Capítulo veintiséis #2
Giré la silla para que me mirara de frente, la agarré y la besé.
Nuestras bocas se fundieron en un impulso por convertirnos en una sola criatura.
Era consciente de los silbidos y las burlas que resonaban en la biblioteca, pero me importaba una mierda.
Besé a Thena hasta que los dos nos quedamos sin aire.
—Dash —suspiró—. Las cosas que me haces.
Miré sus pezones marcados bajo el jersey y tuve que cerrar el puño para contenerme. Quería llevarla a su torre, arrancarle la ropa y hundirme en ella. Podría besarla todo el día, pero por desgracia le sonó el móvil, y yo tenía una operación que planificar.
—¿Me lo debes para otra ocasión? —arqueó las cejas.
—Cuenta con ello —le acaricié la mejilla—. Si el trabajo te agobia, para. Recuerda: poco estrés, dijo el médico.
—Estoy bien —me agarró del cuello de la camiseta y me plantó un pico rápido antes de dedicarme una sonrisa de disculpa, descolgar y endurecer la voz—. Dagger al habla.
Su tono era una buena imitación del mío. La dejé ocuparse de los negocios y me obligué a alejarme, aún saboreando sus besos. Luché contra la sonrisa que se me dibujaba en los labios, sabiendo que me hacía parecer un maldito idiota. Pero no era mi sonrisa lo que tenía a los chicos en plan cachondeo.
—No hay indicios en el radar —anunció Guzman con una sonrisa burlona—. Pero acabo de ver el dirigible de Goodyear que viene hacia nosotros.
—Ocúpate de tus malditos asuntos —corté las burlas de raíz y observé a los hombres sentados a la mesa. A mi derecha, Bozeman, King y Ferranti, juntos. A mi izquierda, Guzman, Cooper y Shaw. Cojonudo. Todavía no había integración del equipo.
—¿Habéis terminado de revisar la información? —me acomodé en la silla—. ¿O necesito prepararos la versión preescolar de La Guía del Idiota para Nuestra Próxima Operación?
—Captamos lo esencial —dijo King.
—En efecto —confirmó Bozeman con una inclinación formal de barbilla.
—Supongo que allanar moradas ya no es ilegal en el mundo civil —refunfuñó Guzman.
—Tú qué vas a saber —bromeó Ferranti—. Estuviste en la cárcel tanto tiempo que las leyes cambiaron.
—Solo estuve en la cárcel una semana —replicó Guzman, rojo como un tomate.
—Eso fue una semana entera más que el resto de nosotros —soltó Ferranti, lo que le valió otra mirada asesina de Guzman.
—No te preocupes, hermano, allanar moradas sigue siendo ilegal de cojones —Cooper le dio una palmada en la espalda a Guzman antes de frotarse las manos con una sonrisa feroz—. Mi rifle se está oxidando. Por fin vamos a divertirnos un poco.
—En resumen —dije—. Infiltración, búsqueda, exfiltración.
Guzman levantó la vista de la pantalla y arrugó la nariz.
—¿Cómo vamos a entrar y salir de estos edificios superprotegidos con los objetivos rondando por ahí?
—Excelente pregunta —tenía ideas, pero como ejercicio para fomentar el trabajo en equipo, quería que los chicos pensaran juntos—. ¿Sugerencias?
—Conozco a Rivera —dijo Bozeman—. Puedo llevarlo a tomar unas copas. Quizá King y Ferranti puedan registrar su casa mientras yo lo entretengo.
King levantó el pulgar en señal de aprobación.
—¿Por qué King y Ferranti? —gruñó Guzman—. ¿No confías en mí?
—También podría ir yo —dijo Cooper—. O Shaw. Somos capaces, ¿sabes?
—No creo que Bozeman, King o Ferranti lo sepan —Guzman se encaró con los hombres sentados frente a él—. Creen que somos una mierda porque dejamos morir al capitán Astor.
Ahí estaba. La razón por la que el Equipo Rastreador no funcionaba acababa de salir a la luz.
La tensión que hervía bajo la superficie había estallado.
Los chicos se culpaban unos a otros por los fracasos que habían metido a los equipos en problemas y habían causado la muerte de Nix.
Thena había intentado exonerarlos de culpa, pero ni ella ni el tiempo habían podido borrar el daño.
Ahora mismo, una mentalidad de «nosotros» contra «ellos» dominaba la situación.
Demonios, no necesitaba que los chicos se pelearan entre ellos cuando teníamos mucha lucha por delante.
Recé pidiendo una paciencia que no tenía.
