Cuídate, cariño Capítulo 45
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Capítulo 45

Despierta sentada en una silla en el centro del comedor.

Escucha que sus amigos hablan, aunque no distingue las frases.

Escucha un zumbido en sus oídos. Tiene la vista algo borrosa.

Parpadea varias veces hasta que las figuras a su alrededor recuperan sus contornos.

Intenta ponerse de pie. No puede moverse.

Tiene los brazos amarrados a la silla con una cuerda.

—¿Por qué lo hiciste? —El rostro de Natalia está lleno de lágrimas.

—Yo no fui, se los juro. —La voz de Verónica apenas se escucha. Le duele la garganta al hablar.

—Mataste a Carolina. Vimos el video; no nos mientas.

—Yo también vi el video, pero esa no puedo ser yo. Jamás le haría daño a nadie. Tienen que creerme.

—Verónica, te vimos. Todos te vimos.

Los rostros de sus amigos pasan del terror a la confusión, a la tristeza, al enojo… Todos están callados, mordiendo sus uñas, moviendo las piernas, tocándose el pelo o la barbilla. Natalia es la única que habla, un poco para sí misma, un poco para Verónica y para los demás.

—No puedo creer que hayas hecho esto, ¿qué hiciste con su cuerpo?

Estoy asqueada. ¿Qué te pasa? Estás enferma, enferma.

Debí quedarme con ella todo el tiempo, debí buscarla mejor, pedirle perdón.

¿Qué vamos a hacer? Tenemos que llamar a la policía, ¿por qué no le hemos marcado a la policía?

Hay que hablar con los papás de Carolina.

Natalia se calla por unos segundos, pero no deja de dar vueltas por el cuarto mientras todos la siguen con la mirada. Se acerca a Verónica y le lanza una, dos, tres cachetadas que recibe sumisa, con la esperanza de que ese castigo sea suficien te para tranquilizarla.

—¿Dónde está el cuerpo de Carolina? —pregunta Rodrigo.

—No lo sé.

—Verónica, no hagas esto más difícil. No podemos dejarla a la intemperie. Merece algo mejor.

—No llamen a la policía. Por favor. Yo no lo hice.

—¿Dónde está?

—¿Qué les dijo la televisión?

—¡Estás loca! —grita Natalia—. Deben encerrarte en el psiquiátrico por siempre.

Escucha cómo todos hablan y se interrumpen. No quieren creer que Verónica asesinó a Carolina, pero las pruebas son contundentes.

—¿Por qué se grabó?

—Porque está loca.

—Yo no grabé nada.

—¡Cállate!

—No creo que lo haya hecho estando consciente. Pudo haber tenido un brote psicótico.

—¿Un qué?

—No sé. Una crisis mental.

—¿Qué importa? Hizo lo que hizo. ¿Van a protegerla? Estoy segura de que no. Debemos marcar a la policía ya.

—¿Y el cuerpo?

—Que la policía se encargue de encontrarla. No podemos saber dónde la escondió.

—Me duele decir esto, pero quizá los animales se comieron los restos.

—Pero no puede desaparecer por completo. Solo sabemos que debe seguir dentro de la propiedad. Los videos de seguridad nunca vieron salir a Verónica.

Fernando es el único que no forma parte de la conversación.

Ha escuchado historias, pero nunca las ha creído.

Cuentos que hablan del poder de El Álamo.

Del hambre que tiene la propiedad. «¿Qué gano al contarles lo que otros me han contado?

», se pregunta. No hay nada que pueda hacer para recuperar el cuerpo.

Si El Álamo se lo ha tragado no sabría dónde buscarlo.

¿Y de qué sirve? No se gana nada al recuperar lo muerto.

No, hablar no sirve de nada. Excavar no sirve de nada.

El silencio, en cambio, ayuda. «No puedo salvar a Carolina.

No puedo salvar a Verónica. Apenas puedo salvar mi cordura».

—No podemos dejarla amarrada todo el tiempo —dice Joana.

—La voy a soltar.

—Sí.

—¡No!

—Suéltenla mientras decidimos qué hacer —ordena Fernando. Manuel lo obedece, se acerca a Verónica y libera sus brazos.

—¿Cómo que mientras decidimos qué hay que hacer? Hay que llamar a la policía ya. No sé si les interesa Carolina, pero por lo menos debe interesarles su propia vida. No quieren ser cómplices de un asesinato, ¿o sí? —Natalia sigue moviéndose por todo el cuarto.

—Seguimos sin señal, no podemos hacer llamadas.

—Yo bajo al pueblo para buscar a los soldados.

—Esta no es tarea de soldados —interviene Manuel.

—Alguien tiene que hacer algo. Rodrigo, préstame las llaves de tu coche.

—No creo que sea buena idea ir por los soldados.

—Préstame las llaves, por favor.

—El camino puede seguir siendo peligroso, Natalia. Puedes empeorar las cosas.

—¿Empeorar las cosas? No creo que las cosas puedan empeorar. Nos acabamos de enterar de que Verónica es una asesina. Por favor, préstame las llaves o bajaré caminando.

—Las llaves están colgadas en la entrada.

Las miradas de Joana y Verónica se encuentran.

«Ve con ella», Joana lee en los labios de su amiga.

Verónica no alcanza a comprender lo que sucede, le retumban los oídos, le quema la garganta y siente la sangre pasar por la vena de su frente, pero entiende que una versión suya quiso sacar a Joana de El Álamo.

Lo mejor será alejarla lo más posible de este lugar.

Joana corre detrás de Natalia, grita que la espere, que la acompañará.

Se sorprende al hacerle caso a Verónica.

No debería confiar en ella, sin embargo, confía.

No comprende por qué hizo lo que hizo, pero sabe que no le hará daño.