Capítulo 50
Baja al sótano para empezar por lo profundo.
Camina hasta uno de los contenedores de diésel y lo empuja al suelo.
El líquido salpica y se arrastra por el piso.
Toma dos bidones, uno en cada mano, y sube por las escaleras para empapar con el combustible el resto de la casa.
Moja los espacios que la vieron crecer año con año.
Los lugares donde construyó algo que parecía que duraría por siempre.
La casa cruje como si acomodara sus cimientos o se ahogara.
Rodrigo se queda pasmado al verla arrojar el diésel por la cocina.
Grita algo que Verónica no escucha o no entiende y, unos segundos después, está rodeada por los demás.
Intentan acercarse, pero Verónica se aleja de ellos flotando con rapidez, empujada por algo que no es humano ni natural.
Aun así, tratan de acorralarla contra la pared.
Sujetarla con sus brazos. No hay expresiones en el rostro de Verónica.
Parece muerta o sonámbula. Parece un cascarón vacío.
Toma un cuchillo, lo empuña junto a su cabeza. No dice nada, pero sus amigos entienden que es una amenaza.
—Verónica, dame ese cuchillo. Buscaremos ayuda, ¿de acuerdo? Esto no tiene por qué terminar así —dice Fernando mientras camina despacio hacia ella—. Vamos a estar bien. No te dejaré sola.
Caen lágrimas de su rostro inexpresivo. Penetra con el cuchillo el cuerpo de Fernando.
Le da entre las costillas. Saca el cuchillo y lo hunde de nuevo en el cuerpo sin que sus amigos entiendan lo que están viendo.
Sale un sollozo animal del cuerpo de Verónica, un llanto descontrolado.
Apunta con el cuchillo al resto de sus amigos para que no se acerquen, para que no terminen en el piso desangrados como Fernando.
—Yo solo quería que cumplieras tu promesa —dice Verónica con una voz que no es la suya. Una voz grave que no viene de su garganta lastimada, sino que se escucha como desde arriba, como si alguien más alto que ellos pronunciara esas palabras.
El amor es la elección, es el camino, es aquello que se desdobla.
El rostro de Verónica cobra vida de nuevo. Su boca tiembla, sus ojos se entrecierran. Mira horrorizada el cuerpo de su amigo. La sangre en sus manos y en el suelo. Joel se acerca a ella, pero Verónica lo hace retroceder con un grito que termina por dejarla sin voz.
El amor es el camino, es la elección. El amor es el sacrificio.
Verónica toma la caja de cerillos que aguardaba junto a la estufa.
Enciende uno antes de que alguien pueda hacer algo para detenerla y lo arroja al suelo.
Todo a su alrededor es abrasado por las llamas que crecen con rapidez y sin control por la casa agotada.
Los hombres no tienen tiempo de decidir si deberían salvar a su amiga.
El fuego se esparce y Verónica está encendida.
Sin gritar, sin moverse. Dejando que las llamas consuman su ropa, su piel, su cuerpo agotado.
Salen corriendo de la casa, esquivando muebles, abriendo puertas.
Se quedan de pie frente a la casa y ven desde la distancia cómo el color del amanecer se parece al color del fuego.
Ya no hay lluvia que aplaque el fuego.