Cuentos del antiguo Egipto PrólogoLas tierras egipcias
3%
Cuentos del antiguo Egipto

Cuentos del antiguo Egipto

Por Roger Lancelyn Green

© inepub.com

PrólogoLas tierras egipcias

Egipto siempre ha sido una tierra llena de magia y misterio, un país diferente de todos los demás; lejano, extraño y difícil de comprender, pero que suscita una extraña fascinación.

De todas las regiones del mundo antiguo, Egipto fue la más autosuficiente: sus costumbres eran distintas; también lo eran sus creencias.

Las leyendas egipcias surgieron de manera autónoma, sin ninguna influencia de otras civilizaciones.

Las creencias religiosas de un pueblo, la forma que adopta su civilización y las leyendas que acaban dando forma a su literatura responden en gran medida a las condiciones naturales de la tierra que habitan.

Por ejemplo, en Mesopotamia, la lúgubre monotonía de su paisaje de barro, con llanuras que se extienden en cualquier dirección hasta el infinito, hizo que la religión babilonia fuese sombría y se caracterizase por un pesimismo sin esperanza.

En Grecia, la asombrosa belleza de las montañas, valles y costas serpenteantes bañadas en una radiante luz dio lugar a los mitos y leyendas inmortales de esa hermosa tierra.

En el caso de los pueblos nórdicos, el viento frío y cortante, y una perenne proximidad del invierno cruel, fueron el origen del fatalismo heroico y valeroso de las sagas.

Para aquel que no lo haya visitado, es muy difícil imaginarse cómo es Egipto, incluso con la ayuda de los mitos y leyendas.

El antiguo historiador griego Hecateo dejó escrito que «Egipto es el don del Nilo»; de hecho, el Nilo es Egipto.

Con la excepción, al norte, del fértil Delta (un terreno verde y triangular casi a nivel del mar, con lados de aproximadamente doscientos kilómetros), Egipto no es más que la angosta cuenca del Nilo, un pasillo que atraviesa cientos y cientos de kilómetros de desierto, a los que hay que sumar otros mil si continuamos el curso río arriba, atravesamos Sudán y llegamos a Etiopía.

A principios del siglo XX , en su primera visita al país, Rudyard Kipling escribió lo siguiente: «Recorrer el transcurso del Nilo hacia sus orígenes es saldar cuentas con la Eternidad.

Hasta que uno no lo ha visto, es incapaz de imaginar cuán minúsculo es este hilillo de vida y agua que discurre victorioso y que traspasa las fauces de una muerte segura.

Si se disparase un rifle, la bala llegaría al confín más lejano de toda la superficie cultivada; si se disparase un arco, la flecha iría más allá de los huertos pequeños […

]. El desierto nunca deja de agotarlo a uno, cada día, hora tras hora».

Excepto en el Delta, si una persona se aventurase sin agua en el desierto, dejando atrás el río, moriría de sed antes de que le diera tiempo a volver a buscarla. Hacia el oeste hay más de seis mil kilómetros de desierto, y aproximadamente la mitad hacia el este, contando el mar Rojo.

Toda la vida de Egipto dependía del río y de su desbordamiento.

Todos los años, de junio a octubre, a causa de las torrenciales lluvias en Abisinia, a miles de kilómetros de distancia, el Nilo experimentaba una crecida que inundaba tanto la cuenca como el Delta y dejaba un espeso sedimento de cieno y limo.

En esta capa de barro crecían las cosechas con fertilidad sorprendente: cereales de todo tipo; hortalizas y legumbres; frutos como la uva, el melón o el dátil.

Si un año la crecida era muy pequeña, el hambre se apoderaba de Egipto. Y si se sucedían varios años de malas cosechas muchos morían de inanición, a menos que el faraón contase con un José como el de la Biblia, que hubiese almacenado grano, como precaución, en los años de abundancia.

Con la muerte siempre tan próxima, los antiguos egipcios desarrollaron cierta obsesión por el más allá, aunque esto no suponía que no supiesen disfrutar de la vida.

A su manera, Egipto es una tierra de gran belleza: el río refulge bajo un sol intenso; los palmerales y tamariscos dan cobijo, una corta temporada al año, a una profusión de flores de vivos tonos; en las márgenes del desierto, sobre todo al oeste de Tebas, los acantilados despiden colores de una hermosura indescriptible, primero tenues, luego profundos, y luego oscuros, reflejando el ir y venir del sol; por último, cuando llega el súbito frío de la noche, brillan las estrellas con extraordinaria vivacidad en un cielo semejante al terciopelo negro.

Ra, o Amón-Ra, como sería conocido más tarde, era el dios del sol y la deidad más antigua e importante.

