Capítulo Cinco
Thena
Abrí los ojos y me encontré en una habitación de hospital.
Las luces del techo estaban atenuadas, pero una pequeña lámpara de mesa y la pantalla azul del monitor en la esquina iluminaban el espacio.
Tuve que parpadear varias veces para aclarar la vista.
Solo entonces distinguí la vía conectada a mi brazo.
Me sentía aturdida y débil, pero el dolor había desaparecido.
Las luces de varios edificios se filtraban a través de las persianas abiertas. La lluvia golpeaba las ventanas, repiqueteando con un ritmo relajante sobre los cristales. Fuera, todo estaba oscuro.
Un movimiento captó mi atención. Distinguí la imponente figura de Dash, que iba y venía al pie de mi cama mientras susurraba furiosamente al móvil que sostenía contra la oreja.
Tenía un aspecto algo descuidado. Se había quitado la chaqueta y la corbata.
En su lugar, llevaba solo la camisa de vestir, desabrochada en el cuello, con las mangas remangadas.
La barba oscura le cubría la mandíbula y un mechón rebelde le caía descuidadamente sobre la frente, contribuyendo a su apariencia desaliñada.
Parecía un poco... ¿frenético?
Frenético no era una palabra que yo asociara con Dash. Siempre había sido el vivo ejemplo del aplomo, la compostura y la ecuanimidad bajo presión.
—¿Cómo que qué quiero decir? —masculló al teléfono, conteniendo la voz—. Quiero que estén bajo la protección del Equipo Rastreador ahora mismo.
Los recuerdos de todo lo que había sucedido durante nuestra reunión irrumpieron de golpe en mi lento despertar.
Al verlo aquí, una pequeña chispa de esperanza se encendió en mi corazón, pero mi cerebro embotado se negó a reaccionar.
Tantas incertidumbres. Tantos miedos. Mis hermanas.
¿Las habían encontrado? ¿Estaban a salvo? Y además, ¿me estaba muriendo?
Explicaciones. Las necesitaba, y en tantos sentidos.
Abrumada, débil y desorientada, ni siquiera sabía por dónde empezar a desenredar mi confusión.
La boca no me funcionaba. Tenía la garganta reseca.
Dash debió de percibir que estaba despierta, porque sus ojos brillaron al posarse en mí y se detuvo en seco.
—Hazlo y punto. —Terminó la llamada con un escueto—: Omega, fuera.
—Thena. —Su pecho se hinchó con una respiración profunda que tensó la camisa. Apoyándose en el bastón, rodeó la cama y me tomó la mano, envolviendo mis dedos en el calor que emanaba de él. Su sola presencia me tranquilizaba—. Por fin. Estás despierta.
—¿Cómo que «por fin»? —Me aclaré la garganta—. ¿Qué hora es?
—No te preocupes por la hora. —Soltándome la mano, sirvió un vaso de agua de la jarra de la mesilla, me sostuvo la cabeza por detrás y acercó el vaso a mis labios—. Pequeños sorbos, despacio. La enfermera dijo que esto debía ser lo primero que hicieras al despertar.
Bebí como me indicó y el agua fresca resultó casi tan reconfortante como su presencia.
Enjuagué los sabores rancios de la boca y bebí un poco más, pequeños sorbos que me ayudaron a despejar la mente.
Seguí bebiendo despacio hasta que la boca me supo fresca de nuevo y la garganta quedó bien hidratada.
—Gracias —murmuré, todavía sorprendida de tenerlo junto a mí—. Incorpórame un poco más, por favor.
—Claro. —Cogió el mando, pulsó un botón y el respaldo de la cama se elevó hasta dejarme casi sentada—. ¿Mejor?
—Mejor —asentí—. ¿Qué está pasando? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
Se le oscureció la mirada y su expresión se tornó sombría.
—No te alarmes.
Ahora sí que estaba alarmada.
Se sentó en el borde de la cama y, tras echar un vistazo al reloj, volvió a tomarme la mano con suavidad, con naturalidad, como si nunca hubiera dejado de cuidarme.
—Llevas en el hospital cuarenta y tres horas y treinta y dos minutos.
—¿Dos días? —grazné, aferrándome a sus dedos.
