Cuatro meses para volver a amarte EPÍLOGO II
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EPÍLOGO II

El llanto fuerte reverbera por la habitación y noto que el corazón se me acelera al ver a Alicia acunando a nuestro hijo en brazos. Está cansada, pero su cara irradia una felicidad pura y contagiosa, y no consigo apartar los ojos del pequeño ser que acaba de entrar en nuestras vidas.

Es tan pequeño, tan perfecto, con esos deditos minúsculos y la piel delicada. Al mirarle la carita, un torbellino de emociones se apodera de mí.

Alicia mece al bebé con suavidad, con la mirada fija y llena de amor.

Cada lágrima de agotamiento que derramó durante el parto se convierte en un brillo radiante en sus ojos.

Y ahí, en esa habitación iluminada por la luz suave de la mañana, noto una ola de felicidad invadiéndome, como un calor que se extiende por todo mi cuerpo.

—Es precioso —murmuro, con la voz tomada por la emoción.

Alicia me sonríe, una sonrisa que lo dice todo.

—Míralo, Tommaso. Es nuestro hijo.

Mientras me entrega al bebé, siento como si el mundo entero se hubiera parado. El pequeño descansa en mis brazos y yo me pierdo en su presencia. Sus ojos, todavía entrecerrados, parecen buscarnos, como si ya supiera que estamos ahí, dispuestos a protegerlo y a quererlo incondicionalmente.

El llanto cesa poco a poco y deja paso a unos pequeños gruñiditos. Sonrío, completamente aturdido por la intensidad del momento. Y casi como por arte de magia, el mismo amor profundo que siento por Belinha se me instala en el pecho por este pequeño ser.

—Hola, pequeño Emanoel —digo, y lo veo moverse, como si reconociera mi voz.

Alicia sonríe y veo las lágrimas cayéndole por la cara.

—Vas a ser un niño muy querido —continúo, y dejo que también me caiga a mí una lágrima gruesa de los ojos.

Con Emanoel en brazos, siento que no soy digno de tanta felicidad. Al mirarlo, me hago de nuevo la promesa que me hice hace tiempo:

Prometo que lucharé cada día por ser el hombre que os merecéis. Mi familia es mi razón de vivir, y haré lo que haga falta para que lo sepáis, para siempre.

FIN.