Capítulo 17
La ayuda a bajar su maleta por las escaleras y la abraza de nuevo.
Joana recoge la llave que Manuel le dejó sobre la mesa y sale de la casa.
Verónica se asoma por la ventana y ve cómo su amiga se aleja.
Está lloviznando, pero por suerte el camino se mantiene en las mismas condiciones que cuando llegaron.
La sonrisa en el rostro de Verónica se borra cuando se da cuenta de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se sintió feliz.
Feliz de verdad por ella o por alguien más.
Feliz por algo cotidiano y real. Quisiera saber por qué las etapas más felices de su vida siempre han sido en compañía de un hombre.
No entiende qué le dan ellos que no puede darse a sí misma.
Le preocupa que la felicidad sea algo que cada vez experimente con menor frecuencia.
Que la vida solo sean esos momentos iluminados y, en medio de ellos, solo oscuridad y un vacío en la memoria.
El desayuno pasa con calma. Parece que Rodrigo y Manuel han olvidado la discusión que tuvieron alrededor de la fogata.
Natalia no hace ningún comentario, así que Verónica decide perdonarla sin que ella haya pedido una disculpa.
Piensa que es mejor así. Dejarlo ir de su mente para no cargar más resentimientos de los que ya lleva consigo.
Joel tampoco dice nada de lo que pasó anoche, saluda a todos como si nada hubiera sucedido.
A Verónica le gustaría una explicación, que los dos se sentaran en medio del bosque para que nadie más los escuchara y así Joel pudiera contarle de dónde viene esa nueva sed de dolor, ese cambio en cómo vive el sexo.
Le gustaría también otra explicación: ¿por qué se fue de la cama?
, ¿por qué dejó que pasara la noche sola?
¿Por qué se siente usada si era ella quien quería que lo de anoche pasara?
Toda su atención estaba concentrada en sus amigos, tanto, que tardó un tiempo en darse cuenta de que está sentada frente a la ventana.
Al ver la ventana viene a su mente una frase, aún no sabe cómo llegó a ella.
Le parece romántica, pero no logra recordar si alguien se la dijo o si la leyó en algún libro.
—Parece que esta noche se espera más lluvia.
Tenemos comida suficiente, pero, si necesitan algo específico, deberían pedírselo a Rodrigo antes de que vaya al pueblo.
Le diré a los empleados que se tomen hoy y mañana, no quiero que suceda un accidente.
Estoy seguro de que podremos arreglárnoslas sin ayuda.
—Fernando deja su taza en la mesa después de terminar lo que quedaba del café.
—¿Alguien me quiere acompañar? No quiero bajar solo. ¿Nadie? ¿Manuel?
—¿Qué?
—Acompáñame.
—Puedes ir solo, no te vas a perder.
—Pero no quiero ir solo, quiero compañía.
—No quiero tener que cruzarme con esos soldados otra vez.
—Vas conmigo. Ya saben quién soy y en dónde estamos. No te dirán nada. Anda.
—Qué bien jodes, Rodrigo.
—¿Entonces vienes?
—Sí, sí, pero déjame en paz un rato. ¿Van a querer algo? Bueno, si quieren algo, nos escriben y así no lo olvidamos.
Nadie menciona a Carolina, aunque todos recuerdan que la razón por la que bajarán al pueblo es para preguntar por ella.
Solo ha pasado una noche desde que se fue de El Álamo, pero parece que pasó más tiempo.
Verónica quiere hacer más preguntas que puedan tranquilizarla, pero se contiene porque sabe que eso molestará a Natalia.
Se sentirá responsable de Carolina, así como Manuel siente la carga de Rodrigo.
Ella, hasta cierto punto, siente responsabilidad con Joana; quiere que le vaya bien en su entrevista o por lo menos ayudarla a conseguir otro trabajo.
Del grupo de amigos, solo Fernando parece libre de toda carga, se pasea por su casa con total tranquilidad.
Se desnuda frente a ellos sin que esto le cause pudor.
Parece vivir una mejor vida. Verónica se pregunta: «¿Quién cuida de nosotros?
¿Quién cuida de Joel para que ahora confunda el dolor con el cariño?
Yo quería que se arrepintiera, pero ahora creo que solo quiero protegerlo».
—¿Tembló? —pregunta Verónica, un poco confundida.
—Aquí no tiembla —responde Fernando igual de confundido.
—Sentí que la silla se movió.
—Yo no sentí nada. Quizá te mareaste, ¿te sientes bien?
—Juro que sentí que tembló. No de lado a lado, sino de la otra forma, ¿cómo se llama?
—¿Temblor en vertical?
—Tiene un nombre. No me acuerdo cómo se le dice, pero sí, sentí… sentí como si levantaran la silla y me dejaran caer.
—Qué raro. No lo sentimos, tal vez es la cruda; ¿quieres un suero?
—No, no quiero. Voy a nadar un rato.
Le molesta que lo que ella sintió no lo hayan sentido los demás, que parezca loca.
Ya se estaba acostumbrando a sus visiones extrañas.
Intenta que todas esas sensaciones no la perturben, pero esto es nuevo.
Ella ha escuchado que ahí no debería de temblar, es algo que siempre les han dicho.
Al crecer veían cómo en las noticias o en la radio de camino a la escuela se hablaba de algún temblor que había derrumbado algunas casas o edificios.
Personas que se habían quedado sin nada.
En un par de ocasiones, acompañó a sus papás a un centro de acopio para mandar ayuda a las personas que vivían en el sur.
Su mamá le decía: «No te preocupes, aquí no tiembla».
Cuando creció y tuvo que buscar un nuevo departamento, preguntaba a los asesores de ventas qué tan preparada estaba la torre para un sismo.
Siempre le respondían lo mismo: «Aquí nunca tiembla».
Verónica sabía que sí temblaba; muy pocos temblores y de muy baja intensidad, pero sí temblaba.
Lo sabía porque le aterraba morir enterrada debajo de los escombros.
Pasar dos, tres días bajo los restos de su hogar, esperando a que alguien la rescatara.
Muriendo de hambre y de sed, pero mojada por su propia orina.
Las pocas cosas que Verónica recuerda, las recuerda por siempre.
Sabe, entonces, que aquí sí tiembla. Sabe también que sintió un temblor.