Gritar no iba a resolver este problema. Omitir o retrasar esta discusión tampoco iba a funcionar.
Con suerte, los chicos estaban listos para resolver esto.
Me recosté en mi silla, crucé los brazos y me convertí en el observador silencioso, dejando que mi equipo abordara el tema delicado.
—No veo cómo puedes convertir una oportunidad en agravios —ofreció Bozeman.
—Desde que llegamos, le has dado los mejores trabajos a tu antiguo equipo —acusó Guzman—. King y Ferranti son los buenos de la película. El resto somos una mierda, puede que hasta casos de beneficencia. Diriges este equipo como si vosotros fuerais superiores a nosotros.
Bozeman frunció el ceño.
—No me gusta tu tono.
Guzman estalló.
—Apáñatelas, Bozoman.
Los ojos de Granite se convirtieron en rendijas. Se irguió en toda su formidable estatura, apoyó las manos planas sobre la mesa, se inclinó hacia delante y habló lentamente.
—Llámame así otra vez y te arranco el bazo.
—Puedes intentarlo —Guzman se levantó de la silla, cerró los puños y encaró a Bozeman desde el otro lado de la mesa—. El granito se agrieta, ¿sabes?
El cabeza caliente estaba más jodido de lo que pensaba si era tan imbécil como para desafiar a Bozeman.
Perder a Nix le había destrozado. Empezaba a pensar que me había equivocado al dejar que los chicos resolvieran esto solos.
Aun así, me mordí la lengua y permanecí en silencio.
Quizá si el vapor encontraba una salida, esta locomotora podría coger impulso en lugar de estrellarse y arder.
—Eh, chicos —intervino King justo cuando pensé que la razón había abandonado al Equipo Rastreador—. Esto no mola. Puede que ahora seamos civiles, pero aquí hay una cadena de mando. Eso pone a Bozeman más arriba en el escalafón. Tenemos que respetar eso.
—El respeto funciona en ambas direcciones —Cooper se levantó, se colocó junto a Guzman y se tiró de la barba—. Creéis que somos un lastre, y sin embargo vosotros, bastardos perezosos, llegasteis tarde al campo de batalla.
—¡Eso es mentira! —Ferranti se puso de pie de un salto—. ¡Os salvamos el culo!
—En tus sueños, imbécil —resopló Cooper—. Vosotros, pavos reales, os salvasteis el culo y luego os asegurasteis de que nosotros quedáramos como una mierda sobre el papel.
—Si me preguntáis a mí, todos quedamos como una mierda sobre el papel —dijo King, justo cuando pensé que iba a tener que soltar unas hostias para alejar a todos del precipicio.
—Vuelve a Hawái —gruñó Cooper—. Déjate una barba de verdad y échate un par de cojones, surfero.
En un abrir y cerrar de ojos, Ferranti se lanzó sobre la mesa.
King saltó de su silla y sujetó a su compañero de equipo.
—Baja las revoluciones, Ferrari.
Shaw eligió este jodido momento para ponerse de pie y unirse a Cooper y Guzman, sus antiguos compañeros de equipo. Un cascanueces invisible me apretó la cabeza. Esto era el duelo en el OK Corral del Equipo Rastreador.
Quizá estos tipos estaban más rotos de lo que pensaba. ¿Estaba loco cuando creí que estos hombres se llevarían bien? ¿Cómo demonios iba a formar un equipo con esto?
Se me acabó el tiempo y la paciencia.
—Parad esta mierda —ladré antes de que los cabezas huecas llegaran a las manos—. Todos vosotros. ¡Y sentaos de una puta vez!
Los hombres volvieron a sus asientos. Algunos parecían cabreados.
Otros parecían frustrados o avergonzados.
Todos parecían querer estar en cualquier lugar menos allí, ante mi ira.
La conmoción tuvo el efecto no deseado de captar la atención de Mina y Thena.
Ambas mujeres abandonaron sus puestos de trabajo, cruzaron la sala desde direcciones opuestas y se quedaron juntas a un lado de la mesa, observando aquella asamblea de cabezas calientes.
—¿Hay una convención de gruñones en la sala? —Mina barrió al equipo con una mirada incrédula—. ¿O es que el instituto ha terminado antes hoy?
—Eso parece —Thena arqueó las cejas en señal de reproche—. ¿Oléis eso?
Mina arrugó la nariz y olisqueó el aire.
—¿Testosterona?
—Por toneladas —Thena se abanicó bajo la nariz—. ¿Llamamos al equipo de descontaminación para que limpie vuestro hedor?