Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Thena

—Esto está buenísimo —dijo Mina.

Se metió un pastelito de crema en la boca, se chupó los dedos y cogió un sándwich de pepino.

—El té es oficialmente mi comida favorita. Es como «cariño, he encogido los pasteles». ¿Cook tendrá una máquina secreta que convierte las delicias grandes en felicidad en miniatura?

Me reí. Mina me hacía mucha gracia. Me encantaba cómo funcionaba su cerebro caprichoso. Disfrutar de su sentido del humor descarado me levantaba el ánimo de maravilla. Aun así, estaba preocupada.

—¿Crees que socavé la autoridad de Dash con mi sugerencia? —pregunté.

Di un sorbo al Earl Grey y dejé la taza en el platillo.

—Parecía... no sé... ¿un poco dolido con mi idea? Quiero ayudarlo a formar su equipo, pero quizás me pasé de la raya.

—Quizás —respondió Mina.

Nunca mentía ni se mordía la lengua.

—En cierto modo lo dejaste en evidencia delante de su equipo.

—Lo sé, pero pensé que ni siquiera consideraría mi sugerencia si se la hacía en privado.

—Puede que tengas razón —dijo Mina.

Se metió el sándwich en la boca, masticó y tragó.

—Creo que Omega está preocupado por ti. Es el mayor preocupón que he conocido en mi vida. Todas esas canas no le han salido por casualidad.

—Lo sé —dije.

Y vaya si lo sabía.

—No creo que esté enfadado contigo por haber ofrecido una sugerencia excelente —continuó Mina.

Cogió una mini quiche y la agitó en el aire.

—Creo que odia la idea de que estés rodeada de enemigos potenciales. Tu seguridad está por encima de todo para él. Trev es igual conmigo.

—Entonces —aventuré—, ¿quieres a nuestro Trev tanto como él te quiere a ti?

—Más que eso. Es el lápiz de mis libros para colorear, el pincel de mis cuadros. Lo quiero más que al café, y ya sabes lo mucho que me gusta el café.

—Vaya —bromeé—. Quién lo diría.

—Es mi chico —dijo.

Mordisqueó su mini quiche.

—Lo nuestro es para siempre.

—Me encanta oír eso.

—No tengo que preguntarte si quieres a Omega —continuó Mina.

Se sacudió las migas de las manos.

—Está claro que eres el guacamole de su taco.

Me reí tan fuerte que casi me atraganto con la delicia de atún en miniatura.

—Así que no te enfades con él cuando se le dispare el modo protector —aconsejó sabiamente—. Omega no puede evitarlo. Nació para proteger, y su entrenamiento solo reforzó su ADN PAH.

—¿ADN PAH? —pregunté.

Parpadeé varias veces.

—¿Qué es eso?

—ADN de Protector Alfa Héroe —me lo explicó—. Es mi término para los hombres que queremos.

Miré a mi nueva amiga con asombro.

—Encaja perfectamente.

—Además, recuerda que Omega está muy estresado y lidiando con un equipo de impulsivos —continuó Mina.

Cogió un profiterol de la bandeja.

—Seguro que el desastre que presenciamos hoy contribuyó a su RDB: Receptividad Disminuida a tu Brillantez.

Sonreí.

—Tienes un don para los acrónimos.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Mina.

Se lamió la crema de los dedos.

—¿Omega siempre ha sido tan protector contigo?

—Desde siempre —asentí mientras untaba crema en el scone—. Si fuera por él, me encerraría en una torre, rodeada de dulces, riquezas y comodidades, y no me dejaría salir jamás. Me protege desde que era niña.

—¿Por qué necesitabas protección de niña? —preguntó Mina.

Eligió una mini tarta de chocolate de la bandeja de tres pisos y la puso en su plato de borde dorado.

—Ah, eso —dije.

Di un mordisco al scone, mastiqué y tragué mientras los recuerdos afloraban.

—Dash siempre nos protegió a mí, a mis hermanas y a Nix de mi padre.

—¿Richard Astor era realmente tan malo como dicen los rumores?

—Sí y no —suspiré—. Mis primeros recuerdos son de un padre que aparecía y desaparecía. No estaba mucho por casa, pero no era malo ni violento por aquel entonces. Adoraba a mi madre y ella parecía quererlo. Fuimos niños felices hasta el día en que murió.

—Sé lo que es perder a alguien —dijo Mina.

Su mirada estaba llena de compasión.

—Es una perra cruel.

No podía estar más de acuerdo.

—¿Crees que la muerte de tu madre cambió a tu padre? —preguntó Mina.

—Sé que sí —respondí.

Se me quitó el apetito, así que dejé el scone en el plato.

—Cuando mi madre murió, mi padre estaba furioso con el mundo, con Dios, por habérsela llevado.

Se emborrachaba hasta perder el sentido cada noche que estaba en casa.

Nix y Dash se llevaron la peor parte de su violencia.

Yo recibí abandono y menosprecios constantes, igual que mis hermanas.

Hacía una mueca cada vez que nos veía a las chicas.

Mina frunció el ceño.

—¿Por qué haría eso?

—Creo que le recordábamos a mamá y no podía soportarlo —dije mientras servía más té en nuestras tazas—. Quizás nos alejó porque temía perdernos a una o a todas, como perdió a mamá. Que es exactamente lo que acabó pasando.

—Nix murió y tus hermanas se fueron.

—Sí.

Al final, mi padre había perdido a todos, excepto a mí, quizás.

