Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Uno
1%
Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11)

Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11)

Por Anna del Mar

© inepub.com

Capítulo Uno

Dash

El estruendo de un helicóptero al aterrizar en lo alto del rascacielos me llenó de pavor. Después de hacerme esperar dos largas horas, la verdadera heredera de Richard Astor había llegado al edificio. Lo único que podía esperar de esta reunión era miseria, problemas y más miseria.

Como si eso fuera posible.

—¿Por qué yo? —Fulminé con la mirada el enorme retrato de Richard Astor. Se cernía sobre mí, imponente, tan severo y arrogante como lo había sido el magnate en vida—. ¿Por qué coño me elegiste a mí?

Reprimí el impulso de salir de aquella sala de juntas ridículamente ornamentada y buscar la papelera más cercana para quemar los papeles que llevaba en mi bandolera.

En cambio, apreté los dientes, saqué los documentos y los coloqué ante mí sobre la larga mesa de caoba, por lo demás vacía.

Me indignaba cada disposición que el viejo había incluido en esos documentos, cada instrucción que me había dado en su exasperante testamento.

Me aflojé la corbata y me obligué a respirar hondo.

La lujosa sala de reuniones, roja y dorada, era enorme, y sin embargo me sentía claustrofóbico.

Estaba atrapado en la telaraña del magnate, encerrado en el carísimo traje inglés que había desempolvado de mi ropa de paisano, ardiendo de resentimiento, culpa y otras emociones que un Marine Raider como yo no tenía derecho a sentir.

Había venido a verla a ella.

No, era peor que eso. Había venido a enfrentarme a ella, a plantarle cara al desdén que sentía por mí y a avivarlo aún más. Un peso aplastante me oprimía el pecho solo de pensar en provocar su ira de nuevo, y sin embargo, por su bien, tenía que estar aquí.

El universo sabía muy bien cómo castigar a un tipo por sus errores, cómo meterlo en el infierno y mantenerlo ardiendo en las llamas del diablo mientras revivía sus fracasos.

Al mismo tiempo, tenía que ser honesto conmigo mismo.

Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa —incluido soportar la ira de Athena Astor— con tal de estar en la misma habitación que ella.

Espabila, Marine. Estás aquí en una misión. Una misión que solo aumentará su desprecio por ti. No hay forma de evitarlo.

Apreté los dientes y aparté mi profundo anhelo por ella. No podía permitir que los recuerdos de tiempos mejores me distrajeran. Una oleada de furia dirigida a Richard Astor los mantuvo a raya. La ira era la única emoción en la que podía confiar para superar este día.

Richard Astor me había puesto en una posición insostenible. Su testamento tenía todos los ingredientes de una emboscada diseñada por un enemigo astuto para asegurarse de que mi corazón hecho jirones volviera a arder hasta convertirse en cenizas, justo antes de que me reuniera con él en la muerte.

Y aun así, aquí estaba, bailando al son que él marcaba como un groupie de los Astor, justo lo que siempre me había negado a ser. Que le jodan al viejo. Y que me jodan a mí y a mi necesidad irracional de proteger a Thena.

La carta guardada en mi bolsillo interior me quemaba un agujero en la chaqueta.

Demonios, era como si me estuviera abrasando el pecho también, como si grabara las órdenes del viejo en mi piel a modo de maldito tatuaje.

Como la heredera Astor me estaba haciendo esperar un poco más, la saqué, deslicé el papel doblado del sobre y, por centésima vez, volví a leerla.

Dashiell:

Si estás leyendo esto, estoy dos metros bajo tierra. Puede que parezca muerte natural, pero lo más probable es que la parca haya tenido ayuda y el hijo de puta que me perseguía haya acelerado mi descenso al infierno. No se detendrá conmigo. Irá a por las chicas después.

¿Cómo lo sé?

Me lo dijo él mismo, en una llamada anónima e imposible de rastrear a mi número privado. Dijo, y cito textualmente, que «iba a borrarme a mí y a mi semilla de la faz de la tierra». Como estoy muerto, debes concluir que lo decía en serio.

Intenté atrapar al pedazo de mierda antes de que me atrapara a mí.

Llegué a un callejón sin salida. También mantuve esto fuera del alcance del Grupo Astor.

Si mi asesino es alguien de dentro, o si se entera de que vamos tras él, irá a por las chicas más rápido y con más fuerza.

Así que nadie sabe de esta mierda. Ni siquiera Thena.

No se lo digas. Ya sabes por qué no puede enterarse de esto.

Sé que no confías en mí, así que he dejado autorización legal para que aclares el asunto de mi asesinato a tu entera satisfacción.

Los documentos adjuntos cabrearán a unas cuantas personas, pero me importa una mierda.

Con esto tendrás todo lo que necesitas para encontrar a mi asesino antes de que vaya a por mis hijas y para protegerlas mientras cazas al cabrón.

Quienquiera que sea, es tan peligroso, ingenioso, rico y astuto como yo. O como lo era. Ten cuidado. Te enfrentas a un enemigo formidable.

