Capítulo 14 #2
—Lo siento, ama —dijo Wyndle mientras rechazaban un informe sobre una mujer veden que afirmaba que su bebé había sido «bendecido por el mismísimo Tashi con una piel más clara que la de su padre, para que estuviera más cómodo en sus relaciones con los extranjeros»—.
No creo que ninguno de estos sea más señal que los demás.
Empiezo a pensar que deberíamos elegir uno y confiar en la suerte.
Lift odiaba la suerte, últimamente. Le estaba costando convencerse a sí misma de que no estaba en una edad desafortunada de su vida, así que había renunciado a la suerte. Hasta había intercambiado su esfera de la suerte por una cuña de queso de cerda.
Cuanto más lo pensaba, más le parecía que la suerte era lo contrario de ser maravillosa. Una era algo que hacías, la otra algo que te sucedía hicieras lo que hicieras.
Pero claro, eso no significaba que la suerte no existiera. O creías en ella o creías en lo que decían siempre aquellos sacerdotes vorin, que los pobres habían sido elegidos para la pobreza, por ser demasiado tontos como para pedir al Todopoderoso que los hiciera nacer forrados de esferas.
—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Lift.
—Elegir un informe de estos, supongo —dijo Wyndle—. Uno cualquiera. Aunque yo descartaría el del bebé. Sospecho que quizá la madre no esté siendo sincera.
—No me digas.
Lift echó un vistazo a los papeles extendidos ante ella, papeles que no sabía leer y que detallaban informes de curiosidades vagas. ¡Tormentas! Si elegía bien, podía salvar una vida y quizá encontrar a alguien más que podía hacer lo mismo que ella.
Si elegía mal, Oscuridad y sus siervos ejecutarían a una persona inocente. Con disimulo, sin nadie que presenciara su muerte ni lo recordara.
Oscuridad. De pronto, lo odió. Lo odió con una bullente ferocidad que la sorprendió incluso a ella por lo intensa que era.
No creía que hubiera odiado de verdad a nadie nunca antes.
Pero a él… con aquellos ojos fríos que parecían rechazar toda emoción…
Y lo odiaba más por el hecho de que parecía hacer lo que hacía sin el menor ápice de remordimiento.
—¿Ama? —dijo Wyndle—. ¿Cuál eliges?
—No puedo elegir —susurró ella—. No sé hacerlo.
—Coge uno y ya está.
—No puedo. Yo no tomo decisiones, Wyndle.
—¡Bobadas! Las tomas a diario.
—No, yo solo…
Iba donde la llevaban los vientos. Cuando se tomaba una decisión, era también un compromiso. Se estaba diciendo que lo que se pensaba era lo correcto.
La puerta de la sala se abrió de golpe. Apareció un guardia, uno al que Lift no conocía, sudoroso y jadeante.
—Decreto de emergencia de estado cinco procedente del príncipe, para distribuirse por toda la nación de inmediato. Estado de emergencia en la ciudad. Tormenta soplando en dirección opuesta, prevista para alcanzarnos antes de dos horas.
»Toda la población debe abandonar las calles y dirigirse a los refugios para tormentas, y los parshmenios deben ser encarcelados o exiliados a la tormenta.
Quiere que los callejones de Yeddaw y otras ciudades talladas se evacuen de inmediato, y ordena a los oficiales del gobierno que se presenten en sus refugios asignados para hacer conteos, esbozar informes y mediar en las disputas que puedan darse por confusiones derivadas de la evacuación.
Habrá copias de esta orden en todos los puntos de reunión, que se están distribuyendo en estos momentos.
Los escribas de la sala apartaron la mirada de su trabajo y, al instante, empezaron a guardar los libros y los apuntes contables.
—¡Esperad! —gritó Lift mientras el mensajero se marchaba—. ¿Qué estáis haciendo?
—Acabas de ser desautorizada, pequeña —dijo Ghenna—. Tu investigación tendrá que esperar.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que el príncipe decida derogar el estado de emergencia —respondió ella, recogiendo a toda prisa las vinculacañas de su estante y guardándolas en una caja acolchada.
—¡Pero el emperador ha dicho que me ayudéis! —exclamó Lift, cogiendo la nota de Gawx y moviéndola en el aire.
—Y te ayudaremos encantados a llegar a un refugio para tormentas —dijo la capitana de la guardia.
