Capítulo 8
Capítulo Ocho
La conozco.
La figura de Emma no era mucho más que una silueta oscura que se recortaba sombría contra la luz cegadora de la ventana.
A diferencia de todas las demás ventanas del edificio, en las que aquí y allá brillaban solo discretas guirnaldas de luces y estrellas de Navidad, las suyas seguían completamente iluminadas.
Estaba agazapada, encorvada frente al cristal y miraba fijamente hacia la oscuridad.
A Aleksander casi no le resultaba posible apartar la vista.
La imagen de Emma Anders permanecía grabada en su mente y parecía provocarlo directamente.
Algo se agitó en sus recuerdos, pero se obligó a no seguir aquella vaga sensación de familiaridad.
Había cosas más importantes en ese momento.
Sin embargo, ya ahora sabía una cosa con certeza: ya se había encontrado antes con Emma Anders. En alguna parte. En algún momento.
Aleksander se subió el cuello del abrigo mientras caminaba, con el teléfono móvil en la mano, por la calle en la que vivía Emma.
Fingía estar exageradamente molesto por la lluvia helada y mantenía la vista fija en su teléfono, con el que grababa un vídeo de las ventanas que pertenecían al piso de Emma.
Al pasar junto a la agente de policía en su coche, lanzó una mirada fugaz al interior del vehículo. Tuvo que contenerse para no negar con la cabeza.
La funcionaria de pelo canoso y corto, de corte militar, parecía empeñada en que mancharan su vigilancia y la descubrieran.
Masticando y aburrida, estaba encorvada en su coche y no dejaba de mirar la elegante casa en la que vivía su objetivo.
Apenas prestaba atención a nada de lo que sucedía a su alrededor.
Amateur , pensó Aleksander en silencio y volvió a mirar su teléfono.
Lo sostenía delante del cuerpo, de manera que la cámara frontal apuntara hacia arriba y pudiera grabar un vídeo de las ventanas de Emma.
De este modo, Aleksander podía percibir cualquier movimiento tras los cristales sin tener que levantar la cabeza.
Le bastaba con un breve paseo para averiguar, sin ser descubierto por la policía, qué ocurría en el piso de Emma.
Emma no se movía del sitio. Aleksander notó cómo se le aceleraba el pulso cuando creyó sentir su mirada sobre él.
Y eso que sabía que debía de ser por completo imposible que ella lo descubriera.
Aun así, disfrutó por un instante con la idea de que ella tomara conciencia de que la estaban observando.
No hay escapatoria , pensó. Y usted lo sabe . Como por un milagro, esta noche se le había escabullido. Ella tenía que saber que no volvería a tener tanta suerte.
Al cabo de unos segundos, Aleksander hizo una foto rápida, dobló la esquina y abrió con el mando a distancia las puertas de un todoterreno cuyo interior estaba deliciosamente caliente gracias a la calefacción estacionaria.
Agradecido, se dejó caer en el asiento delantero.
Ya a resguardo de la intemperie, se quitó de los hombros el abrigo cubierto de copos de nieve mojados y lo arrojó sin cuidado al asiento trasero.
Allí ya lo esperaban una chaqueta azul de plumas y una gorra.
Los tomó y los llevó hacia delante, aunque aún no se los puso.
Tenía al menos diez minutos antes de iniciar un nuevo paseo frente a la casa de Emma.
Teniendo en cuenta que la agente de policía no le había prestado la menor atención, se preguntó si en realidad era necesario disfrazarse.
Aun así, decidió no correr ningún riesgo.
Había esperado demasiado tiempo una oportunidad como aquella como para permitir que la policía descubriera ahora lo que estaba pasando entre ellos.
Ese encargo era demasiado importante. Igual que ella.
Por un momento, Aleksander entrecerró los ojos y se pasó ambas manos por el pelo mojado.
Una y otra vez, el rostro de Emma se colaba en sus pensamientos, pero él lo apartó.
No podía permitirse distraerse ahora, aunque el recuerdo hiciera despertar en su interior algo que llevaba mucho tiempo creyendo perdido.
Sin pensárselo mucho, alargó la mano hacia la tableta que había en el asiento del copiloto, la desbloqueó y abrió el expediente del caso.
La primera imagen mostraba una serie de variantes de un antiguo escudo de armas familiar.
Aleksander las había mirado incontables veces y ya no les prestó especial atención.
En lugar de eso, deslizó el dedo por la pantalla de cristal y fue desplazándose por las demás páginas.
Cuando llegó a las fotos, redujo la velocidad.
