CAPÍTULO 18
Soy feliz, irremediablemente feliz. Sin embargo, soy consciente de que esta felicidad es efímera.
Mi deber con Riven inevitablemente hará que una de mis principales fuentes de alegría, Nyvral, se desvanezca.
Intento no pensar mucho en ello, hoy se presenta un día tranquilo, vamos a dar un respiro a los dragones y a nosotros mismos.
Le he pedido a Shoy que me ayude a preparar un ungüento para aliviar la rozadura y la presión que siento en la cara interna de los muslos al montar a Nyvral. Durante el desayuno, Laiyor comentó que tiene el mismo problema, ya que el tacto del dragón es muy diferente al de cualquier otro animal.
Riven hoy está de buen humor, se ha reído genuinamente con las bromas de Laiyor y su postura se mantiene más relajada de lo normal, es agradable verle así.
Riven es un hombre de pocas palabras, pero cuando habla, te cala. Su instinto protector y ese don que parece que tiene para anticiparse a lo que viene, nos genera una seguridad tranquila, doméstica, como si nada malo pudiera alcanzarnos aquí.
Shoy está lavando unas hojas que me resultan muy familiares.
—El poder antiinflamatorio de la sangresombra es casi milagroso —me explica con cariño—, ves estas betas rojas …
—¿Sangresombra? —susurro.
—Sí, crece a lo largo de todo el continente.
Ahora lo recuerdo. El accidente de Neil, las hierbas que Amia me pidió buscar: sangresombra, luz de roca y lirio nocturno.
Mi vida ahora es muy diferente, aunque dedicamos muchas horas al estudio y entrenamiento, la vida aquí no es monótona.
Mantenemos una rutina cómoda para todos, pero nada comparable a la aldea o mi convivencia con Neil, allí la única sorpresa que podría encontrarme al final del día, era lidiar con un marido borracho.
A quien sí echo de menos es a Neira, su alegría y el abrazo cálido de una amiga, nuestras conversaciones y chismes del mercado, la extraño mucho, intento no permitirme pensar mucho en ella, sé que es feliz, que Tim la protege y está a su lado.
Igual que yo ahora tengo a Riven y Laiyor.
—¿Qué hay de mí…?
—Bah, una pequeña lagartija como tú, tampoco necesita ser tan relevante… —sonrío en mis adentros.
—Muy graciosa, tienes suerte de tomarte el día libre.
Quiere sonar amenazante, pero no le sale.
Shoy acaba de preparar el ungüento.
—Zaja querida, aquí tienes tu antiinflamatorio —me lo entrega con una sonrisa.
—Muchas gracias Shoy, estoy aprendiendo mucho de ti —le doy un abrazo fuerte.
—Había pensado en ayudarte hoy —dice con voz pausada— podría cepillarte el cabello, preparo un tónico…
Antes de que acabe la interrumpo.
—Pero Shoy, hoy tenemos el día libre, no tienes por qué hacerlo.
—Zaja, esto no es parte del servicio que ofrezco a la casa de Riven, quiero cuidar de ti —me coge las manos—. El tónico es maravilloso, y estar tanto tiempo pegada al calor de ese dragón, te ha destrozado el cabello.
Tiene razón, la verdad es que me apetece muchísimo sentirme mimada, y Shoy lo hará con cariño. El encrespamiento de mi pelo lo ha vuelto salvaje, un poco de mimos me harán bien.
Shoy pide que me siente en una pequeña silla junto a la ventana. La luz entra suave, filtrándose entre las hojas del jardín, y el olor de las hierbas recién machacadas llena la cocina.
Empieza a trabajar en mi cabello con paciencia, separando mechones con los dedos.
—Ay… —protesto cuando encuentra un nudo imposible.
—No te quejes —responde con calma—. Esto es lo que pasa cuando pasas el día abrazada al viento y un dragón.
Sonrío, aunque tiene razón. Mientras desenreda con cuidado, aplica el tónico sobre sus manos y luego lo reparte por el cabello. Es fresco, casi frío, y el olor es cítrico, con un fondo terroso que me recuerda al bosque después de la lluvia.
Durante unos minutos no hablamos. Solo se oye el roce del cepillo y el canto lejano de los pájaros. Consigo relajarme.
—Los dragones no están hechos para ser montados por humanos —dice de pronto.
La miro por encima del hombro.
—Entonces ¿por qué lo permiten?
Shoy tarda en responder. Sigue cepillando, despacio, como si pensara bien sus palabras.
—Porque algunos humanos tampoco están hechos para vivir una vida pequeña .
Sus palabras me golpean de una forma extraña. No digo nada, pero siento que se instala un peso suave en mi pecho.
Cuando termina, recoge mi cabello en una trenza suelta y me la deja caer sobre el hombro.
—Ya está. Mucho mejor.
Paso los dedos por la trenza. Está suave y brillante.
—Gracias, Shoy.
—De nada, querida —me da una palmada suave en el hombro—. Ahora ve a disfrutar de tu día libre.
Le abrazo y salgo de la cocina. La brisa de fuera es fresca, pronto pasará la temporada de lluvia y empezarán a caer los primeros copos de nieve.
Camino sin rumbo por el claro, dejando que el sol otoñal me caliente la piel.
La casa de Riven parece silenciosa, como si incluso las paredes se permitieran descansar.
Al rodear el granero, escucho el sonido metálico de acero contra la piedra.
