Capítulo veintiséis
Dash
La biblioteca bullía de actividad. Después de mejorar el equipamiento técnico de la sala, habíamos abandonado el oscuro y sombrío despacho de Richard Astor y yo había designado este espacio luminoso y ventilado como nuestro centro de mando principal.
Me senté a la cabecera de la gran mesa de caoba en medio de la ornamentada sala, rodeado de madera noble y mármol por todas partes.
Una cúpula de cristal dejaba entrar la luz del sol sobre la mesa, iluminando las pilas de archivos esparcidos sobre la superficie pulida y los rostros concentrados de mi equipo.
Los chicos estaban sentados frente a sus tabletas, alternando entre revisar los archivos y planos y estudiar la información que llegaba en tiempo real a sus pantallas. Había mucha información nueva, así que necesitaba darles tiempo para ponerse al día.
Me levanté de la silla, estiré la espalda y recorrí la biblioteca de un extremo a otro para aliviar el calambre que me atenazaba el muslo. El músculo estaba mejor, pero aún notaba los efectos del intenso entrenamiento que el equipo y yo habíamos hecho a primera hora de la mañana.
Joder, me estaba haciendo viejo. Quizás debería haber conservado el bastón un poco más.
Me crucé las manos a la espalda, me planté frente a nuestro sistema de seguridad y estudié las pantallas automatizadas. Mostraban imágenes en directo del perímetro del muro y de todos los puntos de acceso a la propiedad, además de rastrear la actividad en las zonas comunes de la casa.
El sistema de defensa respondería automáticamente a cualquier amenaza externa.
Estaba blindado y contaba con múltiples redundancias de respaldo.
La única forma de neutralizarlo era desactivarlo desde dentro, y eso requería bastante esfuerzo, además de una serie de códigos.
Revisé el panel de control. Todo operativo.
Me dirigí a un extremo de la enorme sala, donde Mina hablaba por su auricular mientras se coordinaba con su equipo cibernético, aporreaba el teclado y vigilaba varias pantallas.
Estaba tan concentrada en su trabajo que ni siquiera se había dado cuenta de que yo estaba allí.
Seguía avanzando. Le estaba dando espacio para que nos consiguiera algo concreto que pudiéramos usar para encontrar a las mujeres Astor.
Giré sobre mis talones y me dirigí hacia el lado opuesto de la biblioteca, donde Thena había montado su puesto de trabajo. Sentada ante la mesa de lectura perfectamente ordenada, dirigía ella sola el Grupo Astor, resolviendo un problema tras otro con una eficiencia asombrosa.
Como trabajaba de forma encubierta usando la capa del sistema que le permitía hacerse pasar por mí en voz e imagen, llevaba ropa cómoda: zapatillas deportivas, mallas y una camiseta que hacía juego con el color perlado de sus ojos.
El cabello le caía sobre los hombros, lustroso y sedoso.
Sus rizos eran casi todos rubios, aunque las raíces más oscuras empezaban a asomar a ambos lados de la raya.
La observé desde lejos. La combinación del tratamiento del Dr. Jacob, la buena comida, el aire limpio y los mimos de Sandy y Cook estaba obrando milagros. También había entablado amistad con Mina. Como Thena echaba muchísimo de menos a sus hermanas, me encantaba que tuviera a Mina de compañía.
Esperaba estar ayudando yo también a que Thena mejorara.
Durante los últimos días, había dedicado cada segundo libre a estar con ella.
Siempre que podíamos escaparnos, nos abrigábamos bien y dábamos paseos por la propiedad.
Habíamos inspeccionado los establos vacíos y los tristes jardines.
Thena había pedido semillas nuevas por internet y las había plantado en macetas en el solarium, «para estar listos para la primavera», había dicho.
Me emocionaba que esperara con ilusión la primavera, por los jardines, por nosotros.
Nuestros cuerpos estaban recuperando el tiempo perdido.
Dormíamos juntos todas las noches en su torre.
Habíamos tenido un invierno suave hasta entonces, y habíamos aprovechado bien nuestro pequeño nido en el tejado.
Su cama también estaba dando mucho de sí, al igual que cada rincón privado que podíamos apropiarnos para polvos rápidos por la casa. Improvisar era parte de la diversión.
Sí, ese era yo, metido hasta las cejas en la misión y, sin embargo, redescubriendo lo que era pasarlo bien porque Thena había vuelto a mi vida.
Cuando pensaba en el increíble maratón de sexo de anoche, el calor me subía por el cuerpo.
La imagen mental hacía que mi polla reaccionara como un coche de carreras revolucionando el motor.
Nunca me cansaba de ella. Mi deseo por ella jamás mengüaría. Trabajábamos duro, pero los momentos que hacíamos nuestros eran un bálsamo para mi alma.
Thena había estado ocupada, y no solo con el trabajo y conmigo.
La semana pasada, había conseguido mi autorización y había organizado la visita del Dr. Weston, el dentista del pueblo.
