PrólogoLas tierras egipcias #2
Desde los tiempos de Menes, unificador del reino y primer faraón, los antiguos egipcios llevaron una vida tranquila y casi sin cambios, de manera prácticamente ininterrumpida hasta que llegaron los viajeros griegos, como Heródoto, ávidos de descubrimientos.
A lo largo de su historia, recibieron algunas invasiones del exterior: por ejemplo, hubo un pueblo misterioso, los hicsos (algunos estudiosos creen que se trata de los israelitas), que se hicieron con el control del Delta del Nilo durante cien años.
En otra ocasión, doscientos años antes de los viajes de Heródoto, Egipto fue conquistado durante un tiempo por los asirios, y después por los persas.
Si bien en la época de Ramsés II (1290-1224 a.
de C.) el imperio egipcio cubría la mayor parte de Palestina y Siria, apenas un siglo después, el Delta del Nilo sufría un fallido intento de invasión por parte de los griegos del período micénico.
No obstante, la vida cotidiana en Egipto apenas registró cambios.
Las gentes vivían con sencillez, normalmente sin pasar estrecheces; cultivaban la tierra tras la inundación anual, y cuando la actividad agrícola cesaba, en los cuatro o cinco meses al año que las riberas estaban anegadas de agua, se dedicaban a levantar pirámides, templos y tumbas.
También reservaban para el asueto una considerable cantidad de tiempo, aunque gran parte de él lo ocupaban las ceremonias religiosas.
Aunque todavía les quedaba ocasión para bailes, cánticos y la narración de cuentos.
Por regla general, los relatos y las músicas eran transmitidos oralmente y casi nunca se escribían.
En ocasiones, si versaban sobre dioses (categoría que incluye a los faraones), se inscribían en los templos y santuarios.
Así pues, entre los cuentos que recoge este libro, El príncipe y la esfinge se puede leer en los jeroglíficos de una lápida de un pequeño templo entre las garras de la esfinge de Guiza; el relato de La legendaria reina Hatshepsut lo podemos leer en las paredes del templo de la reina en Deir el-Bahari, al oeste de Tebas; La princesa y el demonio , por su parte, en una estela de arenisca hallada en el templo de Jonsu en Tebas, que ahora está en París; por último, Jnum, dios del Nilo se halla, inscrito en piedra, en la isla de Elefantina.
Relatos como Ra y sus hijos u Horus, el Justiciero y muchas de las descripciones de El reino de los muertos proceden de la unión de diversos fragmentos de inscripciones y estelas hallados en lugares como la pirámide de Djoser, las tumbas de Seti I y de Ramsés I y II, el templo de Edfu dedicado a Horus, o retazos de papiro como el Libro de los Muertos , el que se incluía en las tumbas de aquellos que no tenían dinero suficiente para que les hiciesen un relieve o un fresco que les sirviese de guía por el mundo subterráneo.
La historia de Osiris no solo la conocemos gracias a estas fuentes.
En el siglo I de nuestra era, el escritor y filósofo griego Plutarco recogió la leyenda de este dios en su tratado Isis y Osiris , que sabemos que es exacto porque así nos lo confirman, entre otras, las muy remotas inscripciones de Abidos.
La mayoría de los cuentos de magia o de aventuras aquí incluidos fueron escritos, o transcritos, en los últimos dos mil años de la antigua civilización egipcia.
El loto de oro y Djedi, el hechicero proceden del papiro Westcar, conservado hoy en Berlín, y que se cree que data de la XII Dinastía (2000-1785 a.
de C.). Los dos hermanos fue escrito probablemente por Ani, el escriba predilecto del faraón Seti II (sobre el 1200 a.
de C.). El campesino y el funcionario real aparece en varios papiros incompletos de fecha desconocida, pero juntándolos se puede conseguir la historia completa.
La historia del marinero que naufragó también procede de épocas muy remotas, es posible incluso que sea de la XII Dinastía; pero los expertos no se ponen de acuerdo sobre la fecha del papiro, que se encuentra hoy en Moscú.
Se-Osiris y la carta sellada , El Libro de Tot , Las aventuras de Sinhué y La toma de Joppe proceden todos de manuscritos tardíos, fechados después del 715 a.
C., época en que se popularizó el demótico, una nueva forma de escritura que dejó relegada a la jeroglífica.
No obstante, el origen de estos relatos se halla, casi con total certeza, en tiempos muy anteriores, mucho antes de que se escribiesen las copias que nos han quedado; es posible, incluso, que su origen se remonte a las XIX y XX Dinastías, que fueron el período posterior a la edad de oro de Ramsés II.
De los últimos tres cuentos solo nos han llegado sus versiones griegas.
El primero que narró en esa lengua la historia de La princesa griega fue Estesícoro (ca.
640 a. C.-ca. 550 a. C.), aunque de sus obras solo nos quedan fragmentos; Heródoto le dedica varios capítulos a la misma historia, y Eurípides se basó en ella para una de sus obras.
Sin embargo, resulta evidente que el origen de la historia es egipcio, ya que es imposible que los griegos entendiesen del todo lo que era el ka de la princesa (el ka era un doble espiritual que tenía cada persona): este concepto no aparece en ningún otro lugar de la mitología y literatura griegas.
Los escritores británicos Rider Haggard y Andrew Lang detectaron el claro origen egipcio de este relato, y emplearon algunos de sus elementos para escribir una magnífica novela histórica situada en el reinado de Merneptah, hijo de Ramsés II, titulada The World’s Desire [El deseo del mundo].
Rider Haggard volvió a emplear el mito del ka , aún con mayor fortuna, en su novela Estrella matutina , que es una de las mejores recreaciones literarias del Antiguo Egipto que se hayan hecho jamás.
El ladrón de tesoros fue un relato que escuchó Heródoto en su viaje a Egipto, y lo incluyó en sus Historias ; por lo que respecta a La muchacha de las zapatillas rojas , que es la versión más primitiva que conocemos del cuento de la Cenicienta, Heródoto supo evidentemente de la existencia de Rodopis, que fue casi su contemporánea, pero la confundió con una aventurera reina anterior: la historia completa nos la narró otro griego del siglo III de nuestra era, Eliano, en su Varia historia .
Podemos afirmar, para concluir, que los cuentos del Antiguo Egipto aquí recogidos son una muestra de una tradición literaria escrita que duró más de dos mil años, una tradición de la que nos separan ya cuatro mil años, o quizá incluso cinco mil, si consideramos que las historias de dioses ya se transmitían oralmente en tiempos de los primeros faraones, antes de que Djoser y sus sucesores comenzaran a dejarlas inscritas en los jeroglíficos de los muros de los templos o cámaras funerarias.
Desgraciadamente, de una era tan remota han llegado hasta nosotros solo unos pocos cuentos.
De esos pocos, aquí han sido seleccionados y reelaborados los mejores.
Son las narraciones más antiguas que conoce la humanidad; narraciones que, en su mayor parte, no parecen acusar el paso del tiempo, pese a que su apariencia nos evoque la magia del tiempo perdido y de las distancias lejanas; narraciones que nos transmiten, con un susurro, la vida de un pasado que se hunde en las brumas del tiempo, que nos desvelan destellos embriagadores del mundo perdido del Antiguo Egipto.
El murmullo de un credo desvanecido,
canción de juncos que el viento mece
a orillas del Nilo, el río sagrado.