El estómago, que se había mantenido estable hasta ese momento, me dio un vuelco ominoso. No me dolía ni sentía necesidad de vomitar, pero mi falta de conciencia y el tiempo que llevaba en el hospital no auguraban nada bueno.
—¿Es c...?
—No —afirmó rotundamente—. No es lo que temíamos.
El sollozo que brotó de mi garganta me pilló desprevenida. El tsunami de lágrimas que lo acompañó me dejó atónita. No podía parar de llorar. De alivio. De saber que no me estaba muriendo de la misma terrible enfermedad que había matado a mi madre.
—Tranquila. —Dash deslizó una mano bajo mis hombros y me atrajo hacia su pecho—. Vas a ponerte bien.
Hundí el rostro en su hombro y lloré hasta empaparle la camisa de lágrimas. Mientras lloraba, un enorme peso se me quitó del pecho. Envuelta en su aroma, apoyada contra la fortaleza de su cuerpo, encontré el consuelo que llevaba tanto tiempo anhelando.
También me sentía necesitada, patética y asustada.
Era el mismo hombre que me había engañado, el que afirmaba ser el heredero de mi padre, y sin embargo, mi miedo a morir —mi convicción de que me estaba muriendo— había sido tan fuerte que no había podido hacer otra cosa que llorar y aferrarme a él.
Me di permiso para ser patética, al menos durante los próximos minutos.
Con el dolor y los miedos contenidos entre los fuertes brazos de Dash, empecé a sentir cierta confianza en que podría afrontar cualquier enfermedad que no fuera la que acabó con mi madre. Entonces caí en la cuenta. No te tienen en el hospital si estás sana.
—¿Qué es? —pregunté sorbiéndome la nariz mientras miraba a Dash—. ¿Qué me pasa?
—Creo que es mejor que te lo explique el Dr. Jacob. —Me secó las lágrimas de las mejillas y me dio un beso en la frente.
Fue un contacto casto, pero su calidez perduró como la de un día en la playa.
Me recordó aquella vez que me caí del caballo, hacía mucho tiempo.
Debía de tener unos siete años y me había escapado de casa para probar mi nuevo poni.
Dash era el único que andaba cerca de los establos.
Me había advertido que esperara a mi instructor antes de montar.
La niña testaruda que era no hizo caso. Acabé mordiendo el polvo. Él corrió hacia mí y me levantó. Lloré, sobre todo porque tenía el orgullo herido. Me había caído del caballo delante del chico que me gustaba, nada menos.
Me sacudió el polvo. Encontró un pequeño rasguño en mi brazo, lo lavó y le puso una tirita, con la eficiencia del niño precoz que siempre había sido.
Debía de tener unos doce años entonces, pero juro que había nacido viejo.
Aquel día lejano, me había mirado con esos profundos ojos marrones y había rozado con los labios mi piel, justo encima de la tirita.
—Aquí tienes, cariño —había dicho con solemnidad—. Le di un beso para que se cure.
Y así había sido. Entonces, y también ahora. Probablemente ni siquiera lo recordaba. Siempre había considerado aquel nuestro primer beso.
Los recuerdos eran dulces, pero la repentina ausencia de sus labios sobre mi piel interrumpió mis ensoñaciones. Abrí los ojos y lo encontré mirándome fijamente.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté, intentando recuperar la furia que me había permitido mantener la distancia entre nosotros, sin conseguirlo.
Ladeó la cabeza y me clavó la mirada.
—¿Tú qué crees?
—Para vigilarme —sugerí en voz baja—. Para asegurarte de que no me adelante impugnando el testamento de mi padre.
—Acertaste en lo primero. Te equivocaste en lo segundo. Estoy aquí para cuidarte y asegurarme de que te recuperes. Dejemos aparcado el tema del Grupo Astor. No tomaré ninguna decisión importante sobre el negocio, te lo prometo. No volveremos a hablar de esto hasta que estés bien.
—Pero...
—Nada de negocios hasta que te pongas en pie —repitió en su tono más inflexible—. Hasta entonces, declaro una tregua. ¿Entendido?
La rebelde que llevaba dentro hizo un puchero visible, pero, siendo sincera, el alivio me invadió.
En ese momento, no me sentía con fuerzas para enfrentarme a Dash, y mucho menos para ganar una pelea.
