Capítulo tres
Dash
El rostro de Thena palideció tanto que temí que fuera a desmayarse.
En contraste, sus labios parecían más rojos, resaltando contra su tez clara.
Abrió los ojos de par en par y se encogió llevándose las manos al vientre, como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
Se tapó la boca con la mano, y pensé que iba a vomitar allí mismo.
Esperaba que gritara y me mandara al infierno.
También estaba preparado para que me soltara uno de los legendarios puñetazos por los que esta lanzadora estrella de sóftbol, de brazos fuertes, se había hecho famosa en sus tiempos universitarios y, después, en los bares de mala muerte que frecuentábamos. Pero no. No hizo nada de eso.
Sin decir una sola palabra, se levantó del sofá y, con la espalda recta, se dirigió hacia la mesa.
Pasó las páginas y hojeó los documentos apilados.
Tras unos instantes, reunió la pila, golpeó los extremos contra la superficie pulida y, después de alinear los papeles, se los apretó contra el pecho con una mano.
Clavó los tacones de aguja en el suelo y se encaminó hacia la puerta lateral de la sala de juntas.
Esa puerta conectaba con el despacho de su padre, que según había averiguado era ahora el suyo.
Me puse de pie.
—¿Adónde vas?
—Tendrás que disculparme —su voz sonó demasiado aguda y tensa, aunque impecablemente cortés—. Tengo mucho que leer y consultas legales que atender.
—Eso no será necesario...
—Oh, pero lo es —se detuvo en seco y me lanzó una mueca burlona que me heló la sangre—.
Estás en una posición precaria, Dagger. Estás a punto de sentir todo el peso del poder legal del Grupo Astor, y no te va a gustar.
Va a pulverizar tu codicia. Será mejor que salgas de este edificio antes de que te haga echar.
—No puedo irme y lo sabes —mascullé—. El peligro es inminente...
—Ah, sí, el peligro —no reconocí la risa amarga que le brotó de la garganta—. Qué conveniente. ¿Es esa la excusa que te has inventado para robarme todo por lo que he trabajado y todo lo que nos pertenece a mis hermanas y a mí?
—El peligro es real y no tengo intención de robaros —me molestó que pensara tan poco de mí—. Tienes que leer la carta de tu padre...
—No te equivoques. Leeré todo lo que has traído —el rojo de sus labios me recordó a sangre derramada—. Lo haré con mis abogados presentes. Esperaba todo tipo de intentos de adquisición hostil, pero confieso que no te esperaba a ti.
La situación se estaba torciendo a toda velocidad, y la carta de Richard Astor no estaba entre los documentos que ella llevaba, sino en el bolsillo de mi chaqueta.
—Te aseguro que no estoy aquí para sustituirte...
—Mi padre tenía razón sobre ti —con seis palabras me dejó en carne viva—. Siempre has sido un hijo de puta oportunista, un trepador. Si necesitaba alguna prueba, aquí la tengo.
Levantó los papeles en el aire y luego dejó caer el brazo como si la carga fuera demasiado pesada y se le hubieran agotado las fuerzas. Por hermosa que fuera, parecía frágil. Exhausta. Derrotada.
Podía lidiar con Thena en pie de guerra, pero ¿verla así?
Me destrozaba.
—Escúchame, por favor —supliqué—. Necesito que seas razonable.
—¿Razonable? —se atragantó—. ¿O lo que quieres es que me deje pisotear? Será eso, porque no tengo ni idea de qué quieres decir con lo primero, así que ya puedes meterte tu concepto egoísta de «razonable» por donde te quepa.
—Estás en peligro —insistí—. Soy el único en quien puedes confiar.
—¿Quieres que yo confíe en ti? —el desprecio le deformó el rostro—. ¿Después de lo que hiciste?
—Lamento la muerte de Nix cada día de mi vida —bajo su mirada fulminante, me sentí como un gusano.
Se lo había dicho a ella y a su familia un millón de veces, pero habían optado por no creerme—.
He repasado lo que pasó millones de veces, preguntándome en qué me equivoqué.
Si pudiera dar mi vida para traer a Nix de vuelta, lo haría.
Asumí la responsabilidad de mis actos y me mantuve alejado como exigiste, pero ahora no tengo elección.
—Esto no va de Nix y lo sabes —escupió, aún más furiosa si cabía—. Va de que tú me traicionaste a mí.
—¿Yo traicionarte? —estaba totalmente desconcertado—. Eso es imposible.
Siempre había sido mi estrella, el sol alrededor del cual giraba día y noche. Siempre la había tratado como la reina de mi corazón, un título que le pertenecía por derecho. Cuando Nix murió, intenté apoyarla, pero estaba furiosa y me echó de su vida sin contemplaciones.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, completamente desconcertado—. Explícamelo.
—No tengo que explicarte una mierda —su ceño fruncido era tan imponente como su ira—. Seguro que no has venido a hablar de historia antigua. Estás aquí por el dinero.
—A la mierda el dinero —luché por mantener la voz firme—. Si tienes cosas que decirme, quiero oírlas.
—Ya es demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
—Para revisitar el pasado.
—¿El pasado? —¿Qué estaba pasando por su cabeza?—. No lo entiendo.
Se encogió de hombros con desgana.
