Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

La siguiente carta es la primera que leí, la que me puso del revés y convirtió toda mi vida en un caos.

La carta en la que mi abuela afirma categóricamente que no soy el padre de Belinha.

Releo ahora las palabras, con un peso distinto, comprendiendo el veneno que rezuma entre líneas.

Antes solo veía el impacto de la revelación, pero ahora...

veo todo el odio. Todo el rencor que guardó contra Alicia y, de alguna forma, contra mí.

Sujeto el papel, con las manos temblando de rabia, mientras mis ojos se clavan en ese párrafo concreto. Ya lo he leído antes, pero nunca con esta claridad. Nunca con esta comprensión amarga de que mi abuela, hasta en su lecho de muerte, se empeñó en manipular mi vida.

«Tommaso, si has descubierto que Alicia tuvo una hija, has de saber una cosa: esa niña no es tuya.

Es fruto de la aventura que Alicia tuvo con otro hombre.

Yo puedo demostrarlo. Alicia siempre fue una interesada y utilizó tu debilidad por ella para intentar atarte a un destino que no mereces.

No confíes en ella, nieto mío, no te dejes engañar.

Ya mintió una vez y volverá a mentir si hace falta.

Alicia no dudó en buscar a ese hombre después de que te fueras, y fue él, y no tú, quien estuvo a su lado cuando se quedó embarazada. Yo puedo demostrarlo, Tommaso. Hay testigos, fechas, hechos que no se pueden negar. Si te empeñas en buscar a esa niña, prepárate para la verdad: no es tuya.

Cuando llegue ese día, sé que sentirás rabia.

Rabia hacia mí, hacia todos los que te rodean.

Puede que incluso hacia ti mismo. Pero, con el paso del tiempo, lo que tú llamabas amor por Alicia se habrá disipado, como ocurre con las pasiones de juventud.

El tiempo es sabio, Tommaso. Apaga los ardores y nos hace ver lo que de verdad importa.

Esta es mi última carta para ti, nieto mío. Dejo aquí registradas estas palabras por si no consigo decírtelas en vida. No olvides que siempre te querré.

Con cariño, D. D. Angelis».

Tengo las manos tan tensas que apenas consigo sujetar el papel.

De las palabras de mi abuela, antes, cuando las leí deprisa, lo único que fui capaz de absorber era que afirmaba que yo no era el padre de Belinha.

Ahora, releyéndolas, veo que son palabras venenosas, impregnadas de una arrogancia disfrazada de preocupación.

Se me nubla la vista. Miro la carta, las palabras empiezan a mezclarse ante mí, la tinta manchada por las lágrimas que me caen de los ojos sin mi permiso.

No lo entiendo.

Puso esa maldita carta junto con las confesiones, humilló a Alicia y conspiró contra nuestra relación, esos fragmentos que probablemente sacó de su diario personal.

¿Cuál es su objetivo con todo esto? ¿Cuál?

¿Se acusa a sí misma y, al mismo tiempo, intenta convencerme de que Alicia es mala? No tiene sentido.

—¡Maldita sea! ¡Maldita sea Donatella Di Angelis! —bramo con todas las fuerzas de mis pulmones.

Tengo la garganta apretada, el corazón latiendo tan fuerte que puedo oírlo en los oídos.

Las palabras de mi abuela giran en mi cabeza como un torbellino de sentimientos que no consigo controlar: rabia, asco y un dolor tan profundo que me corta por dentro.

Cada frase leída parece una puñalada en el pecho.

Miro el papel que tengo en las manos y lo arrugo sin darme cuenta.

Las letras están emborronadas por las lágrimas que, por mucho que intente contenerlas, caen libremente.

No lloré cuando murió. No derramé una lágrima en el entierro de Donatella Di Angelis, la mujer que me moldeó, que me crio a su imagen.

Ahora, sin embargo, parece que todo lo que nunca conseguí sentir me está asfixiando de golpe.

De repente, al volver la mirada hacia la mesa, veo otro papel, otra carta, y esta parece más voluminosa que todas las demás.

Aquella era la última; ella misma lo dejó claro. ¿Será una carta que se me ha olvidado colocar en su orden, en medio de las otras?

Me apresuro a cogerla y me sorprende ver que la fecha indica que esta es, de hecho, la última carta, porque es la más reciente. El papel no está tan envejecido como los otros; los bordes todavía son lisos, sin los pliegues del tiempo.