Laiyor.
Está sentado en un tronco, afilando su espada con movimientos lentos y precisos. Lleva la camisa desabrochada, y el brillo del metal se mezcla con el de su piel bajo el sol.
Levanta la mirada al verme.
—Creí que hoy descansábamos.
Se encoge de hombros, sin dejar de mover la piedra sobre el filo.
—Esto es descansar.
Me acerco un poco más.
—¿Afilando una espada?
—Me ayuda a pensar.
Me apoyo contra la valla de madera .
—¿En qué?
Laiyor alza la vista otra vez. Sus ojos recorren mi cara, se detienen un instante en mi cabello.
—Shoy ha estado trabajando.
—¿Tan evidente es?
—Un poco —dice, con una sonrisa leve.
Guarda la piedra y pasa el dedo con cuidado por el filo de la espada.
—¿Y Nyvral?
—Hoy también descansa.
Laiyor asiente, pensativo.
—Thasvol no es muy amigo de descansar.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende del día.
Durante unos segundos nos quedamos en silencio. El viento mueve la hierba alta del prado y hace bailar algunos mechones sueltos de mi cabello.
—Por cierto, el vuelo de ayer…—Levanta una ceja—. No está mal para alguien que está aprendiendo a montar un dragón.
—Gracias, supongo.
—Aunque tu aterrizaje fue terrible —dice mientras me mira de reojo y sonriendo.
Es guapo, pero cuando hace esto lo es todavía más.
Le lanzo una mirada indignada.
—¡Nyvral no avisó!
—Claro, claro —ríe.
Su risa es baja, tranquila, me gusta escucharla. Podría estar horas aquí con él, deseando detener el tiempo. Pasado un rato, me despido con un gesto de cabeza y sigo caminando hacia el prado abierto.
La hierba me roza las piernas mientras me siento sobre una pequeña roca plana. Cierro los ojos y dejo que el sol de la tarde me caliente la cara. No tardo en sentir esa presencia familiar.
—¿Me echas de menos?
Sonrío.
—Un poco.
—Mentira.
—Bastante.
Siento su satisfacción en el fondo de mi mente.
—Hoy estás tranquila —dice Nyvral.
—Riven nos ha dado el día libre.
—Sabio humano.
Abro los ojos y miro el cielo. Las nubes se desplazan despacio, enormes y blancas.
—¿Dónde estás?
—Volando. Te veo.
—¿Solo?
—Siempre .
El viento sopla más fuerte por un instante, moviendo la hierba como una ola verde.
—D escansa hoy, pequeña humana —dice Nyvral—. No todos los días el mundo se queda quieto.
Me recuesto sobre la hierba, disfrutando de la tranquilidad momentánea.
Muy por encima de las nubes, Nyvral se desliza apaciblemente.
Permanezco un rato más tumbada sobre la hierba, escuchando el viento mover las copas de los árboles.
Cuando finalmente me incorporo, el sol ya está a punto de esconderse y el cielo empieza a tener esa tonalidad anaranjada agradable que anuncia una tarde tranquila.
Decido volver a casa.
Camino despacio, sin prisa, disfrutando de la calma. Hoy todo parece moverse a otro ritmo. Incluso las paredes de la casa de Riven parecen respirar con más lentitud.
Cruzo el umbral y entro en el gran salón. El fuego de la chimenea está apagado, pero aún queda el olor tenue de la leña consumida.
No sé muy bien por qué, pero termino desviándome hacia la biblioteca.
Empujo la puerta con cuidado, la estancia siempre me ha impresionado.
Estanterías altas cubren las paredes desde el suelo hasta llegar al techo, llenas de libros de todos los tamaños, algunos parecen tan antiguos que el cuero de sus lomos está resquebrajado, otros, en cambio, tienen las cubiertas limpias y recientes.
Paso los dedos por uno de los estantes mientras avanzo.
Tratados sobre dragones, mapas del continente y crónicas de guerras antiguas son los tomos que se esparcen por el suelo.
Riven nunca habla mucho de su pasado, pero esta habitación cuenta historias por él. Salgo caminando hasta el fondo del pasillo de la otra ala de la casa, donde una puerta más pequeña permanece siempre cerrada. El dormitorio de Riven, nunca he entrado allí.
Durante unos segundos dudo, pero finalmente levanto la mano y llamo con suavidad.
—Adelante.
Su voz llega tranquila desde el interior. Abro la puerta despacio,
la habitación es sorprendentemente sencilla, la cama es amplia, con un dosel que baila con la brisa que entra por la ventana, una mesa de trabajo cubierta de pergaminos y varios libros abiertos, y la ventana grande desde la que entra la luz de la tarde.
Riven está sentado frente a la mesa, con un mapa desplegado delante de él. Levanta la mirada cuando entro.
—Zaja —dice con una leve inclinación de cabeza—. Creí que estarías descansando.
Cierro la puerta tras de mí.
—Lo intento...
Sus ojos se mueven brevemente por la habitación, como si evaluara la situación, pero no parece molesto.
—La curiosidad es una cualidad útil —dice finalmente.
Me acerco un poco más.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Riven se reclina ligeramente en la silla. Estudia mi cara.
—Puedes.
Dudo un segundo antes de hablar.
—¿Cómo sabías dónde encontrarme?
Sus ojos se clavan en los míos, atentos.