Con mirada atenta, escaneó los retratos de las distintas mujeres. Junto a los rostros había breves anotaciones, en parte también con imágenes. La mayoría contenía en mayúsculas las palabras:
ERLEDIGT , TREFFER y KEIN FUND . Más de una vez, al lado había una foto de un cuerpo sin vida.
Aleksander contempló los cadáveres con frialdad.
Aunque la muerte no le era ajena, no pertenecía al tipo de personas a las que les gustaba poner fin a la vida de otros.
Una vez más se preguntó por qué precisamente Dennis y no él había sido encargado de este caso.
Aquel bruto quizá no fuera un sádico, pero prefería sin duda eliminar por completo a sus víctimas si eso lo acercaba más rápido a su objetivo.
De ese modo le daban menos trabajo. A Aleksander a menudo solo lo habían llamado para borrar las huellas.
Así había presenciado una y otra vez toda la magnitud de la despiadada brutalidad de Dennis.
El gigante siempre le había parecido implacable e incontenible, hasta hoy. Hasta Emma.
Aleksander siguió desplazándose hacia abajo hasta llegar a la ficha de Emma.
La anotación junto a su foto seguía en blanco, salvo por tres signos de interrogación.
De nuevo la mirada de Aleksander se quedó prendida en sus facciones armoniosas.
En la foto irradiaba alegría y su sonrisa tenía algo contagioso, despreocupado.
A Aleksander casi le pareció oírla reír.
Resultaba difícil conciliar a aquella joven tan alegre con la figura pálida del aparcamiento subterráneo.
Yo la conozco.
Aleksander miró hacia fuera. A su alrededor también se habían apagado las últimas luces de las casas. El elegante barrio del norte de Hamburgo se recogía para descansar. Aunque no podía verla, Aleksander sospechaba sin embargo que las ventanas del piso de Emma no estarían a oscuras.
El reloj del salpicadero marcaba la medianoche. Aleksander podría ponerse el disfraz y volver a recorrer la calle de Emma, pero dudaba que fuera a observar nada de interés aparte de la agente de policía. Emma ya no abandonaría esa noche la seguridad de su piso.
Así que volvió a concentrarse en la tableta y siguió desplazándose por el expediente. Debajo de la ficha de Emma aparecían otro nombre y otra foto. La anotación correspondiente estaba, igual que la de Emma, marcada solo con signos de interrogación.
Aleksander se mordió el labio inferior. Las instrucciones preveían con toda claridad que en este caso primero debía seguir hasta el final el rastro de Emma antes de dirigirse a un nuevo objetivo.
Pero Emma no solo había resultado ser un obstáculo imprevisto, ahora además estaba bajo la estrecha vigilancia de la policía y había sido advertida.
Sería difícil acercarse a ella sin ser descubierto si ahora también había agentes apostados ante su puerta.
Además, no había ninguna seguridad de que ella lo tuviera a él en absoluto.
Por otro lado, existía la posibilidad de que los investigadores empezaran ahora a seguirles la pista.
Aunque Dennis estaba inconsciente en el hospital, aun así podía suponer un peligro para su operación si la policía averiguaba quién era y, sobre todo, para quién trabajaba.
Eso podía ponerlo todo en juego. Tenían que ocuparse del asunto «Emma Anders» lo antes posible.
Aleksander suspiró y tomó una decisión. Ahora esta era su operación. Tal vez avanzarían más si al principio la dejaba a ella de lado y se ocupaba del siguiente objetivo de la lista.
Pero ya mientras ponía en marcha el todoterreno, Aleksander supo que se estaba engañando.
De nuevo su rostro se abrió paso en sus pensamientos.
De nuevo se esforzó en vano por apartarlo.
No quería pensar en Emma. ¡No debía pensar en ella!
Ella despertaba en él pensamientos que no debía tener, ya no.
Le recordaban algo, a alguien. Pero no quería recordar, necesitaba con urgencia tomar distancia.
Aleksander tomó aire hondo y abandonó con decisión el aparcamiento seguro en el que se había colocado. Tenía en la cabeza la dirección de la siguiente persona objetivo y conocía el camino.
Sin llamar la atención, Aleksander giró y pasó una última vez lentamente por delante de la casa de Emma. Aleksander se permitió mirar hacia sus ventanas, con la esperanza de poder echarle quizá una última ojeada.
Emma seguía sentada junto a la ventana.
Entonces supo que volvería a verla, y pronto. Para él no había ninguna duda. Pero para entonces habría avanzado algunos pasos más. Y estaría preparado.
Hamburgo, 19 de abril de 1986
El pulso le martillea en los oídos. Sus respiraciones son tan cortas que se extraña de que aún llegue aire a los pulmones. Como poseído, corre por los pasillos; no mira a los lados, sino que fija la vista al frente en la búsqueda desesperada de su objetivo.