Mi respiración se vuelve pesada, con los pulmones aún jadeando.

Intento recomponerme, pero es inútil. Me siento en el borde de la silla, con la cabeza latiéndome por todas las revelaciones y el pecho oprimido por la confusión.

Llevo la mano hasta la carta, paso los dedos por el doblez, sin valor para abrirla de inmediato.

Sé que lo que hay ahí dentro va a cambiarlo todo.

Una vez más. Respiro hondo, intentando buscar fuerzas donde ya no sé si quedan.

Esto lo escribió en sus últimos días, lo noto. La letra es más temblorosa, irregular, como si cada palabra le hubiera costado un esfuerzo.

«Tommaso:

Mi hora se acerca y, antes de irme, necesito decirte algunas verdades que llevo conmigo desde hace años y que ahora me persiguen más que nunca. No sé si esta carta te traerá algún consuelo o si solo será otra herida. Pero no puedo irme sin intentarlo.

Hace poco más de un año tuve una larga conversación con Genova, nuestra antigua ama de llaves, poco antes de su muerte. Hablando con ella me di cuenta de cuánto me equivoqué... no enseguida, sino ahora, solo hoy, un año después de aquella conversación. Casi como una epifanía cruel.

Una simple conversación plantó en mi cabeza unas semillas que solo han brotado hoy y me ha hecho ver hasta qué punto puede caer bajo un ser humano. Hasta qué punto la pobreza del alma no tiene nada que ver con la pobreza económica.

Genova fue nuestra ama de llaves durante años y nos trató con lealtad y respeto toda su vida.

No recuerdo que me dijera nunca tantas palabras como aquel día; era como si por fin quisiera decir todo lo que pensaba y lo que se había callado durante años.

Quizá, igual que yo ahora, presintiera que su final estaba cerca y necesitara sacarse de la cabeza cosas que creía que había que decir.

Ella acogió a Alicia y a su madre y también las tenía por familia. En nuestra última conversación me reveló que la chica a la que yo tanto castigué rezaba todas las noches por mi alma, que ahora, cansada, está a punto de partir.

La chica a la que martiricé rezaba por mí todas las noches.

¿Por qué? ¿Por qué hacía eso, Tommaso? ¿Si fui yo su verdugo?

¡No hay nadie tan bueno! Cuando lo oí sentí rabia, una rabia podrida que me corroyó todavía más.

¿Quién era ella para rezar por mí, como si yo necesitara su benevolencia?

¿¡Quién era ella para pensar que yo necesitaba sus malditos rezos! ?

Eso fue lo que pensé. Dios mío, ¿cómo pude estar tan equivocada durante tanto tiempo? ¿Cómo pude ser tan ensimismada, tan centrada en mí y solo en mí, hasta el punto de destruir todo lo que me rodeaba?

Alicia Greco no era como Martino Vilanova, y en el fondo yo lo sabía. Pero, aun así, odiaba que te interesaras por alguien como ella y que quisieras casarte con ella, una casi campesina que se ganaba la vida trabajando de camarera y, a veces, de sirvienta en nuestras casas.

¡Ay, cómo odiaba eso! Odiaba ver tu felicidad al mirarla, ver cómo el amor genuino y puro que os teníais el uno al otro era un amor que yo nunca tuve, un amor que me arrebataron cuando me traicionó aquel maldito hombre y tuve que casarme con un hombre al que nunca amé. Sentí tanta envidia, tanta rabia...».

El papel de la carta vibra entre mis dedos, como si contuviera algo más que simples palabras, como si cargara con el peso de un alma atormentada.

Las palabras siguen desplegándose ante mis ojos, cada una más pesada que la anterior, cargadas de un arrepentimiento profundo y de una rabia visceral que mi abuela nunca se atrevió a admitir en vida.

«Esta carta la escribo con mucha distancia respecto a la anterior, una distancia marcada por el dolor de ver la verdad que me negué a aceptar durante tanto tiempo. Y es solo ahora, mientras mi vida se apaga, cuando veo lo mezquina y egoísta que fui.

Durante años creí que hacía lo necesario, que proteger el legado de los Di Angelis era mi deber, que apartar a cualquier persona que yo considerara «indigna» era lo correcto.