—Ya no importa.
—A mí sí me importa.
—No te creo.
Siguió caminando hacia la puerta de conexión.
—Thena.
Mi voz la detuvo de nuevo.
—Habla conmigo.
—¿Crees que soy estúpida? —se volvió bruscamente—. ¿Crees que no sabía lo que estabas haciendo a mis espaldas?
—¿Perdona? —Si me hubieran dejado caer en medio de la selva amazónica en una noche sin luna y sin brújula, habría estado menos perdido que en ese momento.
—No te hagas el inocente conmigo —me lanzó una mirada fulminante—. Ya no soy la misma chica crédula a la que podías manipular cuando fingías que te importaba.
—¿Fingías? —me obligué a cerrar la boca—. ¿Crees que fingí que me importabas durante todos esos años? ¿Toda mi vida?
—¡Sí!
Apretó los documentos contra el pecho, sin duda luchando por contenerse.
—¿Cómo demonios llegaste a esa conclusión? —exigí, también a punto de perder el control.
—Ya no importa —repitió—. No quiero oír tus negaciones.
—¿Cómo demonios puedo negar algo si no sé qué estoy negando?
—Nunca te importé de verdad —me señaló con un dedo acusador—. Siempre fui tu llave para acceder al dinero de los Astor...
—Sabes que eso no es cierto —hice un gran esfuerzo por bajar la voz—. Lo que estás diciendo. En tu alma. Me conoces. Nunca quise tu dinero. Nunca te traicioné. Tú me echaste de tu vida. Esa es la verdad.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Le tembló el pecho y un sollozo murió en su garganta mientras abrazaba los documentos aún más fuerte.
—Por favor, Thena, no llores.
A mí también me daban ganas de llorar. Me acerqué a ella, y cuando no me pidió que me detuviera, di otro paso más, hasta que quedó con la espalda contra la puerta y nuestros rostros estaban a apenas unos centímetros.
—Habla conmigo, cariño.
Sus ojos brillantes de lágrimas se abrieron de par en par.
Le temblaron los labios y su cuerpo llamó al mío.
Ah, demonios. Todas mis resoluciones comenzaron a derrumbarse.
Anhelaba besarla y consolarla, arreglar lo que fuera que le causara dolor.
Mi necesidad de aliviar su sufrimiento era tan poderosa que dejé el orgullo a un lado, apoyé las manos a cada lado de su cabeza y me incliné hasta que mi frente descansó sobre la suya y respiré su mismo aire.
—Quiero besarte —la miré a los ojos—. Necesito besarte.
No pronunció palabra, pero tampoco dijo que no.
Mi impulso de calmarla era tan intenso que no pude contenerme.
Rocé sus labios con los míos. Al principio, fue un toque tentativo.
Sus labios eran tan suaves como los recordaba, pero su impacto en mi cuerpo era todo lo contrario.
Me demoré en sus labios, presionando mi boca contra la suya, dejándome llevar por el ritmo de su respiración, envuelto en el aroma de su champú, hambriento de saborearla.
Mis labios se movieron sobre los suyos, suave, lentamente.
Recorrí con la lengua la comisura de su boca.
Me estallaron fuegos artificiales en la cabeza cuando se abrió para mí, dándome acceso a sabores que recordaba tan bien.
Sabía a las fresas y naranjas que siempre había preferido para desayunar, como si mi pasado descendiera sobre mí y me llevara de vuelta a mi refugio de felicidad.
¿Profundicé yo el beso? ¿Lo hizo ella? No había manera de saberlo, pero el contacto encendió una reacción en cadena.
Mi orgullo huyó. Mi cerebro se apagó. No pude detener lo que vino después.
Calor, placer y alegría me recorrieron mientras nuestras bocas se volvían voraces y nuestras lenguas se entrelazaban, reviviendo los recuerdos de los miles de besos apasionados que habían precedido a este.
Mientras nuestras bocas se fundían en un beso infernal, la envolví en mis brazos y la estreché contra mí.
Los documentos crujieron suavemente entre nosotros.
Sujetándolos con una mano, levantó el otro brazo y me rodeó los hombros.
Me elevé hacia un mundo que volvía a tener sentido, un universo lleno de oportunidades de felicidad que había dejado escapar años atrás.
Quizá nunca hubiera emergido de aquel beso si ella no se hubiera tensado contra mí. Gimió contra mis labios y luego gruñó mientras apoyaba una mano en mi pecho y me apartaba de ella.
—No.
Su susurro se convirtió en una orden.
—¡No!
Su empujón no fue lo bastante fuerte como para moverme, pero retrocedí por voluntad propia, confundido por sus reacciones. Primero me había permitido besarla y me había devuelto el beso con pasión, con entrega. ¿Y ahora me rechazaba de nuevo?
—¿Qué pasa? —escruté su expresión, buscando desesperadamente pistas que explicaran su cambio de actitud.
—Ya no puedes seducirme.
Se limpió la boca con el dorso de la mano como si mi beso la hubiera manchado.
—Esta vez no permitiré que me folles hasta perder el juicio para salirte con la tuya.
—¿Qué demonios? —no podía creer lo que oía—. Eso no es...
Contuve la rabia.
—¿Tan poca cosa te parezco?