Capítulo catorce #2
Las arrugas de su boca se marcaron más, acentuando su edad.
—Estoy a punto de jubilarme y necesito este trabajo. El Sr. Dagger me ha asignado muchas tareas, pero no confía en mí. Ni siquiera me dejó ir a verte al hospital.
—A mí tampoco —intervino Paolo—. ¿Te llegó la sopa de pollo que te preparé?
—Claro, sí, estaba deliciosa.
La sopa nunca había llegado a mi casa, pero no me sorprendía.
—Gracias, Paolo. Fue muy amable de tu parte acordarte de mí.
—Oh-oh.
Monique arqueó las cejas.
—¿Qué pasa? —leí la alarma en su rostro.
—Mira quién ha abandonado su barco en la Riviera para venir aquí.
—¿Quién? —me volví para observar a la multitud.
—Tu molesto pretendiente —dijo Monique—. No el que se escapó, sino el que no se va.
Giré la cabeza y vi a Alexander LeBlanc acercándose. Alto, bronceado, con un esmoquin y una camisa blanca impecable que resaltaba el brillo de sus dientes blanqueadísimos, esbozaba una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Se me cayó el alma a los pies.
Maldición. Esta noche no.
—¿Es cierto? —me agarró del codo y prácticamente me arrastró lejos de los demás—. ¿Es cierto que ya no eres la heredera de los Astor?
—¿Perdona?
Intenté soltarme, pero no me dejó.
—¿Por qué estás tan alterado?
—Los periódicos —dijo—. Dicen que un hijo de puta llamado Dashiell Dagger lo ha heredado todo.
—Es cierto.
Dash se materializó ante nosotros.
—Soy el hijo de puta que lo heredó todo. Ahora, suéltala. Si vuelves a tocarla, tú y yo vamos a tener un problema serio.
Un momento antes, Dash había estado al otro lado de la sala.
Ahora estaba plantado junto a mí, con el bastón firmemente apoyado en el suelo y la mirada feroz clavada en Alexander.
Este palideció y se retorció como un gusano bajo el escrutinio de Dash, pero me soltó.
Me froté el brazo mientras miraba de uno al otro, notando la tensión entre ellos.
Como el insoportable camaleón de sociedad que era, Alexander cambió de tono y ensanchó su sonrisa de anuncio de dentífrico.
—Alexander LeBlanc.
Le tendió la mano.
—A su servicio.
—Sé quién eres.
Dash ni se dignó a estrechársela.
—Vete. Ahora.
—Necesito un momento de tu tiempo.
Alexander señaló hacia el bar.
—Tomemos una copa.
—No tengo sed —dijo Dash, y me puso la mano en la parte baja de la espalda—. Vámonos.
—Espera —Alexander nos cortó el paso—. Si sabes quién soy, también sabes que tengo buenos contactos. Puedo serte útil, siempre que sigas respetando mi acuerdo con Richard Astor.
Dash puso los ojos en blanco y soltó un suspiro de resignación.
—Tenías que mencionar el puto acuerdo.
—¿Qué acuerdo? —pregunté, picada por la curiosidad.
Ninguno de los dos respondió. Aquello solo avivó mi curiosidad y me revolvió el estómago.
—Mi respuesta es no —espetó Dash—. Y seguirá siendo no. Ahora, quítate de en medio.
—Espera —dije, pensando en el extraño comportamiento de Alexander—. Quiero saber qué acuerdo tenías con mi padre.
Alexander apartó la mirada. Se me encogió el estómago. Tenía un mal presentimiento.
—Por favor —me volví hacia Dash—. Dime la verdad.
Su mirada se suavizó al posarse en mí.
—¿Me dejas ahorrarte los detalles más feos?
—No.
—Como quieras —Dash volvió a clavar la mirada en el otro hombre.
Cuando habló, su voz sonó áspera y cortante como esquirlas de acero—.
LeBlanc, aquí presente, llegó a un acuerdo con tu padre.
Me topé con el dichoso «contrato» y la transacción bancaria mientras revisaba los libros de la empresa.
Tu padre acordó pagarle cien mil dólares por cada cita que tuvieras con él.
—¿Qué? —el rostro me ardía de furia y entrecerré los ojos—. ¿Por eso no parabas de enviarme mensajes y de acosarme con tus invitaciones, incluso después de decirte que no me interesabas?
Alexander cambió el peso de un pie a otro, incómodo, pero no dijo nada.
—Ganó cien mil dólares cuando te acompañó a la gala del Met —Dash frunció el ceño—.
Habría cobrado un extra si hubiera podido demostrar que te besó, pero no lo consiguió.
Además, había una oferta de diez millones sobre la mesa si lograba que te casaras con él, y un bonus de cincuenta millones si te dejaba embarazada y tenías un niño.
—¿Casarme? —me quedé boquiabierta—. ¿Dejarme embarazada? ¿Un niño?
—Es fácil de adivinar —Dash fulminó a Alexander con la mirada—. Richard quería acceder a la red política de la familia LeBlanc y este imbécil necesitaba financiar su próxima campaña. De paso, Richard intentaba comprarse un heredero varón.
Se me clavaron las uñas en las palmas y apenas podía hablar de la rabia.
—Esto es ridículo. Indignante. ¡Medieval!
—No podría estar más de acuerdo —Dash frunció el ceño.
—¿Crees que soy una vaca de cría que puedes poseer y preñar a tu antojo? —fulminé a Alexander con la mirada—. ¿Pensabas que te ibas a salir con la tuya? ¿Y mi padre?
—Soy un hombre de negocios, como tu padre —dijo—. Él y yo estábamos haciendo negocios.
—Y yo era la mercancía con la que vosotros dos especulabais —dije con voz inexpresiva.
La indignación me hervía en las venas. Las uñas estaban a punto de hacerme sangre.
Mi padre había llegado a un acuerdo con un narcisista despreciable para casarme, dejarme embarazada y comprarse un heredero.
Era retorcido. Deshumanizante. Perverso.
Pero ¿por qué demonios me sorprendía tanto?
Era típico de mi padre y encajaba con los planes de Alexander. Así era como jugaban.
Primero, mi padre había conspirado para sacar a Dash de mi vida. Ahora esto. Si hubiera tenido cerebro en lugar de corazón, debería habérmelo esperado. Mi padre se había superado a sí mismo en tratos turbios. Incluso muerto, me recordaba la mierda de persona en la que se había convertido.
—Tranquila —me murmuró Dash al oído, mientras me acariciaba la parte baja de la espalda con movimientos circulares—. No va a pasar, así que no te preocupes.
—Tengo un contrato firmado —anunció Alexander con aire remilgado—. Será válido ante los tribunales.
—Discrepo —dijo Dash antes de que yo pudiera responder a semejante barbaridad—. Tenías un contrato que te garantizaba ingresos en función del rendimiento. No cumpliste. Tu contrato ha quedado rescindido.
—Alexander, eres escoria —mascullé entre dientes—. Eres un pedazo de mierda. Solo salí contigo aquella vez porque mi padre me lo suplicó. Nunca me gustaste y no hay ningún universo en el que me casara contigo, y mucho menos tuviera un hijo con un capullo como tú.
—Cuidado con lo que dices —gruñó Alexander—. Mi familia y yo somos los dueños de esta ciudad.
—De la ciudad no sé —gruñó Dash—. Pero sí sé que tienes préstamos sobre un yate que guardas en la Riviera, una casa en Londres, un apartamento en Dubái, tres Lamborghinis y dos rascacielos en el centro con un quince por ciento de ocupación.
También sé que no puedes pagar tus putas deudas enormes, lo que significa que no eres dueño de una mierda.