Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1)
© inepub.com
1 .El despertar de Eladriel.
(Eladriel)
Abro los ojos. El sonido de los nudillos de Twig impacta contra la puerta de roble de mi cuarto, me despierta.
Las ocho menos veinte. Es la tercera vez que golpea la puerta esta mañana a pesar de que en ninguna de las ocasiones ha conseguido que responda o me levante de la cama.
Debería ser algo más considerado y no insistir en esa aberrante idea de bajar al comedor a desayunar con los reyes.
No quiere comprenderlo. Hace mil doscientos años que detesto despertar de esa forma.
—Princesa Eladriel, es necesario que os levantéis —Twig permanece tras la puerta en silencio y en espera de una contestación—. El rey Eliot insiste en veros en el comedor antes de diez minutos.
—Hoy tampoco me apetece acompañar a sus majestades en el desayuno —digo con la voz propia de recién despertarse.
Me cubro con las sábanas de forma torpe. Cómo si eso me impidiera existir por un momento. Cómo si fuera a convencerme así, de que son el sueño y el cansancio los que me impiden salir de la cama.
—¿Cómo debo de justificar hoy vuestra ausencia? —Twig se regina. Al fin.
Si no fuera porque es la única criatura que me cuida en este palacio desde que aprendí a evocar recuerdos…
Como buen lacayo a servicio de mi padre.
Él es más que eso. Se asignó la preocupación sobre mis clases y la puntualidad.
Desafía al rey al traerme comida al cuarto cuando mi padre me castiga sin poder probar bocado.
Intercede por mí en las reuniones o eventos si deseo librarme de estar con los reyes y los señores de los reinos… Y siempre fue así.
Sonrío entre la seda al recordar su aspecto delgado, cómo el resto de sus facciones se resaltan.
He sido testigo de cómo sus pómulos se marcaban, y las arrugas de su cara comenzaban a poder surcarse.
Pero también de cómo sus ojos se hacían más grandes.
Ahora son sabios. Su librea morada del palacio de Eryas le sienta tan bien a su pelo canoso...
Cuando correteaba a su lado por los pasillos, las medias que asomaban bajo su pantalón me resultaban graciosas.
Tras más de mil de años extrañaría no verlo con ese aspecto.
Puedo decir que su físico hace justicia a su edad avanzada a pesar de poseer la inmortalidad, aunque posee la misma energía y vitalidad que uno de los guardias reales más jóvenes.
—Diles que hoy amanecí tarde y estoy apresurada por llegar a las clases de control de luz —me levanto de la cama en un salto, me estiro cuando los pies tocan el suelo—. Recuerda la advertencia de la profesora Ilta. Para ellos solo soy una alumna más.
—También deberíais comprender que, para vuestro padre, sois como el resto de sus súbditos —me recuerda Twig con su tono lleno de consideración—. Tendréis problemas.
—Gracias, Twig —suelto una pequeña risa desde detrás de la puerta—, te debo una.
—Me debéis diecisiete, para ser más exactos —ríe.
El sonido de sus pasos alejándose me indica que la conversación ha terminado.
Tan práctico como siempre. Debe ser urgente bajar a explicar los motivos de mi ausencia, porque cada día pasa los primeros minutos de la mañana hablando sobre el estado en el que se encuentra mi padre.
“Es importante para vuestra supervivencia”, dice cuando insisto en que nunca podríamos averiguar con qué ocurrencia nos sorprenderá el rey.
Me apoyo en la puerta para tomar un suspiro de calma.
Mis ojos se quedan fijos sobre las columnas de madera tallada que adornan las esquinas de mi cama, la seda blanca que cae abrazándola la madera sin astillas.
Ladeo la mirada hacia los primeros rayos de sol que se cuelan por el ventanal del balcón.
Aparto levemente la cortina de terciopelo púrpura para sujetarla tras uno de los maceteros de piedra con imágenes de Órianth.
Otro símbolo de adoración…. Acaricio por un instante las dalias, iris y calas que Twig insiste en poner por los huecos vacío de mi cuarto.
Camino por la terraza de mi torreón. Aprecio el calor de la primera luz observando el sur de Eryas y las orillas que rodean al palacio.
Las hadas ya han empezado las primeras labores del día.
El mundo fuera de estas paredes de roca vibra con la rutina de la mañana y la calma, y algunas criaturas trabajan entre tallos de trigo y maíz con la elegancia que solo otorga la más extensas de las prácticas.
Me pierdo en los techos de las casas al inicio del bosque.
Desprenden los últimos hilos de humo mientras se enredan con la neblina del alba.
Sin embargo, para mí esta visión es solo un recordatorio del compromiso con estas tierras.
Incluso cuando en mi interior hace años siento que este, no es el lugar al que quiero pertenecer.
Cada mañana deseo estar preparada para poder enfrentar todo aquello que amenaza a mi felicidad, a la de todo mi reino.
Cada día siento la certeza de que no es el momento.
A pesar de que contemplo sus vidas con antojo, aunque nadie pueda entenderlo.
Ellos tienen partes de trabajo forzado, son sometidos a rituales y viven amenazados.
Quién querría esa vida llevando una corona…
Entre estas paredes, incluso sus pocas horas de libertad suenan saciantes.
Un nuevo golpe en la puerta consigue sobresaltarme mientras me ajusto la ropa.
