¡Cuidado con el «simpático» del poli! Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

Sonreí, pensando en todo lo bueno que me trajo el viernes noche del encuentro con los excompañeros de estudios. Había recuperado a un buen amigo, conocido a varios más, y encontrado al hombre que me tenía la cabeza loca. Por muchos motivos.

Verlos a todos con las parejas que habían elegido me hizo tragar saliva y cerrar los ojos unos instantes.

Capítulo 40

—Por nosotros —dijo Tania.

Levantó su copa y todos la imitamos.

Bebimos un sorbo de nuestras bebidas. Todas tenían alcohol, menos la de Ingrid.

Tania salió corriendo con su copa en alto y comenzó a reír nerviosa, cuando Matías fue detrás de ella.

Los perdimos de vista en la oscuridad de la playa.

Llevábamos media hora aquí, cerca de la orilla del mar. Después de cenar con mi abuela, Marga y Mabel, mis amigos y yo salimos a dar una vuelta por el pueblo.

Nos habíamos encontrado las calles muy animadas. En la zona más céntrica decidimos sentarnos en la terraza de un bar de copas y pedirnos una.

Allí estuvimos hasta que nos las terminamos. Quisimos alejarnos un poco del bullicio, para ir más por libre, y con ese pensamiento, hablando, llegamos a la conclusión de que el mejor sitio sería en la playa.

No teníamos pensado volver tarde a la casa, ya que hoy todos estábamos cansados. Dijimos de comprar una botella de refresco y dos diferentes de alcohol, con la idea de que nos sobrara para tener para otros días.

No estábamos bebiendo mucho. A ninguno nos había subido y teníamos controlada la noche.

Éramos los únicos que nos encontrábamos en esta parte de la playa. La poca luz que había era la de nuestros móviles y la de la luna llena que se reflejaba en el agua.

Continuamos escuchando las risas de Tania durante un rato, hasta que todo se quedó en silencio. La parejita, aun sin verlos, nos dejó claro en lo que se entretenían ahora. Esperaba no escuchar gemidos ni jadeos en cuestión de poco tiempo.

Tania y Matías eran unos expertos en desaparecer constantemente.

—¿Estás cansada? —le preguntó Julio a Ingrid.

—Como todos, pero aguanto bien —le contestó ella.

—¿Seguro? —insistió Julio—. Podemos estar de fiesta mañana.

—Hombre, si lo pintas así…

Rieron ambos.

—Chicos, nos vamos —nos dijo Julio.

Nos despedimos de ellos y se fueron hacia el paseo. Este quedaba apartado, pero era visible por las farolas que había a lo largo de él.

Marga había repartido varias llaves entre nosotros. Julio tenía una, por lo que no tendrían problema para entrar en la casa ni tampoco despertarían a mi abuela, a Marga y a Mabel.

—Yo no creo que aguante mucho más —dijo Clara—. Me ha dado un bajón.

—Podemos irnos todos —comentó Mauro—. Tú también tienes cara de cansada —se dirigió a mí.

—Hoy sí —les confirmé.

—¿Dejamos a la parejita a su aire? —preguntó Clara.

—No creo que quieran que los molestemos —comenté y sonreí de medio lado.

—Tienes razón —rio Clara y Mauro sonrió con picardía.

Nosotros tres elegimos compartir habitación. Julio e Ingrid estaban en otra, y Matías y Tania en otra. Después estaban las habitaciones de Marga y en la que dormían mi abuela y Mabel.

Todavía quedaba sitio libre, el que ocuparía yo cuando notara que Mauro y Clara querían intimidad. Eran los menos activos, ya que estaban tomándose con mucha calma el conocerse despacio, pero de vez en cuando no podían controlarse.

De manera que en esos calentones yo me iría al salón, para dormir en paz y tranquila en el sofá cama. Se convertía en una cama doble y era muy cómoda.

