Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
Twila
Hay un buen trecho a pie, pero con la mano de Tanner entre la mía, no me importa estar fuera en la oscuridad de la noche.
—Tengo que parar aquí primero —digo frente a mi casa—. Vivo aquí con mi madre.
Es un pequeño bungaló de playa que ha pertenecido a nuestra familia durante varias generaciones. Le vendrían bien unos cuantos arreglos, pero es acogedor. Pintado de azul cerceta y blanco, hace juego con el océano.
—Quédate aquí —le digo—. Dame un segundo.
Mi madre tiene turno de noche hoy en el hotel, así que le dejo una nota sobre la mesa.
He salido por mi cumpleaños. Estaré en casa mañana. No me esperes despierta. Un beso, Twila.
Luego cojo una bolsa y meto unas cuantas mantas, una botella de vino blanco y unos vasos de plástico. Después me miro al espejo, pasándome una mano por el pelo, pensando en el sujetador y las bragas que llevo puestos.
Después de ese beso, sé que quiero más. Todo.
He esperado muchísimo tiempo para que esta parte de mi vida empiece; solo me ha hecho falta una mirada a Tanner para saber que él era algo diferente.
Alguien especial. Cuando me ha mirado a los ojos, he sabido que me veía.
A la verdadera yo. Y le ha gustado lo que ha visto.
Puede que incluso le haya encantado. Un hombre que no rehúye lo difícil es lo que siempre he querido.
Quiero a un hombre que entienda el dolor, la pérdida; que busque encontrar la belleza hasta en los espacios más difíciles de comprender.
No importa qué bragas lleve puestas, ni qué sujetador; si Tanner quiere estar conmigo, a él tampoco le importará.
Así que cierro la puerta con llave y salgo de casa, sin saber exactamente a dónde irá a parar la noche, pero abriendo mi corazón a todas y cada una de las posibilidades.
—¿Y qué hay en la bolsa? —pregunta él, tomando mi mano entre la suya.
—Mantas y alcohol. —Arqueo las cejas—. ¿Listo?
Él se ríe entre dientes. —Desde luego.
Lo guío por detrás de la casa por un sendero muy transitado que lleva a la selva. Avanzamos entre palmeras y enredaderas, y abro una puerta de hierro.
Él mira a su alrededor asombrado, contemplando las flores tropicales bañadas por la luz de la luna, los bancos de piedra que han estado aquí durante siglos.
Hay una pequeña estructura de piedra donde he acampado cientos de noches a lo largo de los años.
Se oye el estruendo del agua al caer desde la cascada de tres metros hacia un estanque reluciente. —¿Qué es este sitio?
—Es mi jardín secreto —le digo, cerrando la puerta tras nosotros—. La leyenda dice que esta es la fuente de la juventud de la isla.
Él sonríe. —¿Y lo es?
Me río. —Creo que solo mantiene a la gente joven de espíritu si se bañan en ella.
—Bueno, qué demonios, vamos a tirarnos.
Quitándome las chanclas, le digo que me apunto. Me quito el vestido veraniego y me planteo qué dejarme puesto. Todo esto es territorio nuevo.
Él se quita los pantalones cortos y la camisa de botones, y se gira para mirarme. —Podemos bañarnos desnudos… o no. Tú eliges, cumpleañera.
Con Xander y nuestro grupo de amigos me he bañado desnuda montones de veces, corriendo hacia el océano después de una noche de copas o baile, o de una hoguera; pero nunca hay tensión sexual en esos encuentros. Con mis amigos, no me corto.
Y tampoco quiero cortarme con Tanner.
—¿A qué estás esperando? —Me desabrocho el sujetador, me bajo las bragas por las caderas y corro por el suelo de la selva hacia el estanque.
Pisando sobre las piedras, me río; la calidez de la noche de verano es más fresca que el calor implacable del día.
El clima parece perfecto, y Tanner también; este momento nunca podría capturarse con una publicación de Instagram.
Es demasiado grande para una foto. Siento como si todo mi corazón cobrara vida mientras saltamos al agua.