Una tregua me parecía bien. Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro lento.
Necesitaba asimilar tantas cosas. Al sentir el peso de la mirada de Dash, volví a abrir los ojos.
El hambre en su mirada me robó el aliento.
El contacto de su mano sobre mi piel despertó todos mis sentidos.
La conversación silenciosa entre nuestros cuerpos me puso la piel de gallina.
La necesidad irradiaba de él, electrificando mi deseo.
El miedo, la incertidumbre y la lujuria chocaron dentro de mí.
Al final, mis temores evitaron un desastre. Aparté la mirada y él carraspeó.
—Llamaré al médico.
Sacó el móvil y marcó.
—Jacob. Soy Dagger. Está despierta. Aquí. Inmediatamente.
Eso era puro Dashiell Dagger: dar órdenes a uno de los mejores médicos del mundo para que se presentara ante él como si fuera un simple soldado raso del Cuerpo de Marines.
—Ya viene —anunció.
—Pero estás seguro de que no es c...
—No lo es —me aseguró—. Sabes que nunca te mentiría.
Pero lo había hecho, al menos por omisión.
Mi ánimo se desplomó. Un velo de tristeza cayó sobre mí y, sin embargo, era muy consciente de que ciertas partes de mi cuerpo no habían tenido ningún problema en despertar bajo su contacto.
Ahí estaba, en una cama de hospital, sabiendo que estaba atrapada en el limbo infernal de no poder amarlo, y sin embargo anhelando también sus caricias y sus besos.
Las enfermeras irrumpieron en la habitación antes que el médico.
En un torbellino de actividad, comprobaron mis constantes vitales y actualizaron mi historial electrónico.
Durante todo aquello, Dash permaneció a mi lado como mi guardaespaldas personal, fulminando a las enfermeras con una mirada que amenazaba con desollarlas vivas si hacían algo que me lastimara.
—Señorita Astor.
El doctor Jacob entró en la habitación: un hombrecillo calvo y eminente, con rostro cerrado y astuto. En mi consulta anterior con él había aprendido que era de los que no enseñan sus cartas y nunca contemplaba posibilidades, solo ciencia fría y dura.
—¿Cómo se encuentra?
—Mejor, gracias.
La mirada que cruzaron el médico y Dash no me pasó desapercibida.
—¿Qué ocurre, doctor?
—Privacidad, por favor.
El médico esperó a que el personal abandonara la habitación antes de continuar.
—Supongo que el Sr. Dagger aquí presente ya ha abordado el tema delicado.
—Lo ha hecho —confirmé—. Aunque no me ha dicho qué me pasa.
El doctor Jacob fijó deliberadamente la mirada en la mano de Dash, posada con gesto protector sobre mi hombro.
—El Sr. Dagger ya se las ha visto con el departamento legal, pero quiero asegurarme. ¿Está de acuerdo con que hable de su información médica privada estando él presente?
Dash se había abierto paso en el hospital a golpe de abogados, y el ego del médico había quedado maltrecho. Le lancé una mirada a Dash, amonestándolo sin palabras, pero no quería enfrentarme al médico sola.
—El Sr. Dagger puede quedarse.
—Muy bien.
El médico acercó un taburete desde la esquina y se sentó frente a Dash, junto a mi cama. Se ajustó las gafas sobre la nariz huesuda y carraspeó.
—Nos ha tenido preocupados. Los resultados de las pruebas de la semana pasada indicaban una mucosa gástrica peligrosamente ulcerada.
—¿Una úlcera?
—Varias lesiones ulcerativas, para ser precisos —aclaró el médico—. Algunas más graves que otras.
—¿Entonces tengo varias úlceras en el estómago?
—Al principio eso pensé, pero los análisis de sangre y suero, el análisis de orina, las biopsias y los informes de patología confirmaron que no había infección activa de Helicobacter pylori, la bacteria que se asocia con mayor frecuencia con las úlceras pépticas.
Estaba confundida.
—Entonces, ¿ahora está diciendo que no tengo úlceras?
—La mucosa de su estómago está ulcerada —repitió, tirándose de la bata blanca—. Pero la causa de las lesiones no es una infección.
Miré de Dash al médico.
—Entonces, ¿qué es?
—Señorita Astor —dijo el médico en voz baja—, la han envenenado.