—¡Tania! —alcé la voz, solo para avisarla y que no se preocuparan cuando nos buscaran al terminar.

Ellos tenían otra llave de la casa.

—Nos vamos todos. Nos vemos mañana.

—Valeee… —dijo ella

Clara, Mauro y yo nos sonreímos y comenzamos a caminar hacia el paseo.

—Se está muy bien aquí —comentó Clara.

—Estoy de acuerdo —habló Mauro—. Sería una pasada abrir un restaurante aquí —dijo pensativo.

—Oye, ¿cómo va tu idea de montar uno donde vivimos? —le pregunté.

—Hace días que no hablas de ello.

—Porque no tengo nada nuevo que decir. He dejado un poco parado lo del local porque estaba afectándome demasiado a los nervios. Quiero tomármelo de otra manera.

—Pues has hecho muy bien. —Asentí—. Lo primero es la salud y después lo demás.

—El local que me gustaba ya no está disponible. Era el perfecto, pero no va a poder ser.

—Encontrarás otro mucho mejor y que encaje en lo que buscas —le dijo Clara.

—Eso espero, pero como no quiero llegar al nivel de agobio de hace unos días…

Nos quedamos callados cuando llegamos frente a la puerta de la casa. Metí mi llave en la cerradura y abrí.

—¿Te apetece un poquito más de conversación? —le preguntó Clara a Mauro, hablando en tono bajo.

Fue una clara invitación para algo más.

Los demás hablamos de la misma manera para no molestar a los que ya estaban descansando.

—Chicos, quedaros en la habitación y yo me vengo al sofá cama a dormir —les propuse—. Voy un momento a coger el pijama y el neceser, y es toda vuestra.

—No hace falta —me dijo Clara.

—Y tanto que sí. —Le hice un guiño.

—Gracias, preciosa —habló Mauro—. No corras, nosotros esperamos en el sofá.

—Vale —les sonreí.

Me dirigí al pasillo, por el que tuve más cuidado al pasar, y entré en la habitación.

Cerré la puerta a mi espalda y mandé a la mierda de golpe lo de ser silenciosa y cautelosa. Solté un grito fuerte por el susto que me llevé, justo cuando encendí la luz de la habitación.

—¿Qué…?

Mi voz sonó aguda.

Para mi sorpresa, la casa que estaba en silencio absoluto se llenó de silbidos, risas, aplausos y palabras de ánimo para Sergio y para mí.

Incluso escuché la voz de Tania. ¿Cómo había venido tan rápido?

—Hijo, mañana te conozco mejor. No nos ha dado tiempo a mucho.

Agradé los ojos al escuchar a mi abuela hablándole a Sergio. Él sonrió de medio lado.

—Estaré encantado, Coral —le dijo él.

—¿Esto qué es? —pregunté.

—Déjate de preguntas —me gritó Clara, entre risas—.

Desde hace unos días todos sabíamos que mi hermano iba a darte esta sorpresa.

Lo único que ha variado es el lugar, ya que le hicimos cambiar el escenario cuando le dijimos que veníamos de viaje a este pueblo.

Todos hemos colaborado. Así que disfruta, Gloria.

—Eso —rio Tania—. A tu abuela, a Marga y a Mabel ahora les damos una pastillita para que duerman en cuanto se tumben en la cama. No queremos que sus delicados oídos escuchen marranadas.

—¡Niña! —le dijo mi abuela, a modo de regañina.

Se notó la contención de la diversión en la voz de mi abuela al hablar.

Tania soltó una fuerte carcajada.

—Estos jóvenes se piensan que nosotras no hemos vivido a lo grande —habló Mabel.

—Si ellos supieran… —dijo Marga y después rieron ambas.

—Eh, ¡yo quiero saber eso! —se quejó Tania—. ¿Por qué nunca nos habéis hablado a Gloria y a mí de vuestras aventuritas y travesuras?

Las risas de Marga, Mabel y mi abuela se perdieron por el pasillo.