Curvas Bajo el Sol Ardiente
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Capítulo 1
CAPÍTULO UNO
Tanner
El vestíbulo del Bahamas Grand Hotel está abarrotado y, aun así, consigo ver a mi hermano gemelo, Mark, en cuanto entro. Levanta su cerveza mientras camina hacia mí, sonriendo de oreja a oreja.
Tras vender mi empresa, me he pasado un año viajando. Y un destino más no debería afectarme, pero no es a la propia Pole Island a lo que temo.
No he tenido ningunas ganas de que llegara este fin de semana porque estoy aquí para la boda de mi hermano.
Y no es que sea un imbécil hastiado que tenga problemas con los eventos familiares en general…
es porque Mark no tiene ninguna necesidad de casarse.
Sé a ciencia cierta que se acostó con una mujer el pasado fin de semana en la despedida de soltero, pero sé que su infidelidad no termina ahí.
Así que venir aquí a su boda en el extranjero no me parece bien.
—Lo has logrado —dice Mark, tendiéndome una cerveza—. No sabía si aparecerías.
—Soy el padrino, ¿no?
—Sí, pero sé que tienes tu opinión sobre lo que estoy haciendo. Pero Alyssa sabe lo de Las Vegas.
—¿Y sabe lo de tu secretaria?
Mark pone los ojos en blanco. —Sí. Te lo digo, es una relación abierta. Ella está de acuerdo.
—¿Por qué pasar por el lío y el gasto de la boda si no tienes intención de cumplir tus votos?
Mark gime. —Dios, Tanner. Eres un aguafiestas. ¿Puedes relajarte? Deja de juzgar tanto. Además, una boda es lo más lógico para nosotros desde el punto de vista financiero.
Me paso una mano por la mandíbula, intentando olvidarlo. Me dije a mí mismo que no me metería en sus asuntos, pero a los pocos minutos de esta escapada ya estoy haciendo demasiadas preguntas personales.
Levanto las manos, encogiéndome de hombros. —Me quedaré callado. Solo dime dónde tengo que ponerme el gran día.
—Ese es mi chico —dice—. Ahora, vamos a hacer que te registres y a buscarnos una bebida de verdad.
Suelto una risita. —¿Esta cerveza no es de verdad?
—Qué va. Necesito alcohol del fuerte para aguantar esto.
Aprieto la mandíbula, negándome a comentar nada, y en su lugar le digo que lo veré en el bar después de haber dejado las maletas.
—No hay cena de ensayo ni nada parecido; vamos a mantener un perfil bajo antes de la boda mañana por la tarde. Vamos a ir a cenar a The Red Crab, abajo en Sunset Beach. ¿Nos vemos allí?
Asiento y me dirijo al mostrador de recepción. —Soy Tanner Locke, hice una reserva por internet.
Una mujer mayor con una chaqueta de traje color melocotón me sonríe mientras teclea. En su placa de identificación pone Galy. —Oh, Sr. Tanner, tiene una suite ejecutiva. Le encantarán las vistas.
—Genial, nunca he estado en Pole Island. Tengo ganas de explorarla.
—Bueno, debe llevarse este folleto. Tiene un mapa de la isla.
—Galy lo abre para mí, señalando Main Street—.
Está la cafetería Sunny Beach Coffee Shop si desea un delicioso bollo por la mañana.
Temptation Night Club, si es usted un ave nocturna.
Y debe visitar King’s Cloak Falls. Es la catarata más hermosa de las Bahamas.
—Vaya —digo, sonriendo—. Parece que Pole Island lo tiene todo.
Ella me guiña un ojo. —Y si encuentra el amor en la isla, siempre puede pasarse por Bijoutique para elegir una pieza de alta joyería.
Suelto una carcajada. La idea de encontrar el amor parece imposible. Nunca he conocido a una mujer que me diera ganas de mandar la inhibición al traste y dejarme arrastrar por un huracán de amor. Pero, Dios, me encantaría encontrar eso.
—¿Ah, sí? —Levanto una ceja—. ¿Muchos visitantes encuentran el amor aquí?
—Los afortunados lo hacen —dice Galy—. Sabe, los navegantes maoríes que descubrieron este lugar lo llamaron Pull Island porque creían que una fuerte corriente los había traído hasta aquí. ¿Quizás la misma corriente le ha traído a usted?
Sonrío. —Ojalá. Pero es la boda de mi hermano lo que me ha traído aquí este fin de semana.
—Y no parece muy feliz por ello.
—Me siento aprensivo con todo el asunto —admito.
—¿Con la boda o con la pareja?
—¿Usted hace tantas preguntas a todos sus huéspedes? —bromeo.
Ella ríe cálidamente. —Oh, lo siento. No pretendo curiosear. Pero un hombre joven y apuesto como usted, en la habitación más lujosa del complejo, no debería estar solo, eso es todo.
—Bueno, no tengo problemas con las bodas. Qué porras, espero tener la mía algún día. Pero cuando me case, quiero que sea por las razones adecuadas y con la mujer adecuada.
Me señala con el dedo y sus ojos de un azul claro brillan. —Hombre inteligente.
Le quito el folleto y miro el mapa para buscar el restaurante que mencionó mi hermano. — ¿A qué distancia estamos de The Red Crab?
—No está lejos, solo baje por el paseo marítimo y se topará con él.
—¿Es bueno?
Galy se ríe. —Eso espero, mi hija Twila es camarera allí.
Para cuando me alejo con la llave de la habitación, ya me he sacudido la frustración con mi hermano Mark y tengo una sonrisa en la cara.
Y cuando entro en mi suite, la sonrisa se convierte en una mueca de asombro.
Rayos, esta habitación es preciosa. Abro las cortinas opacas y contemplo las vistas: olas turquesas rompiendo contra una playa de arena blanca que se extiende hasta donde me alcanza la vista.
Hay una piscina debajo de mí y alcanzo a distinguir un bar sumergido, pero mi mirada vuelve a la playa.
Hacia la mujer que sale del océano con un biquini rosa fucsia, con su larga melena negra mojada y peinada hacia atrás, y su rostro resplandeciente por el baño de agua salada que acaba de darse.
Pero, maldita sea, son sus curvas, sus tetas turgentes asomando por la parte superior, sus caderas, lo que hace que me duela la polla.
Sus ojos, tan azules como el mar que tiene detrás.
Incluso a esta distancia, me tiene cautivado. Es como si fuera una maldita sirena, con la piel centelleando como la arena.
Ojalá no estuviera a tres pisos de altura, ojalá estuviera a solo unos centímetros.
Pero antes de que pueda siquiera contemplar la posibilidad de correr hacia el ascensor y lanzarme a la búsqueda de la mujer de mis fantasías, alguien le da un grito.
Ella corre hacia un hombre que la envuelve en un abrazo y luego, así de fácil, se pierde entre la multitud, desaparece.
Me aparto de la ventana, preguntándome por qué siento como si acabara de perder a alguien a quien ni siquiera he conocido.