6
Evelyn se quedó helada. Samuel también.
El duque. No, no, no, de ninguna manera.
Claro. Claro que el duque aparecía ahora.
No aparecía en su alcoba. No aparecía de noche.
No aparecía donde debía aparecer. Pero en el instante en que ella estaba de pie en una cuadra con un hombre apuesto y un broche desabrochado, ahí venía, como la mano fría del juicio.
Samuel se movió rápido. Le tomó la mano y la atrajo con suavidad, pero con firmeza, hacia un pesebre vacío.
—Aquí —susurró.
No hubo tiempo de pensar. Ni de discutir.
Evelyn tropezó hacia dentro justo cuando crujió la puerta exterior.
El pie se le enredó en la paja y cayó de espaldas sobre el heno con un jadeo breve.
Samuel se dejó caer a su lado al instante, le cubrió los labios con la palma, apenas, y se inclinó sobre ella para ocultarla.
Las botas del duque golpearon el suelo de la cuadra.
—¿Reed?
Evelyn apenas podía respirar. El cuerpo de Samuel estaba encima del suyo, no del todo, no aplastándola, pero lo bastante cerca para sentirle el calor. La cara a unos centímetros. Un respiro de más, un crujido de heno, un chillidito traidor de aquel cuerpo necio, y se acababa todo.
Un mozo respondió desde el patio.
—Creo que ha ido a por avena, Su Gracia.
El duque soltó un ruido de impaciencia.
—Que traigan a Zeus. No pienso esperar.
—Sí, Su Gracia.
Evelyn miró hacia arriba. Samuel miró hacia abajo.
Ninguno se movió. El corpiño se le había aflojado aún más con la caída.
Lo sabía. Sentía el aire fresco en lo alto de los pechos.
Sentía el corazón latiéndole contra aquella franja de piel al descubierto.
La mirada de Samuel bajó una sola vez. Una vez bastó. La mano que le tapaba la boca tembló.
El duque murmuró algo sobre la incompetencia.
Un caballo se removió. Crujió el cuero. Las botas se alejaron.
La puerta se abrió y se cerró. Samuel seguía sin moverse.
Evelyn tampoco. Durante varios segundos no hicieron más que respirarse el uno al otro en el heno, como dos reos que acababan de sobrevivir a la horca por un palmo.
Por fin Samuel apartó la mano.
—Perdóneme —susurró—. ¿La he lastimado?
—No. Aunque quizá me muera del susto.
—Espero que no.
—Sería inconveniente.
Otra vez se le movió la boca.
—Mucho.
Debería moverse. Debía moverse. Sentarse, arreglarse, darle las gracias y marcharse. Era lo único sensato. También era lo último que quería hacer, y aquello decía algo profundamente lamentable sobre el estado de su carácter. Samuel se apartó un poco.
—Debería irse antes de que venga nadie más.
—Sí.
No se fue. Los ojos de él se desviaron a la línea suelta del vestido y luego otra vez, pero no lo bastante rápido.
—Su Gracia. Si ha venido aquí por error, se olvidará.
—¿Y si no?
La pregunta cayó entre los dos como una cerilla encendida. A él se le alteró la respiración. Evelyn oía a los caballos moverse en los pesebres, los ruidos lejanos del patio, el propio pulso golpeándole las sienes.
—No debería preguntarme eso —dijo él, bajo y ronco—. Es usted la duquesa de Ashbourne.
—Lo sé.
—Y yo soy…
—El mozo de cuadra… ¿Eso quiere decir que no me desea?
Eso bastó. Lo que le quedaba de contención se le quebró en la cara.
—La deseo desde el primer día que la vi —dijo, como si las palabras se le arrancaran—. Y me he odiado por ello todos los días desde entonces.
Ah. Eso era mucho peor que el encanto. Era una confesión. El cuerpo entero de Evelyn pareció encenderse y afilarse.
—¿Y si no quiero que te odies? —susurró, y le pasó una mano por el torso tenso.
El usted se le había caído de la boca sin pensarlo.
—Entonces necesito que me digas exactamente lo que quieres, porque no voy a adivinar contigo.
Casi se rió. No porque fuera gracioso, sino porque el mundo era absurdo.
El duque nunca había preguntado. La casa nunca había preguntado.
La sociedad nunca había preguntado. Y ahora dos hombres en dos días le preguntaban.
Ahí estaba Samuel Reed, en una cuadra, en el heno, con todo el peligro posible apretando a la puerta, preguntándole qué quería.
¿Qué diablos estaba haciendo? ¿En qué se estaba convirtiendo?
Al parecer, exactamente en lo que la casa la acusaba de no ser.
Una mujer con cuerpo, con ganas y sin paciencia ya para ser desgraciada con educación.
—Te quiero.
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaban más oscuros.
—Di mi nombre.
Las palabras le recorrieron el cuerpo con un escalofrío que no tenía derecho a disfrutar.
—Samuel.
—Otra vez.
—Samuel.