Pero, en el fondo, todo lo que hice lo hice por mí.

No era el apellido Di Angelis lo que temía ver manchado: era el mío.

Era mi orgullo, mi envidia y mi vanidad.

Mientras agonizo en esta cama, cada día más débil, lo que más me atormenta es saber que no hay nada que pueda hacer para arreglar mis errores.

Me pasé la mayor parte de mi vida intentando moldearte a mi imagen y, al hacerlo, te quité la oportunidad de vivir plenamente.

Te robé a Alicia y, más aún, te robé a Belinha, tu hija.

¿Y por qué? Por nada más que mi propio egoísmo.

Me desprecio, Tommaso. Desprecio cada decisión que tomé para apartarte de ella.

Desprecio haber estado tan ciega, tan consumida por mis propias frustraciones, que no vi lo que de verdad importaba.

Y ahora, con la muerte acercándose, me veo obligada a enfrentarme a todo esto.

Me veo obligada a admitir que lo hice todo por mí.

No por ti. No por la familia. Sino por mí misma.

Hay personas malas andando por este mundo, y yo soy una de ellas.

En estos últimos años, desde que escribí la primera carta, todo se ha vuelto dolorosamente claro.

Mi rabia, mi control, mi obsesión... todo eso fue un intento desesperado de sentirme relevante, de sentir que controlaba algo en mi vida.

Pero ese control fue una ilusión, y el precio fue demasiado alto.

Lo perdí todo. Y, lo peor, hice que tú también lo perdieras.

Lo único que puedo hacer ahora es intentar reparar mínimamente mis actos.

Por eso dejo la mitad de mi fortuna a la caridad y a obras que me pasé la vida entera ridiculizando.

Pero, más que eso, os dejaré Villa Rosa a ti y a Alicia, para que, después de que leas esta carta, que se entregará con mi testamento, lo entiendas todo y podáis, por fin, intentar recuperar lo que perdisteis.

Sé que no será fácil, pero si yo... en una última jugada, hago que os veáis obligados a convivir durante un tiempo, estoy segura de que ese amor volverá a florecer en vuestros corazones.

Porque sé que, igual que tú nunca la has olvidado, ella tampoco te ha olvidado a ti.

Dejaré todas las demás cartas infames juntas, para que me odies, como merezco, y para que, tal vez así, en el más allá, tenga al menos una mínima posibilidad de redención.

Adiós, nieto amado, y perdón.

Con cariño y pesar, tu abuela, Donatella Di Angelis».

Me arden los ojos y se me cierra la garganta al leer estas últimas líneas.

Mi respiración se vuelve pesada, un esfuerzo.

Intento tragar, pero es como si un nudo me apretara la garganta con tanta fuerza que apenas consigo coger aire.

Los ojos me queman, me arden, y el dolor en el pecho... Dios, el dolor es insoportable.

Me tiemblan tanto las manos que casi se me cae la carta, pero me niego a soltarla.

La estrujo entre los dedos con fuerza, y el papel fino se arruga, se dobla, se rasga por los puntos más frágiles, pero da igual.

Nada importa. Todo lo que soy ahora es una masa de emociones rotas y una desesperación que no había sentido nunca.

El llanto llega de repente, como una ola que me engulle entero.

Las lágrimas caen pesadas, calientes, mojando el papel ya rasgado y manchado.

Dejo que mi cuerpo ceda. Los hombros se me hunden y todo el control que he mantenido durante tanto tiempo se deshace.

Ya no puedo aguantar más. No quiero. Un sollozo profundo se me escapa de la garganta, y el sonido ronco, casi animal, reverbera por el despacho silencioso.

Ya no me importa nada. No me importa la compostura, ni la fuerza que siempre he tenido que exhibir, ni la imagen de quien fui o de quien esperaban que fuera.

Todo se derrumba a mi alrededor, y yo caigo junto con los pedazos de mi vida, que ahora se esparcen como fragmentos de un pasado que nunca podré recuperar.

Las lágrimas siguen cayendo, interminables, y todo mi cuerpo tiembla con el peso de la verdad que se me ha revelado. El grito de dolor que sale de mi boca es ahogado, un gemido cargado de rabia, de tristeza, de arrepentimiento.

Todo lo que queda de mí se deshace en lágrimas y desesperación.