Danza de Fuego Oscuro CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

RIVEN

Zaja sigue dormida en ese profundo y oscuro sueño del que Numanier me prometió que despertará. Ya son dos semanas las que llevamos en Novalene y parece que el tiempo no avanza, no pienso marcharme hasta que pueda volver a ver los ojos de Zaja.

Rina, la hembra fae que se encarga de su cuidado y aseo sale de su dormitorio cargada de sábanas.

—Ya puedes pasar —dice con una sonrisa.

Las hembras fae son muy extrañas, sus finas y largas manos me invitan a entrar en la estancia.

Mientras me acerco a la cama, observo que le ha cepillado el cabello, incluso así sigue estando hermosa.

Sus labios relajados me recuerdan todas las veces que los he visto apretados, con ese genio que no puedo esperar a volver a ver.

Le retiro un mechón de pelo que descansa demasiado cerca de los ojos.

—Cervatillo… —le digo con suavidad—, vuelve por favor, si no despiertas pronto creo que voy a enloquecer.

Esto no es como cuando la envenenaron y la llevé a casa, allí sabía que Shoy encontraría el remedio para salvarla. Aquí la magia hace su trabajo, los fae son demasiado herméticos en lo que respecta a sus prácticas y eso me mantiene en alerta.

El traidor sigue encerrado en su castillo, el golpe de perder a su dragón le ha arrancado el poder que creía tener, sé que esto no se ha acabado, conozco a Laiyor, está guerra no ha hecho más que empezar.

Estas semanas han sido una especie de tregua para todos, mi pueblo se recompone poco a poco de las pérdidas que tuvimos en la batalla mientras mis hombres me mantienen informado de todos los movimientos de la ciudad que intenta volver a la normalidad.

Zaja se mueve levemente y hace que salga de mis pensamientos.

Numanier entra en la habitación sin pedir permiso, no soporto la confianza con la que lo hace, la gratitud que siento hacia él es inmensa, pero me cuesta entender sus costumbres fae.

—Hombre Riven —dice queriendo sonar sorprendido—, sigues custodiando a mi invitada.

Le sigo con la mirada, puede ver la expresión de mi cara. Pero eso no le perturba la sonrisa, disfruta viéndome reaccionar.

—¿Cuándo crees que va a despertar? —no suelto la mano de Zaja.

Numanier se encoge de hombros.

—Pronto, la herida le cortó los intestinos y estos requieren de algo más de tiempo…

¿Cómo pudo hacerle semejante atrocidad? Sacudo mis pensamientos, estos no me van a llevar a pensar con claridad. Pienso vengar lo que le ha hecho, pero ahora no es el momento.

Numanier se marcha y cierra la puerta con un golpe suave tras él. Observo la habitación, es digna de ella, está limpia, el aire fresco que entra arrastra el aroma de las flores que se cuelan por la ventana .

Numanier por su parte le ha llenado el armario de ropa fae para cuando despierte, no me entusiasma la idea de que haya sido él quien decida cómo va a ir vestida, pero entonces recuerdo el vestido con el que nos recibió el primer día que pisé este lugar…

Intento contenerme, ahora no puedo pensar en cómo aquel día la desvestía en mi mente.

Me permito recostarme un poco a un lado, reconozco que mentalmente estoy agotado. El sueño me coge de sorpresa.

Siento algo rozándome la cara, no abro los ojos y con un leve gesto aparto lo que sea que perturba mi sueño. Al tacto siento el calor, abro los ojos y ahí está.

Despierta, y está sonriendo.

—Buenos días, gruñón

Me incorporo como puedo, sus ojos y su mirada son los de siempre. El miedo de que no volviera ella me atormentaba.

—Zaja —su nombre se escapa de mis labios.

Me levanto para que pueda estar cómoda y me agacho a su lado.

—¿Dónde está Nyvral?

No es el momento de contestar a esta pregunta, no ahora que apenas lleva unos minutos de vuelta en este mundo.

—Llamaré a Numanier para que pueda confirmar que ya estás bien.

Ella asiente, y mientras me dirijo a la puerta en busca del fae, Zaja me divierte con su pregunta:

—¿Ya es mediodía? —lo dice como si no llevara dos semanas dormida.

—Sí —le digo con una media sonrisa—, no te muevas, vuelvo enseguida.

En cuanto salgo por la puerta, bajo corriendo las escalera s

—¡Numanier! ¡Rina! ¡Ha despertado!

Numanier aparece con Rina de donde sea que vengan, despacio e impasibles como siempre.

—Al fin —dice—, vayamos a ver a nuestra querida Zaja.

Cuando entramos a la habitación Zaja tiene la mirada clavada en mí, me observa moverme por la habitación hasta que Numanier y Rina están demasiado cerca de ella.

—Que alegría, has vuelto y sigues siendo sorprendentemente humana —mira a Rina incrédulo.

Rina asiente.

—Bienvenida de nuevo Zaja, si me permites tengo que examinar tus heridas y realizar unas pequeñas comprobaciones.

Rina nos mira a Numanier y a mí para que salgamos al pasillo para darle un poco de intimidad.

Cuando salimos, no puedo quedarme quieto, camino arriba y abajo mientras Numanier se mantiene estático a un lado de la puerta, como un guardián.

—No deberías moverte como si buscaras algo, al fin y al cabo ya lo has encontrado ¿no?

Sus palabras me hacen alzar la mirada, a veces siento que es capaz de colarse entre las rendijas de mi mente. En su cara esa extraña sonrisa me guiña un ojo.

Rina sale de la habitación minutos más tarde, nos acercamos a ella.

—Está bien —dice calmada—, sigue débil por los días en cama, tiene que empezar a moverse poco a poco, pero su cuerpo está fuerte.

Nos observa comprobando que entiendo lo que está diciendo y continúa :

—Sus intestinos están totalmente recuperados, pronto podrá volver a su vida normal. Ah, y por cierto, lo recuerda todo…

Numanier y yo nos miramos, tenemos que darle algunas explicaciones.

Suspiro profundamente, el peso de estos días me vuelve de golpe.

—¿Puedes afirmar que sigue siendo completamente humana? —pregunta Numanier con exigencia.

Temo la respuesta de Rina, tiene que seguir siendo Zaja, mi Zaja.

—Es pronto para confirmarlo, pero aparentemente sí, se mantiene humana.

Su respuesta no me complace al cien por cien, pero sigue siendo ella y eso es lo que importa.

Rina se retira y Numanier con ella. Un nudo se me forma en el estómago antes de abrir la puerta. Cuando entro, Zaja está sentada en la cama, con los pies en el suelo. Me mira de esa forma que me estremece, sin apartar la mirada.

—Tenemos una guerra que ganar —dice poniéndose en pie, tan viva, tan humana, tan Zaja