Capítulo Quince
Dash
—No reconozco esta ruta al aeropuerto —aventuró Thena con voz suave tras unos momentos de silencio—. ¿Adónde vamos?
—Fuera de la ciudad —dije con brusquedad—. Tengo un jet esperándonos en un aeropuerto privado y seguro. Está a más de una hora en coche.
—Deberías habérmelo dicho —murmuró, sin mirarme, con la vista fija en la ventana.
—¿Sobre LeBlanc? —La furia me invadió—. Todo el asunto estaba jodido y…
—¿Y qué?
—Iba a herirte —solté, demasiado brusco.
—Y lo hizo —admitió, quitándose los guantes y dejándolos a un lado—. Pero necesito saber estas cosas. ¿Hay más chanchullos que tengan que ver conmigo en los libros?
—Que yo sepa, no —Era la verdad, pero sonaba como un imbécil a la defensiva. Cuando me miró, vi un destello de duda en sus ojos.
—¿Me lo dirás la próxima vez? —preguntó.
—Si la hay —Mierda, sonaba aún más imbécil.
Parecía afectada mientras la caravana cruzaba el puente, salía de la interestatal y giraba hacia una carretera rural de dos carriles.
Me maldije por haberle arruinado la noche.
Estaba más que cabreado. Nuestro misterioso enemigo no había dado señales de vida y ese maldito payaso de LeBlanc solo había empeorado mi frustración.
Me di cuenta de cómo debía de verme en ese momento.
Como un puto neandertal en pie de guerra. No estaba orgulloso de eso.
Por otro lado, LeBlanc se merecía lo que le había pasado. El imbécil había cerrado un maldito trato con el cabrón del padre de Thena. Había intentado engañarla y después convencerme de que le siguiera el juego. Hijo de puta. Apreté los dientes. Tenía que aprender la lección.
Los altavoces de la limusina se encendieron con una excelente versión de The Way You Look Tonight.
Maldito Bozeman. Tenía que ser cosa suya.
La canción decía todo lo que yo había querido decirle a Thena.
Me devané los sesos buscando la manera de reconducir la noche hacia algo esperanzador, pero no encontraba las palabras.
Mi explosión de ayer, mi enfrentamiento con LeBlanc esta noche y mi mecha corta después prácticamente garantizaban que lo había jodido todo sin remedio.
Pues desjódelo. Es lo que le habría exigido a cualquiera de mi equipo.
No tenía ni puta idea de cómo arreglar aquel desastre, pero ahora que estábamos fuera de la ciudad, me saqué el comunicador de la oreja, lo dejé a un lado y subí la pantalla de privacidad.
Una gruesa lámina de cristal negro e insonorizado nos separaba de Bozeman y King, cuyas notas de conducción le habían valido a este último el puesto de chófer de la limusina esa noche.
Miré el delicado perfil de Thena. Estaba preciosa con ese vestido tan sexy. Por un momento, quise ser uno de esos casanovas que saben qué decir y qué hacer para seducir a una mujer hasta conseguir su perdón. Nah. Yo nunca sería un casanova. No estaba en mi ADN.
Empieza a desarrollar un lenguaje del amor, Dagger. Lo vas a necesitar para demostrarle a Thena que estás listo para subir un peldaño en la escala evolutiva.
Lo que de verdad quería era estrecharla contra mí, arrancarle el vestido y besar cada centímetro de su cuerpo hasta que volviera a salir el sol. Pero no podía. No hasta que recuperara su confianza y reparara lo que quedaba de nuestra frágil relación.
Mientras King sorteaba las curvas del camino rural y conducía la limusina por las colinas, el silencio de Thena se prolongó. El aire entre nosotros crepitaba con algo parecido a la electricidad. Me había quedado sin palabras y seguía furioso con LeBlanc. Al final, fue ella quien rompió el silencio.
—No sabía que tenías tantos efectivos de seguridad dentro del salón —dijo.
El sonido amortiguado de su voz en la cabina me acarició los oídos, sensual y aterciopelado. Se me puso la piel de gallina y la sangre me bajó al sur. Por cómo reaccionaba mi cuerpo, era como si me hubiera acariciado la polla con la voz.
Contrólate, marine.
Ansiaba su cuerpo como un loco, pero más que eso, la ansiaba a ella entera: la conexión física, emocional y espiritual que una vez habíamos compartido.
—Esos efectivos son mis amigos —dije, en lugar de ahogarme en sus besos como quería.
—Tienes buenos amigos, y están ahí cuando los necesitas —Su sonrisa me recordó a la chica que había adorado—. Me alegro por ti, Dash. De verdad.
Típico de Thena, calmarme sin proponérselo. Sus palabras me llegaron con una ternura que no había sentido en mucho tiempo. No era precisamente Romeo en persona, pero aproveché la oportunidad.
—Te ofrecería champán, pero el Dr. Jacob me cortaría los huevos —Extendí la mano hacia la botella que sobresalía del cubo de hielo plateado—. ¿Qué tal un poco de agua fina, directa de Fiyi?
—Claro —Soltó una risita, para mi alivio—. Que sea doble.
—Doble será —Abrí la tapa y llené un par de copas. Con cuidado de no meter la pata, le pasé una y alcé la mía—. Por días mejores.
Chocó su copa contra la mía.
—Por días mejores.
