Capítulo 9 El espejismo de la resistencia
De regreso en la celda del condado, el silencio era diferente.
Ya no era el silencio de la espera, sino el de la sentencia.
Iñaki se sentó en el borde del jergón, ignorando el dolor de sus costillas que protestaban con cada respiración.
En su mente, una llama pequeña y desesperada comenzó a arder: la idea de la apelación.
Para ello debería deshacerse de su abogado, el olor a Jazmín ya era insoportable, las miradas, las palabras, el remoquete que sutilmente susurró Sofía y que ruborizó al tinterillo eran evidencia sólida de la traición.
Como un valiente Edmundo Dantès se imaginó saliendo de If, pero con los carceleros abriéndole las puertas.
—No me voy a convertir en el nudo de una sábana —susurró para las paredes—. No les daré el gusto.
Pero la cárcel tiene ojos y oídos que no perdonan la esperanza.
A media noche, el "aire de lucha" se evaporó cuando la puerta de la celda se abrió sin previo aviso. No era el recuento matutino. Era Márquez, acompañado de dos guardias cuyos rostros eran máscaras de piedra. No traían comida, ni papeles de apelación. Traían el olor del miedo .
—Veo que has estado escribiendo, Salcedo —dijo Márquez, arrebatándole el trozo de papel higiénico y leyéndolo con una mueca de asco—. ¿Nombres? ¿Contactos? Sigues creyendo que estás en tu oficina de cristal.
Márquez hizo una seña y los guardias lo inmovilizaron contra la pared. El detective se acercó tanto que Iñaki pudo ver las manchas de nicotina en sus dientes.
—Escúchame bien Iñaki “Ruin”, tu gran nuevo amigo, Pedro Sánchez, ya pagó por tu silencio, y Sofía mañana estará firmando los papeles del seguro.
Si intentas sacar esta "esperanza" por esa puerta, los muchachos del bloque C no serán tan amables como lo fueron la semana pasada.
Te convertirán en algo que ni tu madre reconocería antes de que llegues a la primera audiencia de apelación. ¿Estas entendiendo, no?
Márquez sacó un encendedor y quemó el papel frente a los ojos de Iñaki. Las cenizas cayeron sobre sus pies descalzos.
—Mañana, por petición de la fiscalía, te trasladan a la prisión de máxima seguridad.
Allí, el tiempo se detiene. Tienes una noche para decidir si sales de aquí por tu propio pie hacia un infierno de años, o si te vas esta misma madrugada como un hombre que "no pudo con la culpa".
Tú decides, lo cierto es que se te acabó la luz.
Los guardias lo soltaron y salieron, dejando la puerta entornada, una invitación siniestra al vacío.
Iñaki se desplomó en el suelo, las piezas de su esperanza rompiéndose como cristal fino bajo una bota.
El aire de la celda se volvió un témpano.
Comprendió que no había frentes que defender porque no había campo de batalla: él ya estaba enterrado vivo, y los que amaba eran los que echaban la tierra sobre su rostro. No habría escape de la muerte .