Capítulo 21
CAPÍTULO VEINTIUNO
Dante
La sostengo hasta que los sollozos amainan.
Hasta que su respiración se estabiliza.
Hasta que las sacudidas se convierten en temblores en lugar de convulsiones.
Entonces la recuesto con cuidado contra el sofá y me levanto.
Mi herida grita.
La ignoro.
Me he vestido mientras ella lloraba. Pantalón de chándal. Camiseta.
Ahora necesito vestirla a ella.
Me caigo de rodillas frente a ella.
El dolor es inmediato. Como si alguien me atravesara el costado con un atizador al rojo vivo.
Aprieto los dientes.
Concéntrate.
—Marina —mantengo la voz suave. Firme—. Voy a vestirte ahora. Tenemos que movernos.
Ella no responde.
Tiene los ojos abiertos.
Pero no hay nada tras ellos.
Vacíos.
Huecos.
Como si alguien hubiera metido la mano en su interior y hubiera extraído todo lo que la hacía ser ella .
— Cazzo .
He visto esto antes.
Soldados tras su primer tiroteo. Civiles atrapados en el fuego cruzado. Personas que vieron cómo su mundo se hacía añicos en segundos.
Estado de shock.
Está en estado de shock.
Cojo su camiseta del suelo. La camiseta de tirantes que llevaba antes de que se la quitara.
Antes de tener mi boca entre sus muslos.
Antes de que alguien intentara meter una bala por su ventana.
—Arriba los brazos, cara.
Nada.
Le levanto los brazos yo mismo.
Ella me deja.
Sin resistencia. Sin ayuda. Solo... sumisión.
Como un niño que deja que su padre lo vista para el colegio.
Le paso la camiseta por la cabeza. Guío sus brazos por los huecos. La deslizo sobre su vientre.
Su ropa interior está por alguna parte.
La encuentro cerca de la pared.
—Levántate.
No se mueve.
Le pongo las manos bajo los brazos y la levanto.
Mi herida se desgarra. Duele.
No me importa.
La mantengo erguida con un brazo. Me agacho —más dolor, más sangre— y guío sus pies por las aberturas de las piernas.
Le subo la ropa interior.
Sus vaqueros están junto al sofá.
El mismo proceso.
Levantar. Guiar. Tirar.
Se mueve cuando yo la muevo.
Se detiene cuando yo me detengo.
No dice nada.
No hace nada.
Solo... existe.
He tardado demasiado.
Debería haberme ido hace días. Debería haber ignorado las órdenes del médico. Debería haberme arrastrado fuera de este apartamento y haber cazado al cártel antes de que pudieran cazarnos ellos a nosotros.
Pero me quedé.
Por ella.
Porque quería más tiempo.
Más oportunidades para fingir que podía tener algo normal.
Y ahora ella está de pie frente a mí con los ojos muertos porque he sido demasiado egoísta para marcharme.
Cojo mi teléfono de la mesa de centro.
Llamo a Lorenzo.
—Informe —su voz es cortante. Pura profesionalidad.
—Dos hostiles abatidos en el edificio. Tres han huido. Francotirador al otro lado de la calle neutralizado antes de que pudiera disparar —mantengo la voz plana. Clínica—. Marina está en shock. Necesitamos una extracción.
—Ya está organizada. Hay un coche en el callejón detrás del edificio. Un SUV negro. Conduce Nico.
—¿Adónde vamos?
—A un piso franco. Un apartamento en el otro lado de la ciudad. Marina y tú vais a estar encerrados hasta que nos ocupemos de esto.
Se me tensa la mandíbula.
Encerrados.
Escondidos.
—No puedo quedarme quieto, Lorenzo.
—Puedes y lo harás.
—El cártel...
—Está bajo control. El equipo de Nico ya se está moviendo. Tenemos vigiladas tres de sus operaciones en Denver. Para mañana sabrán exactamente qué ocurre cuando van a por uno de los nuestros.
—Yo debería estar allí.
—Deberías estar recuperándote de una herida de bala que casi te mata hace tres días —la voz de Lorenzo se endurece—. Hasta que estés listo, te escondes. No es una petición.
Quiero gritarle.
Quiero decirle que he luchado en peores condiciones.
Quiero recordarle que he matado a hombres con costillas rotas, con heridas de cuchillo, con balas aún alojadas en mi carne.
Pero Marina está a un metro de distancia.
Mirando a la nada.
Oyéndolo todo.
Si grito, la asustaré más.
Y ya está tan perdida que no sé cómo traerla de vuelta.
Me trago la rabia.
—¿Cuánto falta para la extracción?