—Mi princesa, os recuerdo que teníais prisa —la voz de Twig suena fuerte tras la madera.
—Me asustaste —jadeo con la mano en el pecho—. ¿Deseas entrar?
—Nuestra conversación tendrá que esperar, mi pequeña Eladriel —carraspea—. Vuestro padre hoy amaneció furioso, todos los criados somos imprescindibles.
—No habrá día en el que no se levante malhumorado —pongo los ojos en blanco—, ni día en el que no te llames criado.
—Solo disponéis de dos minutos si deseáis llegar a tiempo a clases —sus dedos golpean la puerta una vez más.
Corro sobre la alfombra del suelo para no tocar el suelo gélido de las primeras horas de la primavera.
Twig dejó preparado el uniforme de vuelo sobre la cama.
Él insiste en que debería usar otro tipo de ropa.
Quizás apreciaría verme con los vestidos que luce mi madre o cualquiera de las reinas de los otros palacios y castillos, pero a mí me gusta la libertad de los pantalones.
Además, evito cambiarme para las clases de vuelo.
Anudo el nuevo corpiño que pedí al sastre real, quería que fuera más resistente para sujetar la daga que oculto bajo él.
Sacudo el pelo rápido. Me despejo la cara con agua antes de abandonar la habitación.
No sé quién asignó a Aemid como el guardia privada de mi torreón, pero me agrada.
Aunque siempre me dedica una reverencia cuando mis pies tocan el descanso frente a la puerta yo asiento con una sonrisa.
Como hoy. Bajo las escaleras, avanzo por el pasillo principal cediendo al hastío de sus candelabros de oro, las enredaderas que sacian su hambre en algunas de las puertas grandes y blancas.
Alfombras largas con borlones de oro en los extremos cubren las piedras empolvadas.
Las cristaleras con colores claros otorgan el placer de la luz natural sobre los muebles lacados que lucen como si estuvieran recién puestos.
Recibo más reverencias de aquellos que caminan apresurados con bandejas y cestos.
De los soldados que custodian las estancias y la puerta principal cuando la abren para permitir mi salida… .
Es como si cada uno de mis pasos fueran sometidos a juicio antes de dar el siguiente, pero ninguno de ellos estuviera interesado en conocer el veredicto de su prejuicio. Expulso el aire al salir al jardín principal. Elm se inclina al cruzarse en mi camino mientras sube el último escalón.
—Mi señora —Elm sujeta sus manos a la espalda, baja la mirada—. Buenos días tengáis.
—Buenos días, Elm —arrugo el entrecejo al verlo solo. Me concentro en su mirada evasiva—. ¿Hay algún problema?
—Claro que no, mi princesa. Los dioses nos libres de más preocupaciones —Elm se inclina. Cruza los brazos sobre el pecho para rendir pleitesía a los creadores.
—Entiendo… —elevo la frente. Estiro la comisura izquierda—. ¿Y la reina?
Hay algo en el temblequeo de sus labios que me hace pensar que miente.
—Fue convocada a la reunión de la sala de asambleas —señala el interior del palacio con la mirada—. Me dirigía hacia allí en estos momentos.
Su pie derecho se levanta con intenciones de avanzar sin ser sometido a más preguntas. Pero, para su desgracia, yo aún tengo dudas.
—Quieto ahí, pequeño hada —estiro el brazo para impedir su paso.
Elm se detiene. Sus ojos se cierran de forma fugaz, sus manos se unen despacio en el frente. Da un paso hacia atrás.
—Vas a contarme todo lo que sucede —estiro los párpados con una advertencia—. Y quiero escuchar la verdad.
—A sus órdenes, mi princesa —Elm asiente—. Me dirigía a las cocinas. Iba a encontrarme con Twig aprovechando que la reina no me necesita en estos momentos.
Mis dudas se esfuman cuando veo sus mejillas teñidas por el rosa de la vergüenza de su confesión.
Su mirada se eleva nerviosa para mirarme, pero la esquiva y lo agradezco.
No es apropiado para una princesa reírse ante estas circunstancias.
Aunque no puedo evitar sonreír ante la ternura que me produce su forma de ocultarlo, como si fuera uno delito por el que mi padre pudiera cobrarse su vida.
—Guardaré tu secreto —amplío la sonrisa. Su cuerpo se destensa—. Pero intenta no cruzarte con ninguna criatura más, te descubrirán enseguida.
Despliego las alas según él se dobla en una reverencia.
Me impulso al vuelo. Desde el aire puedo ver con más claridad el muelle, el barco que navega para traer a los visitantes sin alas de las tierras vecinas.
Hasta la hondonada de Eryas. Me embriago del color amarillento de la arena que se funde con las aguas cristalinas del lago bajo el palacio.
A través de ellas, puedo apreciar los colores de los peces que nos regalaron los dioses del reino de los animales.
Aunque no he conseguido convencer a mi padre para que me lleve a una de sus expediciones de caza en Avka, estoy segura de que lo visitaré.
Por fin podré conocer sus curiosos habitantes.
Sacarlos de mi imaginación y las descripciones de los archivos.
En el campo de entrenamiento, las hadas encargadas de adiestrar a los lobos de los elfos y los halcones mensajeros hace rato que levantan polvo del suelo con sus carreras.
El hijo del cancilier todavía no las acompaña.