Salgo a la superficie para tomar aire, con una sonrisa en la cara, desnuda y plenamente consciente de lo desnudo que está Tanner también. Nada hacia mí y me rodea con sus brazos. Mis pechos flotan en el agua y me lamo los labios con anticipación. Anhelando otro beso.
Su boca encuentra la mía y nos besamos en el agua, su miembro rozando mi piel. Mis pechos contra su torso. Me siento deliciosamente sexy y totalmente deseada.
Y Dios, yo también lo deseo a él.
La noche es mágica, la luna llena proyecta un resplandor sobre el agua, y me aparto de él nadando hacia la cascada, me pongo de pie sobre una roca y me paso las manos por el pelo y por la cara para quitarme el agua.
—Dios, estás increíble —me dice Tanner, acercándose a nado—. Jodidamente preciosa. Como una princesa de la isla.
Mi cuerpo arde bajo su intensa mirada, pero no aparto la vista; le sostengo la mirada. —¿Te gusto toda yo? —Estoy desnuda ante este hombre escultural, y él me mira como si quisiera lamerme cada centímetro de piel.
—Cada milímetro —gruñe, subiéndose a la roca, con su miembro duro entre las piernas, y quiero pasar mis manos sobre él de la misma forma que él pasa las suyas sobre mí.
Me aprieta los pechos, besándolos, y luego mis pezones—.
Dios, tus tetas son jodidamente perfectas, Twila.
—Su lengua rodea mis pezones, su miembro me presiona con más fuerza ahora y mi vagina ansía más.
Estoy muy mojada por él, por esto, por lo que está por venir. —No quiero seguir siendo virgen cuando llegue la mañana —le digo.
—Bien, porque tengo planeado hacerte mía.
Gimo cuando su mano se desliza entre mis piernas, mi sexo empapado mientras sus dedos entran en mí, y jadeo; el placer es a la vez nuevo e embriagador.
—No quiero que te resbales en esta roca, cielo —me dice—. ¿Qué te parece si buscamos un sitio donde tumbarnos?
Asiento con la cabeza. —El edificio de piedra tiene almohadas y un colchón. Podemos ir allí.
Me acuna las mejillas con la mano, besándome de nuevo, con la mano en mi culo mientras me atrae más hacia él. Todo mi cuerpo arde de deseo, y él debe de comprender mi creciente necesidad.
Me coge de la mano, con la otra mano en mi curvilínea cadera, y me ayuda a pasar la cascada hacia tierra firme. Cojo mi bolsa y él recoge nuestra ropa y zapatos antes de que corramos hacia mi antiguo refugio.
—Este lugar es realmente increíble —dice mientras extiendo las mantas limpias y luego busco en un viejo cajón de madera un farol de pilas.
Lo enciendo y lo cuelgo de un gancho en el techo. No brilla mucho, pero da luz suficiente para que desenrosque el tapón de la botella de vino y nos sirva unas copas.
—Salud —digo, dándole una y buscando una manta para cubrirme el cuerpo mientras nos sentamos en el colchón.
De repente soy muy consciente de lo totalmente desnudos que estamos.
Su miembro… a la luz de la lámpara… parece enorme.
Me muerdo el labio inferior, con un pulso de deseo surgiendo en mi interior.
—No tienes que cubrirte —dice Tanner—. Me encanta cómo te ves desnuda.
Doy un sorbo al vino, dejando que sus palabras me calen. —A mí también me gusta cómo te ves tú desnudo.
Bebe un trago de su vino y luego coge nuestras dos copas, dejándolas en la mesita de al lado de la cama. —¿Solías dormir aquí de niña? —pregunta.
—Me daba demasiado miedo la oscuridad… Solía fingir que este era mi fuerte. Pero cuando me hice mayor, sí que lo hacía. Al final arrastré este viejo colchón hasta aquí con la ayuda de mi amigo Xander. Habremos acampado aquí cien veces.
—¿Así que no soy el primer chico con el que has compartido esta cama? —pregunta Tanner con una sonrisa—. Debo admitir que siento celos por eso.
Me acerco a él, poniendo mi mano sobre su pecho, dejando mi intención clara como el agua. —Supongo que él fue el primer chico… pero Tanner, tú eres el único hombre.