Culpable al amanecer Capítulo 8 El veredicto de la justicia ciega
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Capítulo 8 El veredicto de la justicia ciega

Iñaki estuvo en la prisión del condado siete días antes de su presentación en la corte.

Su rostro estaba intacto, pero la honra moral había desaparecido, y los moretones se contaban por cientos en sus costillas.

“El asesino del contenedor” hacía esfuerzos por caminar derecho, las cadenas le ayudaban a esconder el dolor punzante, ocasionadas por códigos no escritos de justicia entre asesinos y por las aberraciones saciadas en largas noches de gritos ahogados.

Iñaki soñaba con la muerte, porque Espinoza se encargó de derrumbar la muralla de fe, adelantándole que solo un milagro lo sacaría de allí.

El juicio no fue la batalla legal que Iñaki había imaginado en sus noches de insomnio.

No hubo discursos heroicos ni pruebas salvadoras.

Fue, más bien, un trámite frío y burocrático, una puesta en escena donde cada actor conocía su pie de página.

El aire en la sala del tribunal era denso, cargado del olor a papel viejo, cera para madera y el aliento rancio de una audiencia que buscaba sangre para saciar su aburrimiento. Circo y más circo.

El doctor Espinoza de la Fuente se movía con una elegancia técnica que ocultaba su absoluta inoperancia.

Cada vez que presentaba una objeción, lo hacía con la desgana de quien cumple un contrato de silencio.

Al otro lado, el fiscal presentaba las pruebas con una ferocidad quirúrgica: los videos de las cámaras de seguridad de Carles Pérez, donde se veía a Iñaki y Paula en situaciones que, a ojos del jurado, no eran amor, sino una obsesión peligrosa.

Dos animales sedientos de sudor y pasión.

— ¡Esas cámaras no deberían estar ahí! ¡Eso es una invasión!

—gritó Iñaki desde el banquillo, pero su voz fue aplastada por el mazo del juez.

Espinoza hacía señas a Iñaki de guardar compostura a la vez que pedía al Juez la clemencia por el dislate de un hombre desesperado.

Iñaki miraba a su defensor como quien ve a un enemigo, lo intuía, el olor a Jazmín era evidente.

Iñaki buscó desesperadamente la mirada de Sofía entre el público.

Ella estaba allí, envuelta en un velo de luto impecable, una "sufrida viuda" que se secaba lágrimas inexistentes con un pañuelo que aún conservaba el rastro de su perfume de jazmín.

A unos metros, Carles Pérez mantenía una postura rígida, la mirada fija en el estrado, saboreando el éxito de su plan maestro.

El golpe final llegó cuando Márquez subió al estrado.

Con una calma aterradora, el detective testificó que la supuesta coartada de la calle 42 había sido investigada y no comprobada.

No había rastro de la mujer, no había testigos, solo el testimonio de un hombre desesperado por ocultar un asesinato.

Iñaki sintió el amargo sabor del odio proveniente de muchos flancos; no lo sabía objetivamente, pero todo a su alrededor le gritaba traición,  un defensor oloroso a Jazmín, un jefe de seguridad que parecía gozar la desgracia.

Pedro Sánchez, el esposo de Paula, que se enteró detalladamente de la doble vida de su mujer, los videos eran impactantes, si ella regresase a la vida,  él la volvería a matar.

Iñaki era el desahogo de un amor no correspondido —el de Pedro Sánchez hacia Paula, y el de Sofía hacia él— Luego pensaba, ¿cómo pudo desaparecer la golfa?

Era cierto, siempre veía a la misma mujer, a la misma hora en el mismo lugar.

No había palabras, solo un servicio pagado.

¿Quién mató a Paula?, quizás su marido en un arrebato, Pedro Sánchez intuía la traición, Paula estaba muy ligada a Iñaki, ambos planeaban escapar, pero eso solo lo sabían ellos, lo susurraron al oído, nadie más podía saber.

—Culpable —la palabra cayó sobre él con el peso de una lápida.

Solo tres horas duró el juicio, una hora más para que el jurado puro diera a conocer su veredicto.

Al ser conducido de regreso a las celdas de tránsito, Iñaki ya no era un hombre, sino un residuo del sistema.

Márquez se le acercó antes de que cerraran la puerta del furgón.

El detective emanaba un olor a tabaco y a una satisfacción oscura, la rabia contenida de quien ha servido a otros por demasiado tiempo.

—Se acabó, Salcedo —susurró Márquez, inclinándose hacia él—.

En la cárcel del condado, el amanecer no es para todos.

A veces, la culpa es un peso que simplemente no deja que uno se levante de la cama.

Hombres como tú, tienen el tiempo contado antes de convertirse en sirvientas, la muerte es una buena opción para ti.

Márquez le dedicó una sonrisa aplastante, una que Iñaki no olvidaría.

El detective ya había hablado con sus contactos dentro; el nudo de la sábana ya estaba siendo trenzado en la imaginación de Márquez, y de Pedro Sánchez, el verdadero asesino, quien dormía tranquilo sabiendo que su rastro había sido borrado por la misma mano que ahora empujaba a Iñaki hacia el abismo final.