Antes de que me diera cuenta, había convencido a Bozeman para que se sentara en una silla de tratamiento en la sala de spa.
De hecho, le había cogido la mano mientras el Dr. Weston hacía su trabajo y, presto, Granite ya no tenía dolor y estaba operativo al cien por cien.
También se había propuesto pasar tiempo con Guzman.
Era como si percibiera la agitación interior que él ocultaba tan bien.
Habían conectado por su amor al whisky de Wyoming, que ninguno de los dos podía beber.
Ella pillaba sus bromas y él, a su vez, inventaba más para ella.
Apreciaba sus esfuerzos por hacer reír a mi mujer.
También había pillado a Thena y King acurrucados en la sala de cine, viendo Lilo y Stitch.
No tenía ni idea de qué iba la cosa, pero a King le importaba una mierda cuando los chicos le daban la lata por ello.
Era el tipo de tío que no tenía que demostrarle nada a nadie.
Les dijo a los demás que todos deberían ver la película y aprender algo.
Para Shaw, que no bebía, Thena se aseguraba de que hubiera limonada fresca en cada comida.
Para Cooper, un clásico asaltante de neveras nocturno, preparaba un sándwich Dagwood todas las noches antes de acostarse.
Para Ferranti, amplió la suscripción de cable para incluir fútbol y rugby, deportes que le encantaban.
Siempre que tenía ocasión, horneaba galletas para el equipo.
Era como si, instintivamente, entendiera que cada hombre necesitaba su tiempo y atención, y que nuestro equipo necesitaba cohesionarse. Con la cantidad de piques que había entre mis hombres, agradecía sus esfuerzos.
Cuidar de plantas, animales y personas era lo de Thena.
Su combinación de cerebro y belleza me mantenía pendiente de ella las veinticuatro horas.
Incluso ahora, mientras estaba sentada en su puesto de trabajo hablando con alguien por el móvil, se me puso dura cuando se humedeció los labios, frotándolos entre sí como solía hacer justo antes de metérmela en la boca.
Me quedé atrapado con una erección insoportable.
Al acercarme a su escritorio, la tensión en la voz de Thena me puso en alerta. Fruncí el ceño y, fingiendo estudiar los títulos en los estantes, me aproximé más para escuchar.
—No firmaré el contrato —estaba diciendo—. La empresa es una tapadera de una compañía estatal china que utiliza mano de obra esclava. También le di instrucciones a Paolo para que desinvirtiera en cualquier empresa asociada con gobiernos de países enemigos de Estados Unidos.
Hizo una pausa de unos segundos, escuchando palabras que yo no podía oír.
—Sí, puede que mis decisiones levanten ampollas —apretó los dedos en torno a una pelota antiestrés—. Pero hay mejores formas de ganar dinero, Monique, formas que no requieren que socavemos a nuestro país.
Deduje que Thena estaba plantando cara, y que su personal estaba alterado por ello.
—Entiendo que estamos hablando de mucho dinero —dijo Thena, con demasiada paciencia como para ser yo de verdad.
No podía oír la respuesta de Monique, pero hizo que Thena se irguiera de golpe, lo que me cabreó. ¿Se daba cuenta Monique, con esa cara de póker, de que cabrearme nunca era buena idea?
—No estoy siendo imprudente —los ojos de Thena brillaron como el acero—. Por favor, haz lo que te digo.
Fuera lo que fuese lo que Monique replicó, a Thena le gustó aún menos. Apretó la pelota antiestrés hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
—No soy el puto Richard Astor. De ahora en adelante, las cosas se hacen a mi manera.
Joder. Yo habría dicho exactamente lo mismo si hubiera sido yo quien mantuviera esa conversación. Y sin embargo, esto también era pura Thena: tomaba el control, redirigía su negocio hacia el tipo de organización que imaginaba y aseguraba el legado de su familia.
Colgó y, con un resoplido, soltó la pelota antiestrés y se dejó caer en la silla. La pelotita casi se cayó de la mesa, pero me acerqué por detrás de Thena, la atrapé y le besé el cuello.
—¿Estás bien? —le murmuré al oído—. ¿La Dama Dragón es una insubordinada impulsiva? Estaré encantado de despedirla en el acto, si quieres. O podemos mandarla a limpiar mierda de gallina en Katmandú.
—Katmandú no será necesario —dijo entre risas—. Puedo con Monique.
Giró la cara y me miró a los ojos. Hacía un segundo estaba molesta, pero ahora su sonrisa pecaminosa destrozó cualquier rastro de autodisciplina que me quedara. La adoración me inundó el pecho y me dejó sin aire. ¿Cómo podía un hombre amar a una mujer tanto, tan intensamente, tan por completo?
Me acarició la mejilla y rozó los labios contra los míos.
—Mmm.
Ese sonido sexy me puso duro hasta doler.
—Necesitaba eso. Gracias.
—No hemos terminado.