Capítulo 51
Ven, entre el humo de la casa en llamas, la silueta de Fernando, que camina con dolor y dificultad.
Corren hacia él y lo sujetan por los brazos para mantenerlo de pie.
«Tenemos que irnos de aquí», les dice. Caminan unos cuantos pasos hasta que escuchan cómo la casa se desploma detrás de ellos.
Voltean para ver los restos de lo que alguna vez fue la casa en la que se reunían todos los años para no perderse, para verse en los ojos del otro y así reconocerse.
Lo que está muerto y destruido no debería moverse, sin embargo, ven cómo los escombros giran, atrapados en un remolino.
La tierra se traga los restos de la casa. Desaparecen frente a sus ojos.
Caminan hacia el portón. Ya no hay nada que hacer en El Álamo, lo mejor es esperar que Joana y Natalia regresen con ayuda.
Explicarles que Verónica incendió la casa y, después, esa misma casa fue tragada por la tierra.
Alguna explicación tiene que existir. Un socavón provocado por las lluvias.
Una erosión acelerada. Una muerte rápida.
Caminan hacia el portón, hacia la salida, pero la tierra debajo de sus pies también se mueve.
Abre espacio para que sus cuerpos caigan, para que el sacrificio de sus carnes permita el nacimiento de un nuevo hogar.
Corren para alcanzar la salvación, pero la tierra es más rápida.
Alcanzan a tomarse de las manos, piensan que, de alguna forma, así no podrán perderse.
Quedan bajo tierra, mezclados con la casa, con los animales, con Carolina y Verónica.
Asfixiados, muertos, con el hambre de la tierra como último recuerdo.
Y una oscuridad que se cierra frente a ellos.