Por fin descubre los ascensores. Se abre paso a la fuerza entre las personas que esperan delante, todavía jadeando un «¡Disculpe!» mientras se desliza junto a una señora mayor. Aprieta varias veces el botón para llamar al ascensor.
Pasan segundos dolorosamente largos. No ocurre nada. Solo los latidos en sus oídos se vuelven cada vez más fuertes, hasta que cree que hacen temblar todo su cuerpo. Un sudor helado le corre por la espalda.
Se rinde. Rápido, da media vuelta y descubre las puertas de cristal que conducen a las escaleras. De nuevo se abre paso a empujones entre los que esperan, que ahora le lanzan furiosas maldiciones. Pero él se traga el remordimiento que lo invade y se lanza hacia las escaleras.
Por favor, ven , resuena la voz de su madre en sus pensamientos mientras sube las escaleras a toda prisa. Tu padre quiere verte .
Ya ahora sabe que jamás olvidará la sensación que lo invadió en el momento en que su madre le susurró aquellas palabras.
Hacía apenas un instante estaba sentado sin malicia en una clase magistral y luchaba contra el sueño.
Recuerda cómo había registrado con indiferencia que una secretaria entraba en el auditorio y se dirigía al profesor.
Pero ya cuando el profesor pronunció su nombre, le pidió que abandonara la clase y atendiera una llamada en secretaría, había sabido que después de ese día nada volvería a ser como antes.
Su madre lo había llamado a la universidad. Con voz temblorosa le había pedido que fuera de inmediato a ver a su padre. Pero justo cuando él había prometido que iría enseguida a casa, ella dijo: «No está en casa». A continuación le dio el nombre y la dirección del hospital por el que ahora corre.
Por fin llega al piso de destino y se lanza contra la puerta que lo saca de la escalera y lo conduce a la planta donde se supone que debe encontrar a su padre.
Apenas entra en el pasillo, iluminado con una luz deslumbrante, corre hacia el mostrador de las enfermeras, detrás del cual está sentada una mujer de gesto adusto cuyos rasgos duros delatan que hace ya mucho que dejó de interesarse por el destino de sus pacientes.
—¡Disculpe! —grita y por dentro se maldice por seguir usando fórmulas de cortesía a pesar de las prisas. Lo habían educado bien, demasiado bien—. Estoy buscando a mi padre. —Su voz suena débil y temblorosa. Le arde la garganta y ahora siente el corazón como si fuera un bulto doloroso.
—¿Nombre y fecha de nacimiento? —pregunta la enfermera con toda calma mientras lo observa con indiferencia.
—Günther… —No llega más lejos. Por el rabillo del ojo percibe algo. Mira hacia un lado y descubre una puerta abierta que da a una habitación de hospital. Justo detrás, en una cama que en realidad es demasiado estrecha para él, está acostado su padre.
Sin una palabra de despedida y como en trance se pone en movimiento. De pronto, cada uno de sus pasos le parece torpe y pesado.
Hacía apenas un instante estaba sentado en la universidad.
Su vida estaba en orden. Estaba a punto de acabar los estudiaos, era apreciado y tenía grandes planes.
Después del examen le habían ofrecido un puesto de doctorando en un departamento.
La idea de contárselo a su padre, completamente seguro de lo orgulloso que estaría de que su hijo quizá pronto llevara un doctor delante del nombre, lo había llenado de excitación.
—Mi hijo en la universidad —solía tararear su padre feliz para sí mismo.
—Soy el primero de mi familia que estudia —les había explicado él mismo a sus amigos hace apenas unos días—.
Mi padre viene de una familia muy humilde.
Después de la guerra no tenía nada, ni siquiera qué comer.
Pero se hizo a sí mismo, se fue a Hamburgo y levantó su tienda de entre las ruinas.
Trabajó día y noche, a veces hasta caer rendido.
Yo nunca tuve que ayudar, él quería que yo estudiara, que fuera al colegio y que algún día estuviera mejor que él.
Después del trabajo hasta se ponía a estudiar conmigo, solo para que sacara un buen bachillerato.
Un día me voy a desquitar y le voy a dar la vida que se merece. Lo he jurado.
Sin embargo, cuando entra en la habitación del hospital, ya sabe que no llegará a contarle a su padre sobre el nuevo trabajo.
Un breve vistazo al cuerpo demacrado y al rostro hundido basta para disipar cualquier duda.
En esta conversación no se hablará del futuro. Se despedirá. Su padre está muriendo.