—Tres minutos. Llévala al callejón. Nico se encargará del resto.
—¿Y el apartamento?
—Abastecido. Seguro. Nadie sabe de él excepto la familia.
—Tres minutos —digo.
Cuelgo.
Marina no se ha movido.
Sigue con los ojos vacíos. Sigue mirando fijamente la pared que hay detrás de mí.
Me pongo frente a ella.
Le bloqueo la vista.
La obligo a verme.
—Marina —le tomo la cara entre las manos. Su piel está fría. Húmeda—. Nos vamos ahora. Necesito que camines conmigo. ¿Puedes hacerlo?
Nada.
—Marina.
Un parpadeo.
Lento. Retrasado. Como si su cerebro procesara con un retardo de cinco segundos.
—Caminar —susurra.
Su voz suena hueca.
Pero es algo.
—Sí —le acaricio la mejilla con el pulgar—. Camina conmigo. Te mantendré a salvo. Te lo prometo.
Ella no responde.
Pero cuando la tomo de la mano y tiro, me sigue.
Un paso.
Luego otro.
Sus movimientos son mecánicos. Robóticos. Como si alguien la hubiera programado para poner un pie delante del otro pero se hubiera olvidado de instalar el resto.
La guío hacia la puerta rota.
El pasillo está vacío.
Sangre en la moqueta cerca de la escalera.
No dejo que mire.
—Mírame a mí —le digo—. Solo a mí.
Ella obedece.
Nos movemos.
Marina
Su mano está caliente.
Es lo primero de lo que me doy cuenta.
Caliente y sólida y real .
Todo lo demás se siente como estática. Como si alguien le hubiera bajado el volumen al mundo y me hubiera dejado flotando en el silencio.
Pero su mano está caliente.
Me aferro a eso.
Estamos caminando.
Sé que estamos caminando porque mis pies se mueven. Porque el suelo cambia de moqueta a hormigón. Porque el aire pasa de un apartamento viciado a la noche fría.
Pero no estoy aquí realmente.
Estoy en otra parte.
En algún lugar seguro.
Piensa en algo bueno.
La voz de mi cabeza suena como la de mi madre. Como la mujer que solía sentarse en el borde de mi cama cuando tenía pesadillas y me acariciaba el pelo hasta que me volvía a dormir.
Cuando las cosas se pongan feas, piensa en algo bueno. Algo que te haga ilusión. Algo que te haga feliz.
Llevo haciendo esto desde que tenía seis años.
¿Un mal día en el colegio? Mañana será mejor. Mañana Sarah compartirá sus galletas en el almuerzo, jugaremos en los columpios y todo irá bien.
¿Un examen suspendido? La semana que viene estudiaré más. La semana que viene sacaré un sobresaliente, mis padres lo colgarán en la nevera y me sentiré orgullosa.
¿Me rompieron el corazón en la universidad? Algún día conoceré a alguien que me quiera. Algún día tendré una casa con jardín y un perro y una vida que tenga sentido.
El futuro siempre fue mi vía de escape.
La promesa de que sería mejor siempre fue suficiente para ayudarme a seguir adelante.
Pero ahora mismo, no soy capaz de ver el futuro.
Ahora mismo, lo único que veo es sangre en la moqueta, cristales rotos y el espacio vacío por donde habría pasado una bala a través de mi cráneo si alguien no la hubiera detenido.
—Marina.
La voz de Dante corta la estática.
Parpadeo.
Estamos en una escalera.
Bajando.
Me rodea la cintura con el brazo, llevándome casi en vilo porque mis piernas no funcionan bien.
—Quédate conmigo —dice—. Háblame.
Hablar.
¿Hablar de qué?
Abro la boca.
—Cuando tenía ocho años —me oigo decir—, quería ser bióloga marina.
Las palabras salen planas. Desconectadas. Como si otra persona estuviera hablando y yo solo fuera una espectadora.
Pero Dante no deja de caminar.
No me dice que me calle.
—Bióloga marina —repite—. ¿Por qué?
—Vi un documental sobre delfines —mi voz suena lejana—. Eran tan... libres. Nadando por el océano. Sin muros. Sin jaulas. Solo el azul infinito.
Llegamos a un rellano.
Giramos.
Seguimos bajando.
—¿Llegaste a nadar con delfines? —pregunta Dante.
—No —sacudo la cabeza. El movimiento me resulta extraño. Retrasado—. Me daba miedo el océano. ¿No es curioso? Quería estudiarlo, pero me aterraba.
—¿Qué te asustaba?
