Capítulo 7
La misma mesa en la que cenaron se encuentra llena para el desayuno.
Ayer no había nadie trabajando en la propiedad, pero quizá la cocinera pasó temprano por aquí.
Duda que hayan sido sus amigos quienes prepararon toda esta comida: hot cakes, tocino, huevos, yogurt con frutas, pan tostado, mermeladas, cuatro prensas francesas puestas al centro de la mesa.
Los ostiones de la noche anterior eran diferentes, no requerían tanto trabajo y no lo hacían por la comida, sino para adornar la mesa.
Solo quedan dos sillas libres. Verónica durmió poco, pero sus amigos siempre se han despertado más temprano que ella. Todos menos Rodrigo, que normalmente sigue tan borracho que no despierta hasta después del mediodía. Hoy, hasta él despertó antes que ella.
—¿Todavía no baja Carolina?
—Se fue.
Natalia lo dice con desinterés, como si estuviera agotada por las discusiones que ha tenido con Carolina y al fin pudiera tener algo de descanso.
—¿Cómo que se fue?
—Me escribió en la madrugada que se iba, no dio muchas explicaciones. Apagó su celular.
Los demás permanecen en silencio, observando la conversación entre ellas. Quizá ya estaban al tanto, al final de cuentas, ella fue la última en sentarse para el desayuno.
—¿Cómo se fue? Ella llegó con ustedes.
—Seguramente le pidió al güey con el que está saliendo que viniera por ella. Ayer en la noche los escuché hablando por teléfono.
—¿Está saliendo con alguien? No sabía.
—Algo así. Él está enamorado y a ella le gusta la atención. Como a todos.
—¿Cómo salió? —preguntó Fernando esta vez.
Natalia voltea los ojos y exhala con exageración; quiere que todos la escuchen, que sepan el fastidio que lleva encima. Que dejen de hacer preguntas.
—¿Cómo que cómo salió?
—¿Cómo salió? La puerta estaba cerrada. Yo la aseguré antes de dormir.
—Todos sabemos el código de tu portón, Fernando. Ha sido el mismo desde el 2008, no sé por qué te sigue sorprendiendo.
Verónica tiene frente a ella la ventana por la que vio pasar la luz y la sombra. Sabe que había tomado algunas copas y sabe también que no ha sido ella desde que Joel se fue, pero ahora más que nunca, está segura de que lo que vio la noche anterior es real.
—¿Cómo se llama la persona con la que está saliendo?
—Saúl.
—¿No puedes escribirle? Quiero asegurarme de que esté bien.
—¿Por qué razón tendría el número del güey con el que está saliendo Carolina?
Un silencio queda flotando en el aire; solo es cortado por los ruidos de los cubiertos, las tazas y los platos. Carolina se fue. La única persona que podía entender la espiritualidad, la necesidad de encontrar una respuesta, aunque se tuviera que buscar en un mundo diferente, en lo no palpable.
Verónica toma una mandarina sin perder de vista la ventana. Mete sus pulgares en donde antes estaba el pedúnculo y le arrebata la cáscara. Muerde el gajo y el dulzor de la fruta le recuerda que están en temporada.
—¿Alguien quiere nadar?
Para Joana, las albercas son el único lugar en los que puede desconectarse del mundo real.
Bajo el agua no hay conversaciones, ni música, ni siquiera los estímulos visuales.
No hay más que el control consciente de la respiración y el fondo celeste del carril de nado.
A Verónica ese silencio la aterra. Estar encerrada con ella misma, con sus pensamientos que corren como el hilo que jala del suéter hasta que solo existe el hilo.
No tener ni la poesía para salir de ella misma.
Aun así, es la única que decide acompañarla a nadar.
Los demás quieren seguir durmiendo o hacer cualquier otra cosa menos ejercitarse.