16. El baile de las luciérnagas. #8
—Sí. La conozco porque yo era igual —sus brazos se estiran cuando sus pies lo traen de regreso—. Tú me hiciste querer. Sé que te quiero, y que nunca podrás cambiarlo a pesar de que sientas miedo.
—¿Querer? —mi piel hormiguea con la corriente que forman los latidos acelerados y la respiración contenida.
Se detiene ante mi pregunta confundido.
—Sí. Te quiero —asiente. Sus brazos caen despacio cuando observa como mis ojos se detienen sobre él—. Quererte. Incluso si te extraña que una criatura te ame.
—Te precipitas en asegurarlo. Podrías confundir el deseo con los sentimientos —es lo único que mi juicio me hace entender. Lo único que puedo decirle.
Si algunos de los dioses pueden escuchar mi consciencia ahora, solo le pido el favor de que el teniente cambie de idea.
Que confiese que se ha dejado llevar por el anhelo de tener algo más íntimo que un sueño, pero que no es amor.
Que se dio cuenta de ello mientras le compartía mis miedos.
Si su boca pronuncia un nuevo te quiero, no sé si podré seguir negándole lo que siento. Ya no podré negármelo más a mí.
Nunca confundí deseo con amor cuando se trata de tí —confiesa Azohr.
Da un paso que lo acerca más despacio de lo que sus palabras me hacen desear.
—Sé que te quiero —aparta sus mechones—. Sé que lo hago sin límites, pero siempre con respeto. Incluso si me olvido de la tierra bajo mis pies y los dioses que la rigen al perderme en los detalles de tus oscuros ojos.
Los suyos salen de su escondite a la vergüenza cuando los míos los llaman.
—Te quiero como el cielo quiere a la tierra, con la pureza del amanecer dibujando el horizonte —el teniente sonríe cuando me ve sonreír—. Te quiero tanto, que eres la melodía del silencio de mis pensamientos. El ritmo más hermoso de todas las tierras.
Asiente con firmeza.
—Y yo siempre soñé con bailarte hasta que mi último latido parase la música —Azohr guarda silencio cuando mi ceño se arruga.
Quiero pedirles a mis sentimientos que desaparezcan.
A mi corazón que no palpite con tanta fuerza porque me delatará.
Podría suscribir sus palabras si estuvieran escritas en un archivo, y ahora no encuentro nada para decir.
Aunque muera de ganas de gritarle que vive en la calidez de mi pecho.
Maren viene a mi mente. Sus palabras sobre no analizar nada para enamorarse.
Lugh también. Quizás sea solo yo en un intento de convencerme de que ya no puedo dar marcha atrás.
Que tal vez esta es la culpa de mis miedos.
Yo siempre utilicé la lógica para rebatir los sentimientos, pero entonces no sentía. No puedo rebatir porque lo que siento viene de un lugar donde eso no existe por mucho que me tiente no aceptarlo. Yo lo quiero a pesar de no recordar nada antes de Brenshire como él.
—Enséñame qué pasaría si los ángeles de los dioses nos vieran amarnos —le ruego. Hundo los ojos en cualquier rincón de sus ojos.
Percibo con claridad el instante en el que, el teniente, ha comprendido lo que deseo.
Apenas un segundo es necesario para que su mirada se encuentre con la mía.
Aunque en ella puedo ver tanto anhelo como mi alma lleva días reclamando, también siento la incertidumbre cuando solo estamos a un palmo de distancia.
—¿Estás segura de que lo deseas? —en el temblequeo de los ojos del teniente veo el miedo de que me haya arrepentido.
—¿Besarte? —sonrío. Alcanzo su armadura para atraerlo hacia mí—. Más que ninguna de las otras veces en las que lo he deseado.
Todavía soy capaz de ver como busca algún resquicio de arrepentimiento al fondo de mis ojos cuando sacude las pupilas sin saber bien el lugar en el que posarlas en calma.
Utilizo mi mano para colocar la suya sobre mi cara.
Me sobrecojo ante el tacto de sus dedos.
Ellos me acarician en el instante que tocan mis pómulos.
Dejo que sienta como su respiración acelerada impacta con mis suaves jadeos mientras se inclina hacia adelante.
Cierro los ojos cuando sus labios se encuentran con los míos llenos de una urgencia que roba mi aliento.
Los dedos que acariciaban mi rostro viajan para sujetarlo con fuerza.
Su otra mano envuelve mi cintura para unir nuestros cuerpos.
Su lengua roza la mía de forma tan cálida, que resulta embriagadora.
La forma en la que me anhela enciende algo en mí, en mis manos…
Se aferran de un impulso a su nuca para evitar que la tentación de detener el beso pase por su mente.
Crece hacia todas aquellas partes en las que siento el tacto de su piel.
Profundiza el beso como si cada segundo sin contacto hubiera sido robado por una fuerza ajena.
Con la certeza de que esa sensación sabe a eternidad.
Mi necesidad de él y de todo lo que he conocido suyo estos días se hace evidente cuando me entrego por completo.
Cuando entiende que el nudo de miedo y culpa en mi garganta se ha esfumado al centrarme en seguirlo a él.
En dejarme llevar por sus caricias. Espero que este beso le muestre todas las promesas que no le he dicho, pero que ya le hice en silencio.
El amor que quema mi conciencia, aunque no sepa decirlo con palabras.
Lo más privado que podría ofrecerle jamás a nadie. La capacidad de superarme a mí misma.