuerte, mejor, más inteligente. Ojalá me pareciera más a ella.
—Tienes una cara tan triste que me dan ganas de llorar. —Mina cogió una tartaleta de queso diminuta y me la ofreció—. Esta está riquísima. El azúcar siempre me sube el ánimo.
Me metí la tartaleta en la boca y me la tragué, consciente de que tenía que esforzarme tanto por ser más optimista como por ganar un poco de peso.
—¿Y qué me dices de Aphrodite? —preguntó Mina.
—Uf, tía, si no quieres verla perder los estribos, no la llames nunca por su nombre de pila —le advertí—. Affie lo odia con toda su alma. Te estallará en la cara como una bomba.
—Gracias por el aviso —dijo Mina—. ¿Qué mueve a Affie?
—Affie es la creativa de la familia. —Sonreí—. Sus travesuras son legendarias por aquí. Tiene mucho de nuestra madre. Es un espíritu libre, peculiar, divertida y original. Me recuerdas a ella.
—¿Me estás diciendo que Affie es rara?
—¿Rara? ¡Qué va! —Lancé una mirada de incredulidad a mi nueva amiga—. Affie es encantadora, fantasiosa y maravillosa, como tú.
—Oh, por favor, me estás haciendo sonrojar. —Mina se abanicó la cara—. Sigue, sigue. Me encanta bañarme en halagos.
Me reí. —Affie también es guapísima, como tú. Los chicos se derriten cuando les hace ojitos con esas pestañas tan largas. Su imaginación no tiene límites.
—Ya me cae bien. —Mina sonrió—. Todas tus hermanas parecen muy interesantes.
—Son geniales. Creo que te caerían bien. Seguro que les encantarías.
—Señoritas —la suave voz de Sandy llegó antes que ella, que se deslizó en la habitación—. Dash las ha convocado a la biblioteca. Si me disculpan, tengo que revisar los preparativos de la cena.
—Gracias, Sandy.
Dejé la taza de té en la bandeja de plata y observé a la mujer marcharse.
—Vaya, nunca me habían «convocado» a ningún sitio antes.
Mina dibujó comillas en el aire mientras ambas nos poníamos de pie.
—Me gusta.
Mi móvil vibró y vi un nombre en la pantalla.
—Adelántate tú —dije—. Te alcanzo en un segundo.
Cuando Mina desapareció tras la esquina, acepté la llamada.
—Hola, tío Arthur. ¿Qué pasa?
—Mi querida Thena.
La voz áspera de mi tío crepitó en mi oído.
—Qué alegría oírte.
—Lo mismo digo —respondí—. Siento no haber llamado como prometí...
—No te disculpes. Sé que estás ocupada, pero en el pueblo se comenta que te estás alojando en Casa Astor. ¿Es cierto?
—Es cierto.
No tenía sentido negar lo que todo el mundo sabía.
—Necesitaba un respiro.
—Me lo imagino.
Un suspiro compasivo llegó a través del altavoz.
—¿Qué vas a hacer por tu cumpleaños? Tengo un regalito para ti, una reliquia familiar, por así decirlo. ¿Quizás podría acercártelo cuando tengas un momento?
—Sería estupendo.
Sonreí.
—Gracias por acordarte de mí, pero por favor, no te desprendas de tus reliquias familiares. Prefiero mil veces una visita tuya a un regalo.
—Entonces hagamos las dos cosas, la visita y el regalo —sugirió alegremente—. Hace mucho que no coincidimos en el mismo continente. ¿Quedamos?
—Deberíamos —asentí—. Déjame echar un vistazo a mi agenda...
Un grito escalofriante resonó por toda la casa y me heló las entrañas.
—Tengo que dejarte —murmuré apresuradamente—. Te llamo luego.
Colgué y corrí hacia los chillidos. Al girar la esquina, me detuve en seco y encontré el origen de la conmoción.
Bañada por un torrente de luz solar en el centro del gran vestíbulo, Mina estaba sentada en el regazo de Trev.
Le rodeaba el cuello con los brazos hasta el punto de que temí que pudiera ahogarlo.
No había peligro de eso.
Él se reía. La rodeó con sus fuertes brazos, estrechándola contra su pecho mientras ella seguía emitiendo gritos agudos, expresiones de emoción y alegría, no de peligro.
Los chicos estaban en la puerta de la biblioteca, contemplando el apasionado reencuentro con una sonrisa. Los amantes no se contenían. Se abrazaban y besaban, mostrando libremente su afecto. Cualquiera habría pensado que llevaban siglos separados en lugar de días.
Al otro lado del vestíbulo, Dash también sonreía.
Cuando nuestras miradas se encontraron, su sonrisa se ensanchó.
El afecto que brillaba en sus ojos me dijo que si antes había estado enfadado por mi sugerencia, ahora todo estaba olvidado y perdonado.
Él y yo comprendíamos la alegría del reencuentro de Mina y Trev mejor que nadie en la casa.
En ese momento, nuestros cuerpos también ansiaron un reencuentro inmediato.
—Mua, mua, mua.
Mina cubrió de besos el rostro sonriente de Trev, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Ha pasado una eternidad. ¿Estás bien?
—Ahora mismo estoy mejor que bien.
Logró plantarle un beso en los labios y le tomó el rostro entre las manos.
—Estás conmigo. Estás radiante. Estás más hermosa que nunca.
—Oh, vaya, lo has clavado como Romeo clavó a Julieta.
Hizo una pausa de tres segundos para inspeccionarlo a él y a su silla de ruedas antes de desatar otra avalancha de besos.
—Te he echado de menos como una ardilla echa de menos sus nueces y mis pasteles echan de menos mi café. Oh. Hablando de pasteles. Aquí tienen unos diminutos con sabores gigantes. Voy a cubrirte de glaseado y comerte a la hora del té.
—Me encanta la idea.
Trev señaló con la cabeza hacia los chicos.
—Odio a los espectadores.
—No les hagas caso a esos cabezas huecas —murmuró entre besos—. Están acostumbrados a presenciar arrumacos intensos por aquí.
Para entonces, yo me había acercado a Dash con la misma seguridad con la que él se había acercado a mí.
De pie juntos, él pasó un brazo sobre mi hombro y me atrajo hacia sí.
Me dejé llevar contra su cuerpo, celebrando el amor que flotaba en la casa.
Me gustaba cómo se sentía el lugar ahora, cálido, lleno de luz y, por fin, bendito en lugar de maldito.
—¿Sabías que Trev venía? —pregunté en un susurro.
—Ya conoces a Druid —dijo Dash—. Si no quiere que la gente sepa dónde está, no lo sabrán. Pero si está aquí sin avisar, si ni siquiera se tomó la molestia de decirle a su mujer que venía, debe tener una buena razón.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Malas noticias?
Dash me estrechó con más fuerza.
El escalofrío se extendió desde mi vientre hacia afuera. Fueran cuales fueran las noticias que Trev traía, debían ser especialmente malas, dado que había decidido darlas en persona.