Bebió el agua fresca y cristalina a sorbos delicados que dejaron la marca de sus labios en el borde de la copa. Mi cuerpo quería ser esa copa. Maldita sea, tuve que poner firme a mi polla rebelde. Di un trago largo y me contuve.
Me lancé:
—Thena…
—Dash —dijo ella al mismo tiempo.
—Adelante —murmuré.
—No, tú primero —ofreció.
—Las damas primero —insistí.
—De acuerdo —Sin soltar la copa, respiró hondo y cruzó las piernas, un movimiento que abrió la abertura de su falda y dejó su piel al descubierto hasta el muslo.
Los dioses de la lujuria se estaban burlando de mí esta noche. Si esto era una prueba, la estaba suspendiendo. Di otro trago a mi vaso, esperando que el agua me refrescara. Nada.
—Quiero decirte que lo siento —comenzó, dejándome de piedra—. He estado dándole vueltas a lo que dijiste ayer. Cometí un error enorme. Sé que te hice daño.
—No tienes que—
—Sí, tengo que hacerlo —respiró hondo, y sus hermosos pechos tensaron la tela del vestido—.
Sé que tu dignidad, tu orgullo y tu honor son muy importantes para ti, pero necesito que entiendas que, el día que rompimos, no estaba pensando con claridad.
Desde entonces, he actuado basándome en suposiciones equivocadas.
No supe qué responder. Tenía razón en casi todo lo que decía sobre mis sentimientos, pero ella no era la única culpable.
—No soy estúpida—
La interrumpí.
—Nunca dije que lo fueras—
—Por favor, déjame terminar —levantó una mano y luego la dejó caer lentamente sobre su regazo—. No intento poner excusas, pero en aquel entonces estaba abrumada, de luto por Nix y preocupada por ti. Estabas tan ocupado cuidando de los supervivientes y parecías... diferente.
—¿Diferente en qué sentido?
—Distante. Furioso. Frenético. Atormentado.
Había sentido todo eso y más, atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.
—En cuanto a mí, estaba destrozada por el dolor y fuera de combate —jugueteó con los anillos de su dedo—. No luché por lo nuestro cuando importaba. Me rendí. Me cuesta decirlo, pero tenías razón en algunas cosas.
Otra sorpresa.
—¿La tenía?
—Sí, pero no por las razones que crees —se humedeció los labios con otro sorbo de agua, luego se lamió el líquido de la boca y se mordisqueó los labios hasta que todo el pintalabios desapareció, volviéndome loco—. Un nuevo miedo había echado raíces, uno que no entendía entonces.
Aparté la calentura y me concentré en escuchar.
—¿Qué miedo?
—El dolor de perder a Nix fue tan intenso, tan insoportable —apuró el resto de su bebida—. No sabía si podría soportar algo así otra vez. Mirando atrás, la falta de confianza que percibiste en mí no fue algo que imaginaste.
Incapaz de articular palabra, cogí la botella y le rellené el vaso.
—Era real —reconoció, con la mirada fija en el vaso—. Pero lo malinterpretaste.
Devolví la botella al cubo de hielo.
—No te sigo.
—No perdí la confianza en ti, Dash —su mueca acentuó las líneas que enmarcaban su boca, sumándose a la tristeza que oscurecía sus ojos—.
Perdí la confianza en mí misma. La muerte de Nix me enseñó que no era tan fuerte como creía.
Estaba al límite de mi resistencia. Tenía miedo de que, si ibas a otra misión y te pasaba algo, perdería la cabeza.
—No acabo de entenderlo —sentí la profundidad de su dolor incluso antes de poder comprenderlo.
—Ser la pareja de un soldado es difícil —dijo, vacilante—.
Mientras vosotros estabais fuera, tenía que encontrar formas de seguir adelante, lidiar con mi padre y manejar la ansiedad de saber que las malas noticias podían llamar a mi puerta en cualquier momento.
Estabais desplegados tanto tiempo y tan a menudo...
Al final, me acostumbré a los éxitos de vuestros equipos.
Tú y Nix siempre volvíais sanos y salvos.
Hasta que la misión se torció y Nix murió.
—Estabas... decepcionada —concluí, sintiéndome fatal.
—Sí, pero no estaba decepcionada contigo —dejó la copa en el portavasos—. Aquí es donde nuestra desconexión abarca océanos. Estaba decepcionada al descubrir que era una criatura tan frágil. Me sentía débil y asustada, indigna de tu fuerza.
Me quedé atónito. Ella se había sentido como yo: como un fracaso y un fraude, inadecuada en todos los sentidos.
Y lo peor era esto: había estado tan perdido en mi propia cabeza, tan empeñado en castigarme por haberle fallado a Nix, que ni siquiera me había dado cuenta de que Thena se estaba ahogando justo a mi lado.
Me aclaré la garganta.
—¿Por qué no me dijiste nada de esto?
—Pasaban tantas cosas —dejó caer los hombros—. Estabas tan ocupado cuidando de tu equipo. No teníamos tiempo para hablar —se atrevió a mirarme—. Para serte sincera, no creía que quisieras hablar conmigo.
No se equivocaba. Ahora podía ver que me había distanciado emocionalmente de ella y de todos los demás para lidiar con mi propio dolor.
Me había negado a enfrentarme a mis emociones.
En vez de eso, me mantuve ocupado. Me alejé de Thena y la dejé aislada y sola en su dolor.
Menuda mierda de pareja había sido cuando más me necesitaba.