Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Diecisiete #3
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Capítulo Diecisiete #3

—Tranquila, señora —murmuró el tal King—. Lo tenemos controlado. Omega la respalda.

Vestido con un esmoquin negro como los demás, estaba tumbado en el suelo junto a mí. Apoyado en los codos, equilibraba el cañón del rifle en un hueco entre las rocas mientras barría la zona con la mira.

En la oscuridad, la piel morena de su rostro reflejaba los tonos del fuego como si estuviera hecho de llamas. Los músculos de sus brazos se tensaban ágiles al empuñar el arma. Sus anchos hombros y su cintura estrecha me recordaban a un nadador olímpico.

A medida que mis ojos se adaptaban a la oscuridad, distinguí sus cejas gruesas y expresivas.

Nacían rectas en la frente y se curvaban en los extremos sobre unos ojos grandes, oscuros y ligeramente rasgados.

Una nariz recta, una mandíbula cuadrada con un asomo de barba y una boca bien definida completaban su perfil.

Tenía que admirar su serenidad bajo presión. También apreciaba la sonrisa despreocupada que me dedicó. Parecía llevarla grabada permanentemente en el rostro. Era tan radiante y sincera que imaginé que sería capaz de sacarle una sonrisa hasta a las piedras.

—Espera un momento.

Le señalé con el dedo.

—Te he visto antes. ¿No eras el camarero que me atendía en la gala?

—Ese era yo, sí.

El hombre mostró una hilera de dientes rectos y blancos, pero no apartó el ojo de la mira.

—Perdona por derramarte el agua en el mantel. Dame un arma y disparo. Dame una tabla de surf y te enseño cómo se hace. Pero ¿servir mesas?

Se encogió de hombros.

—Sí, no, para eso no estoy cualificado.

—Me importa un carajo el agua en el mantel.

Me arrastré sobre los codos para acercarme todo lo posible a él, así podía oír sus susurros y tener buena vista del borde del bosque.

—Acabas de salvarnos la vida.

—Aún estamos en ello, Diosa.

Me guiñó un ojo.

—Pero tranquila, con Omega siempre se gana.

—¿Por qué me llamas «Diosa»?

—Todo el mundo tiene un indicativo.

Mantuvo la atención en el bosque.

—Como eres la mismísima Athena del Equipo Rastreador, todos acordamos llamarte Diosa. Así te llamamos desde que nos encargamos de tu protección. ¿Algún problema?

—Yo... eh...

Ahí estábamos, en medio de la nada, con un psicópata y sus secuaces pisándonos los talones, susurrando tranquilamente sobre mi nuevo apodo.

—Es demasiado, ¿no crees?

—Le dije a Goofman que igual no te gustaba.

King negó con la cabeza; una mata de pelo negro lacio le caía desordenada alrededor del rostro.

—Es el que se ha autoproclamado encargado de poner los indicativos del equipo. Diosa es demasiado obvio. ¿Tengo razón?

Este hombre estaba arriesgando su vida por mí sin dudarlo. Por mí, podía llamarme bruja y me habría dado igual. No era el momento de discutir lo que implicaba un apodo así.

—Si sobrevivimos, ya lo hablaremos.

—¿Si sobrevivimos? —hizo una mueca—. No me vengas con esas. Es una falta de respeto para el equipo y para mí. Vas a sobrevivir. Ni lo dudes. —Un par de adorables hoyuelos se formaron en sus mejillas al ensanchar la sonrisa—. Para que lo sepas, a los chicos lo de Diosa les sale solo.

Puse los ojos en blanco. Madre mía.

—Hablando de nombres en clave —susurré—, el de Dash es Omega. El de Micah es Granite. ¿A ti cómo te llaman?

—Me llaman KK o K-man, sobre todo, aunque a Goofman le encanta jugar con los nombres, así que seguro que oirás variantes.

—¿Y tu nombre real?

—Soy Kai King.

—Encantada de conocerte, Kai King, aunque sea en estas circunstancias tan horribles.

—Bah —se encogió de hombros—. He visto cosas peores. Como decimos en Hawái, aloha, Diosa, y bienvenida al Equipo Rastreador.

—Ahora mismo Hawái suena de maravilla —clavé la mirada en el bosque oscuro, deseando que Dash volviera pronto—. ¿Por qué no estás allí?

—Voy y vengo —dijo con naturalidad—. El equipo de Omega es mi ohana.

—¿Ohana?

—Significa «familia» —hizo una pausa para ajustar la mira—. ¿No has visto Lilo y Stitch?

—Ahora que lo dices, no, nunca la vi.

—Deberías —me miró un momento—. Siento lo de tu hermano. Era de los buenos. Y quiero que sepas una cosa: sigue vivo en nuestros corazones.

En medio de aquella noche húmeda y fría, mientras aguardaba al acecho a los asesinos que querían matarme, se me llenaron los ojos de lágrimas.

No eran lágrimas de miedo. Eran un regalo inesperado de la dulzura de aquel hombre.

No tenía el don de mi madre, pero estaba bastante segura de que, si mamá hubiera conocido a Kai, habría visto un aura blanca resplandeciente a su alrededor.

—Pareces demasiado joven para ser tan sabio, Kai.

—Tengo treinta y cuatro, pero en años de combate soy mucho más viejo.

—Pensaba que tendrías veintipocos —hice una pausa y contemplé al guerrero curtido que se ocultaba tras aquella apariencia juvenil.

Por alguna razón, me resultaba cercano—.

Quiero que sepas que yo también siento a Nix vivo en mi corazón —confesé, nada menos que a un completo desconocido—. Gracias por recordármelo.

—Mahalo —llevó el dedo al gatillo—. Y ahora, Diosa, esto es el curro. Necesito que te quedes calladita. ¿Los malos? Están llegando.