—¡Necesito ayuda con este problema! ¡Os ha ordenado obedecerme!
—Y nosotros, por supuesto, escuchamos al emperador —dijo Ghenna—. Lo escuchamos con gran atención.
Pero no necesariamente obedecían sus órdenes.
Se lo habían explicado los visires. Azir afirmaba ser un imperio, y casi todos los demás países de la zona le seguían la corriente.
Era como seguirle la corriente al niño que decía que era capitán de equipo en un partido de anillos.
Pero cuando sus exigencias se hacían demasiado extravagantes, quizá terminara hablando con un callejón vacío.
Los escribas eran notablemente efectivos.
Tardaron poco en sacar a Lift al pasillo, cargada con un puñado de informes que no sabía leer, y separarse para correr a cumplir sus distintos deberes.
La dejaron con una joven subescriba, que no podía ser mucho mayor que Lift y que debía llevarla a un refugio para tormentas.
Lift se libró de la chica en el primer cruce que pudo, escabulléndose por un pasillo lateral mientras la joven explicaba la emergencia a un anciano erudito de ojos vidriosos, vestido con una shiqua marrón.
Lift se quitó su ropa buena azishiana y la tiró en un rincón, quedándose en pantalones, camisa y su chaqueta fina sin abotonar.
Desde allí pasó a una parte menos poblada del edificio.
En los largos pasillos, los escribas se reunían y se gritaban unos a otros.
Lift no habría esperado tanto alboroto de un puñado de viejos y viejas decrépitos con tinta en las venas.
Estaba oscuro, y Lift deseó no haber intercambiado su esfera de la suerte.
Los pasillos estaban señalados con alfombras en las que había diseños azishianos para diferenciarlos unos de otros, pero nada más.
Había lámparas de esfera a intervalos regulares en las paredes, pero solo una de cada cinco contenía una esfera infusa.
Seguía escaseando la luz tormentosa. Lift pasó un minuto entero agarrada a una, intentando forzar su pestillo, pero estaban bien aseguradas.
Siguió pasillo abajo, dejando de lado una sala tras otra, todas ellas atestadas de papel, aunque no había tantas estanterías como Lift esperaba encontrar. No parecía una biblioteca. Lo que había eran paredes llenas de cajones que contenían pilas de papeles.
Cuanto más caminaba, más silencioso estaba todo, hasta que le pareció estar recorriendo un mausoleo… un mausoleo de árboles. Arrugó los papeles que llevaba en la mano y se los metió en el bolsillo. Eran tantos que no pudo meter la mano también.
—¿Ama? —la llamó Wyndle desde el suelo, a su lado—. No nos queda mucho tiempo.
—Estoy pensando —dijo Lift. Era mentira. Lo que hacía era intentar no pensar.
—Lamento que el plan no haya funcionado —dijo Wyndle.
Lift alzó los hombros.
—De todas formas, tú no querías estar aquí. Quieres hacerte jardinero.
—Sí, y tenía planeada una galería de botas encantadora —respondió Wyndle—.
Pero supongo… supongo que no podemos quedarnos quietos cuidando jardines mientras el mundo termina, ¿verdad?
Y si me hubieran asignado con aquella iriali tan maja, no estaría aquí, ¿a que no?
Y ese Radiante al que intentas salvar, sea quien sea, puede darse por muerto.
—Posiblemente puede darse por muerto de todas formas.
—Pero aun así… merece la pena intentarlo, ¿verdad?
Estúpido y animoso Portador del Vacío. Lift le lanzó una mirada y luego sacó los papeles del bolsillo.
—No sirven para nada. Tenemos que empezar de cero con un plan nuevo.
—Y con mucho menos tiempo. Ya llega el anochecer, y también esa tormenta. ¿Qué hacemos?
Lift soltó los papeles.
—Hay alguien que sabe dónde ir. Esa mujer que hablaba con Oscuridad, su discípula, decía que tenía una investigación en marcha. Sonaba confiada.
—Je —dijo Wyndle—. Y no supondrás que su investigación implicaría un puñado de escribas buscando en los registros, ¿verdad?
Lift ladeó la cabeza.
—Sería la opción inteligente —dijo Wyndle—. Se nos ha ocurrido hasta a nosotros.
Lift sonrió y echó a correr en la dirección de la que venía.