—La profundidad —me quedo mirando los peldaños de hormigón que pasan bajo mis pies—. No saber qué había debajo. Toda esa oscuridad bajo la superficie.
El agarre de Dante en mi cintura se aprieta.
—¿Qué pasó con el sueño de ser bióloga marina?
—Crecí —se me escapa un sonido. No llega a ser una risa—. Me di cuenta de que se me daba mejor el arte que la ciencia. Mi madre me dijo que todavía podía pintar delfines si quería.
—¿Lo hiciste?
—Una vez. Para un proyecto de clase en el instituto. Pinté un delfín saltando fuera del agua al atardecer. Mi profesora dijo que era técnicamente impecable pero emocionalmente distanciado.
Llegamos a otro rellano.
El aire es cada vez más frío.
—Emocionalmente distanciado —repite Dante—. ¿Qué significa eso?
—Significa que pintaba lo que veía, no lo que sentía —trago saliva. Tengo la garganta seca—. Se me daba bien copiar cosas. Se me daba mal sentirlas.
—No me lo creo.
—Es verdad —mis pies siguen moviéndose. Un paso. Otro—. Pasé toda mi infancia pensando en el futuro. Planificándolo. Soñando con él. Pero nunca viví realmente el presente. Siempre estaba en otro lugar.
Dante abre una puerta de un empujón.
El aire frío me golpea la cara.
Estamos fuera.
Un callejón.
Oscuro salvo por una única bombilla sobre un contenedor.
Un SUV negro espera al fondo.
Motor en marcha.
Luces apagadas.
—Sigue hablando —dice Dante—. ¿Con qué más soñabas?
Intento concentrarme.
Intento extraer otro recuerdo de la niebla.
—Cuando tenía doce años, quería ser diseñadora de moda —las palabras salen con más facilidad ahora—. Solía dibujar vestidos en mis cuadernos durante la clase de matemáticas. Mi profesor me pilló una vez y me obligó a enseñárselos a toda la clase.
—¿Eran buenos?
—Eran terribles —esta vez, algo muy parecido a una sonrisa asoma a mis labios—. Dibujaba mujeres con cuellos de jirafa y brazos de espagueti. Pero a mí me parecían hermosas.
Caminamos hacia el SUV.
El paso de Dante es firme.
Paciente.
Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—¿Qué pasó con el diseño de moda?
—Me di cuenta de que en realidad no quería hacer ropa. Solo quería dibujar cosas bonitas —tomo aire. El aire frío me quema los pulmones—. Así que me pasé al arte. Pintura. Escultura. Cualquier cosa que me permitiera crear sin tener que ser práctica.
—Por eso trabajas en la ONG.
—Sí —asiento—. Enseño a los niños a hacer arte. A expresarse. A sentir cosas y plasmarlas en un papel en lugar de guardarlas bajo llave.
El SUV está a seis metros.
A cuatro.
A tres.
—¿Sigues soñando con el futuro? —pregunta Dante.
La pregunta me detiene.
No físicamente.
Mis pies siguen moviéndose.
Pero algo dentro de mí hace una pausa.
¿Lo hago?
Hace dos años, tenía sueños.
Una carrera profesional. Una familia. Una vida que tuviera sentido.
Entonces ocurrió lo de Daniil.
Luego el tiroteo.
Después el hospital y el daño neurológico y los dos años fingiendo que estaba bien.
—No lo sé —susurro—. Antes pensaba en el futuro todo el tiempo. Era como sobrevivía a los días malos. Me decía a mí misma que mañana sería mejor. Que la semana que viene sería mejor. Que el año que viene sería mejor.
—¿Y ahora?
—Ahora no alcanzo a ver más allá de esta noche.
Llegamos al SUV.
Se abre la puerta trasera.
Dante me ayuda a subir al asiento de atrás.
Me deslizo por el cuero.
Él me sigue.
Cierra la puerta.
El interior es cálido.
Oscuro.
Seguro.
—Marina —la voz de Dante está cerca. Junto a mi oído—. Mírame.
Vuelvo la cabeza.
Su cara está a centímetros de la mía.
Esos ojos oscuros. Esa mandíbula marcada. La barba incipiente que ha crecido más en los últimos días.
—No tienes que ver más allá de esta noche —dice—. Solo tienes que superarla. Y yo voy a ayudarte. ¿De acuerdo?
Lo miro fijamente.
A este hombre que se abrió paso en mi vida a base de matar.
Que me rastreó durante dos años.
Que apareció sangrando ante mi puerta y lo puso todo patas arriba.
—De acuerdo —susurro.
El SUV arranca.
Conducimos en la noche.