Te di mucho, pero también te exigí demasiado. Si fuera un tonto sentimental, me disculparía por parte de esa mierda, pero no soy sentimental, ni tonto, y las disculpas son una gilipollez.

Eres un hijo de puta arrogante y santurrón. También eres inteligente, duro y estás entrenado para moverte en terreno peligroso. Conoces a mis chicas. Si alguien puede mantenerlas a salvo, eres tú.

Qué irónico. Todos estos miles de millones y, sin embargo, al final, eres el único cabrón a quien puedo confiarle las vidas de mis hijas.

Ahora mismo, estás pensando que no quieres tener nada que ver con esto, y sin embargo tienes tres buenas razones para hacer lo que te digo. Sabes cuáles son. Harás esto.

Tu misión es atrapar al bastardo y mantener a salvo a mis tesoros. Dejo mi fortuna, mi legado y mi familia en tus manos. No me decepciones.

Richard Astor

Hice un gran esfuerzo por no arrugar el papel en mi mano. En cambio, doblé la carta, la metí de nuevo en el sobre y me la guardé en el bolsillo. Para dejar las cosas claras, iba a necesitarla.

Alcé la vista y gruñí de nuevo ante el cuadro ridículamente grande del magnate. Con su marco dorado, el retrato parecía pertenecer a un museo medieval. Majestuoso y apuesto incluso en sus últimos años, Richard Astor había conservado su buena planta hasta el final.

En el cuadro, los ojos grises del libertino brillaban con picardía.

Un elegante mechón de cabello blanco le caía sobre la frente y le rozaba el cuello de la chaqueta.

El ridículo escudo de armas que había comprado a algún noble escocés arruinado estaba bordado en su solapa.

Aún más absurdo era el kilt que llevaba con los supuestos colores Astor.

Richard Astor nunca había llevado un kilt en la vida real. Nunca había sido aristócrata. Ni noble. Demonios, había sido la antítesis de lo noble. Viéndolo actuar, había aprendido que las fortunas obscenas solo las amasan cabrones despiadados con el corazón curtido.

Esa era la clase de hombre que había sido Richard Astor.

Antes de ser rico, había sido un jornalero borracho empedernido con el vicio del juego.

Según los rumores, había ganado las tierras y las concesiones de petróleo y gas que lo hicieron rico en una partida de póquer.

Hoy en día, su imperio abarcaba minería, farmacéuticas, hostelería, ganadería, industria, tecnología, banca, finanzas... y la lista no acababa ahí.

El muy cabrón probablemente cagaba dinero hasta dormido.

Era tan fácil odiar a Richard Astor, detestar todo lo que representaba, y sin embargo, hubo un tiempo en que ejerció conmigo su peculiar versión de caridad calculada. Como mejor amigo de su hijo, Richard me consideró útil.

Nix era el mayor de la prole de Richard y su único hijo varón, el ojito derecho del padre, destinado a ser su heredero y educado a la fuerza para suceder al viejo.

Mi donante de esperma, en cambio, había sido un alcohólico de mierda que trabajaba en los establos de los Astor.

Me llevó al rancho de crío para que hiciera la mayor parte de su trabajo.

Allí conocí a Nix cuando yo tenía cuatro años.

Nix y yo nos volvimos inseparables. Como se negaba a ir a un internado y codearse con las élites mundiales sin mí, Richard Astor me arrancó de las garras de la pobreza y prácticamente me compró mediante un turbio acuerdo de acogida con mi padre de mierda, que acabó palmando en una borrachera poco después.

Richard me instaló en el rancho y pagó mi educación. Crecí con sus hijos. Hubo momentos en que el viejo me trató como si fuera su hijo. O quizá vio potencial en mí por aquel entonces.

Qué va.

Richard lo hacía todo por Richard. Usaba la caridad para comprar a la gente y servirse de ella.

Conmigo le salió el tiro por la culata. Resultó que mi alma no estaba en venta.

Con el tiempo, asumí el papel de proteger a sus hijos.

Crecí cuidándole las espaldas a Nix, no porque Richard me lo ordenara —que lo hizo—, sino porque su hijo se ganó mi amistad, mi respeto y mi lealtad.

Joder, cómo echaba de menos a Nix.

Desde las profundidades de su retrato, los labios carnosos de Richard se curvaban en una mueca, burlándose de mí incluso ahora.

El patriarca de los Astor tenía legiones de secuaces a su disposición y más abogados de los que ningún hombre debería tener.

Todos habrían estado encantados de llevarse su tajada de la fortuna Astor encargándose de las putas movidas póstumas del viejo, pero ¿a quién eligió?

A mí.

Al chico rebelde que lo había desafiado a la menor ocasión.

Al adolescente insolente que había defendido a Nix de los frecuentes arrebatos de furia de su padre.

Al inconformista que había defendido los derechos de sus hijas desatendidas y plantado cara a la tiranía de sus anticuadas ideas sobre las mujeres.

Richard me había elegido a mí.