La segunda divinidad en importancia era el propio Nilo, a veces adorado bajo la forma del dios Jnum, aunque con mayor frecuencia el río era simplemente el símbolo del origen de la vida y la fertilidad; conceptos que la diosa Isis acabaría encarnando.

Pero la divinidad más poderosa era Osiris, dios de la ultratumba, hermano y esposo de Isis, y primer faraón humano de Egipto. Cuando Osiris volviese a la tierra, su reinado sería eterno y todos los muertos resucitarían.

De igual modo que Osiris había sido un faraón humano que se había convertido en dios, los sucesivos faraones eran considerados dioses terrenales que se convertirían, a su muerte, en dioses celestiales del reino de Osiris, también llamado Tuat o mundo subterráneo.

Por tanto, desde los albores de la cultura egipcia, las tumbas de los faraones y los templos mortuorios donde se honraba su memoria se construyeron con la piedra más resistente que se pudo encontrar.

Para su decoración se cubrieron de relieves, frescos e inscripciones que han llegado hasta nosotros miles de años después y nos desvelan cómo era la vida de los egipcios, cuáles eran sus creencias, cómo eran sus mitos y narraciones.

Las viviendas y palacios se construían con ladrillos de adobe, pues solo debían durar hasta la muerte de sus habitantes; prácticamente no han quedado restos.

Sin embargo, los templos, las pirámides y las tumbas excavadas en la roca fueron construidos para durar eternamente.

Los monumentos egipcios son, cronológicamente, los primeros del mundo antiguo, y siguen siendo de los más imponentes e impresionantes de dicho período.

En el Antiguo Egipto, las narraciones acababan con un final idéntico al de las vidas de los mortales: una grandiosa procesión fúnebre hasta una tumba, excavada en la roca, en la ribera occidental del Nilo, donde comienza el desierto.

Después de diversos rituales, allí se depositaban los cuerpos, en un cobijo seguro en espera del regreso de Osiris, cuando resucitarían las almas de los muertos.

Entonces cada alma volvería al que había sido su cuerpo en vida y viviría eternamente en un reino terrestre pero inmortal.

Todos los súbditos egipcios hacían lo posible por construirse magníficas tumbas; cuando moría alguien, sus descendientes intentaban que el cuerpo fuese embalsamado y momificado, y procurarle una tumba.

Sin embargo, las tumbas mejores y más duraderas les estaban reservadas, como cabe esperar, a los faraones, pues eran el lugar donde se honraba eternamente su memoria.

Los faraones de las primeras dinastías, como Djoser, Keops o Kefrén, se hicieron construir las imponentes pirámides que han sobrevivido cinco mil años y que han mantenido vivo el recuerdo de dichos monarcas.

Faraones posteriores, como Hatshepsut, Ramsés II o Seti I, mandaron excavar unas tumbas enormes en el Valle de los Reyes, al oeste de Tebas, formadas por sucesivas cámaras que se van adentrando cientos de metros en el interior de la roca.

El cuerpo del faraón se colocaba dentro de varios sarcófagos en el centro de la pirámide, o en la última cámara si la tumba era excavada.

El primer sarcófago, el más grande, se hacía de granito de Syene, que es la moderna Asuán.

El último, el más pequeño, era de oro. Junto a él se enterraban innumerables tesoros y sus posesiones más queridas, desde carros y tronos hasta abanicos y cajitas de fina pomada.

También se dejaban unas figurillas conocidas como shabti , que eran representaciones de hombres y mujeres realizando tareas terrenales tales como la agricultura y la pesca; otros tejiendo, otros cocinando, y otros que remaban en el barco real, todos atareados: porque en el más allá, la vida del faraón, el buen dios, sería igual que en la tierra, y allí iba a necesitar todas sus legítimas posesiones.

Las escenas de las paredes de las cámaras funerarias, al fresco o en relieve, no solo reproducían escenas de la vida en la tierra, sino también de la vida en el más allá.

De este modo, el ocupante de la tumba tenía una guía que le ayudaba en su viaje hacia el oeste, donde se encuentra el Tuat, el reino de los muertos.

Es un gran misterio cómo podían saber los egipcios, con tanta exactitud, lo que se iban a encontrar en el viaje hacia el Tuat.

Sin duda debieron de existir historias contadas por hechiceros y otros personajes, individuos que habían hecho el viaje a esa tierra fantasmagórica y habían vuelto para contarlo.

Pero todos los relatos se han perdido; menos uno.

Lo único que nos queda de este son breves fragmentos, aunque con la ayuda de los frescos y de las inscripciones de las tumbas, podemos reconstruir ciertas descripciones del Tuat y del juicio de Osiris.

En esta tarea también nos son de gran ayuda los rollos de papiro que incluían en sus tumbas aquellos que tenían menos dinero y no podían encargar los frescos como guía.

Estos papiros que sustituían a los frescos recibían el nombre de Libro de los Muertos .