—Fuera cual fuera su razonamiento, se convirtió en el mayor misógino del mundo.

O sea, trataba a Nix con dureza, pero al menos tenía expectativas puestas en él.

De nosotras no esperaba nada. Pagó nuestra educación solo para hacernos «casaderas».

Nos veía como problemas que resolver; criaturas débiles, indefensas y frágiles a las que tenía que buscarles maridos ricos.

—Muy feudal —dijo Mina haciendo una mueca—. Eso debió de ser duro.

—Lo fue, pero Dash lo hacía más llevadero —dije.

Se me dibujó una sonrisa mientras echaba un terrón de azúcar en el té y removía. La cucharilla de plata tintineó contra la fina porcelana de la taza.

—Dash no le tenía miedo a la confrontación. Plantaba cara a mi padre. Era un año mayor que Nix, grande para su edad, y además valiente y peleón como él solo. Aprendió a pelear solo, viendo vídeos en YouTube. Odiaba que mi padre me menospreciara. Me defendió tantas veces que perdí la cuenta.

Mina se echó hacia atrás. —¿Por qué tu padre, un magnate internacional, aguantaba a un gamberro rebelde como Dash?

—Buena pregunta. —Me llevé la taza a los labios y la dejé sin beber—.

Creo que, a su extraña manera, mi padre respetaba a Dash y el valor que había demostrado desde niño.

Dash también tenía cualidades que mi padre anhelaba pero nunca logró alcanzar: caballerosidad, nobleza de carácter e integridad.

Quería convertir a Dash en uno de sus secuaces, pero fracasó.

—Suena al Omega que conozco —dijo Mina—. Entonces, en lugar de ponerlo de patitas en la calle, ¿lo educó junto a Nix?

—Cuando no pudo domar a Dash, se impuso el pragmatismo de mi padre. Nix se negaba a hacer nada de lo que mi padre le pedía a menos que Dash lo acompañara.

—Chantaje juvenil —soltó Mina.

—Exacto. Dash y Nix eran imbatibles juntos. Cuando llegó tu Trev, los tres se convirtieron en leyenda.

—Sí, me casé con una leyenda. —Mina me dedicó una sonrisa fugaz—. ¿Qué os pasó a vosotras después de que muriera vuestra madre?

—Unos meses después de que mamá muriera, mi padre volvió al rancho y arrasó nuestra casa familiar hasta los cimientos.

—¿Qué demonios? —Mina se me quedó mirando con la mandíbula desencajada—. ¿Por qué?

—Creo que no soportaba poner un pie en la vieja casa del rancho sin que mi madre estuviera allí.

Quizás sentía su pérdida con demasiada intensidad.

No lo sé con certeza. Echó la casa abajo y luego nos mandó a un internado.

Nix y Dash llevaban años yendo a un internado, pero para nosotras, perder a nuestra madre, que nos arrancaran de nuestro hogar y nos dejaran allí prácticamente sin previo aviso fue devastador.

—Menuda mierda. —Los pendientes de Mina tintinearon al sacudir la cabeza—. Eso debió de ser traumático para todas vosotras.

—Fue aterrador. —Recordaba el terror con tanta claridad—.

Nos sentíamos abandonadas. Huérfanas de nuevo.

Echábamos de menos nuestro hogar terriblemente.

Mis hermanas y yo solíamos reunirnos en el ático del colegio todas las noches.

Les contaba historias inventadas, sobre todo cuentos de hadas, sobre chicas valientes que mataban dragones y salvaban reinos.

—Aprendieron a ser fuertes gracias a ti.

—No sé yo. —Me encogí de hombros—. Cada una de mis hermanas es diferente y fuerte a su manera. Ahora te toca a ti una pregunta. ¿Por qué tengo la sensación de que me estás haciendo ingeniería social?

—Porque estoy hurgando en tu cerebro sin ningún pudor —admitió Mina sin el menor rastro de culpa ni vergüenza—.

Me caes bien y quiero encontrar a tus hermanas lo antes posible.

Eres mi mejor fuente para los pequeños detalles que importan.

Carácter, preferencias, manías... todo lo que compartas conmigo es importante para mi búsqueda.

—En ese caso, hurga todo lo que quieras.

—Háblame de Missy —dijo Mina—. Es la más pequeña, ¿verdad?

—Sí. —Sonreí al recordar su hermoso rostro—.

Es la pequeña de la familia y la persona más dulce que conocerás en tu vida.

Es más bien callada, pero sabe escuchar como nadie.

Es una soñadora. Sus sueños son modestos pero también grandiosos.

Soñaba con cambiar el mundo persona a persona. Me pregunto dónde estará ahora.

Contuve una repentina oleada de lágrimas.

—La encontraremos, y a las demás también. —Mina alargó la mano y me apretó la mía—. ¿Cómo es Cece?

—Es la cerebrito del grupo, pragmática, entregada, de las que nunca se rinden. —Sonreí al recordar su vena obstinada—. Lleva empeñada en encontrar una cura para la enfermedad que mató a nuestra madre desde que ella falleció.

—Parece una luchadora nata.

—Es intensa y puede mostrarse distante con los desconocidos, pero detrás de esa fachada seria hay una mujer amable y encantadora que quiere arreglar todo lo que está mal en el mundo.

—Como tú.

La comparación me pilló desprevenida. —No tengo la determinación ni las ideas tan claras como Cece.

—¿No? —Mina enarcó las cejas.