Cuatro meses para volver a amarte CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

El calor del cuerpecito de Belinha todavía me persigue, incluso ahora, sentado aquí, solo en mi despacho, con un vaso de whisky bien sujeto entre los dedos.

Me abrazó como si ya supiera quién soy para ella, como si aquella pequeña alma inocente hubiera reconocido la verdad antes incluso de que yo tuviera el valor de contarla.

Mi hija.

Cierro los ojos un instante, intentando apartar su imagen sonriéndome, como si no hubiera dolor en el mundo.

Pero eso solo lo empeora todo. El whisky baja quemándome la garganta, un intento patético de aliviar el nudo que se me ha formado dentro desde que ella corrió a abrazarme, desde que Alicia me dio la espalda y salió por la puerta, como si todo lo que hay entre nosotros fuera solo una página pasada.

Debería habérselo impedido. Debería haber hecho algo más.

Soy Tommaso Di Angelis, un hombre acostumbrado a resolver problemas chasqueando los dedos.

Pero, cuando se trata de Alicia, me siento impotente.

Siempre ha sido así. Es como si ella fuera la única capaz de derribarme, de exponerme a este torbellino de emociones que odio sentir.

Y ahora me ha dejado aquí, solo con estas malditas cartas.

Golpeo el vaso contra la mesa con más fuerza de la que debería, y el líquido ámbar se balancea de un lado a otro.

Me levanto y voy hasta el montón de papeles desordenados sobre la mesa.

Estas cartas... estas malditas cartas. Palabras de mi abuela, cartas que deberían darme respuestas, pero que solo me traen más dudas y más rabia.

La primera que leí —la revelación sobre Belinha— fue un puñetazo en el estómago que no vi venir. Pero sé que mi abuela se equivocaba en eso. Queda por saber si de verdad se equivocó o si, como dice Alicia, quiso separarme de ella a propósito.

Paso los dedos por los papeles, ordenándolos, obligándome a concentrarme, a controlar el caos que crece dentro de mí. Una cosa cada vez. Necesito poner estas cartas en orden; al menos eso sí puedo controlarlo. Un mínimo de estructura en medio de esta confusión absurda.

Por fin consigo ponerlas en el orden correcto y decido empezar a leer.

Las primeras cartas son superficiales, notas rutinarias sobre negocios familiares y asuntos triviales.

Cosas que ahora no me incumben. Las paso una tras otra, notando cómo crece la frustración dentro de mí.

Mis dedos se deslizan por los bordes de los papeles amarillentos y entonces noto algo peculiar: algunas de las hojas están arrancadas de un diario.

La letra es más fluida, menos formal, y la tinta parece más antigua.

Esas páginas no fueron escritas para que las leyera otra persona.

Es como si mi abuela hubiera descartado los pensamientos que le parecieron irrelevantes, fragmentos de un diario que decidió no conservar.

Eso no hace más que aumentar mi curiosidad.

Mi abuela siempre fue meticulosa, cada gesto calculado, así que ¿por qué separar estas páginas?

¿Qué era lo que no quería que viera nadie?

Paso las hojas más deprisa, con la mirada atenta a cualquier mención del nombre que me ocupa la cabeza desde que todo empezó a derrumbarse. Y entonces, por fin, algo me salta a los ojos. Veo el nombre que tanto busco escrito en mitad de la hoja:

«Alicia...»

Mis dedos dejan de moverse. El nombre está ahí, emborronado, como si la tinta se hubiera corrido por una lágrima o por un roce nervioso. Sujeto el papel con más firmeza, inclinándome hacia delante en la silla, casi conteniendo la respiración mientras sigo leyendo:

«Veo a Tommaso corriendo por la propiedad con esa chica. Nunca lo había visto así, nunca lo había visto tan feliz. Pero esa felicidad va a costar muy cara, y hay que resolverlo cuanto antes, antes de que dé frutos irreversibles».

Mis ojos recorren las palabras a una velocidad creciente, intentando absorberlo todo de golpe. El sudor empieza a acumularse en mis sienes.

«Alicia Greco se llama. Lo he averiguado todo sobre su familia y sus costumbres y, aunque no haya encontrado nada que pudiera usar para acabar con esa relación infame, sé que lo encontraré.

Sé que conseguiré encontrar algo para que mi querido nieto se dé cuenta del gran error que está a punto de cometer...

el mismo maldito error que yo cometí en mi juventud, un error demasiado terrible como para no evitarlo».

Las palabras de mi abuela son como un cuchillo afilado rasgándome la piel, cada frase penetrando más hondo, abriendo heridas antiguas y creando otras nuevas. Sujeto la página con tanta fuerza que me empiezan a doler los dedos, pero no consigo soltarla. Todavía no.

Abandono la hoja con un movimiento brusco y cojo la siguiente, con todo el cuerpo en tensión y la cabeza dándome vueltas con mil pensamientos.

El papel siguiente es distinto: la letra cambia, más formal, más calculada.

Es como si se hubiera preparado para aquello, como si hubiera elegido las palabras una a una para causar el impacto necesario. Siempre tan controladora.

«Tommaso», empieza el siguiente fragmento, con mi nombre destacado como si estuviera marcado por un sello invisible de decepción; siguen siendo hojas arrancadas de una especie de diario.

«He intentado de todas las formas abrirte los ojos, te he presentado chicas nuevas y he fingido que no sabía nada de ese maldito romance tuyo con esa mujer.

Pero eres testarudo, siempre lo has sido.

Un rasgo heredado de mí, no me cabe duda.

Pero, en este caso, tu terquedad será tu ruina.

No puedo seguir mirando mientras tiras por la borda el futuro que deberías tener. Tengo que intervenir».

Noto el sabor amargo de la rabia subiéndome por la garganta. ¡¿Intervenir?! Aprieto la mandíbula y sigo leyendo, notando cómo la rabia se apodera de mí.

«Esa chica no es adecuada para ti. Nunca lo ha sido.

No importa lo que haya hecho para capturar tu corazón, no pertenece a nuestro mundo.

Su origen, sus valores, todo en ella grita lo contrario de lo que debe ser un Di Angelis.

Sé que estás enamorado de ella. Pero la pasión es una llama que arde deprisa y solo deja cenizas. Eso lo sé yo mejor que nadie».

Sus palabras, tan cargadas de desprecio velado, hacen aflorar una oleada de furia que a duras penas consigo controlar. Mi abuela siempre fue una mujer de convicciones fuertes, pero nunca imaginé que hubiera llegado tan lejos para manipular mi vida.

Cojo la siguiente hoja con más fuerza de la que pretendía, y las palabras continúan:

«Ay, mi querido nieto, si no eres capaz de ver lo que tienes delante, tendré que tomar medidas.

Ya he empezado a mover algunas piezas: he contratado a una actriz que, con los toques adecuados, es un clon perfecto de Alicia, y en una grabación pasará perfectamente por ella; además, he contactado con un hombre capaz de falsificar cualquier firma, para las transferencias de dinero que supuestamente le haré a ella.

Alicia Greco es más frágil de lo que te imaginas, Tommaso.

Y, cuando caiga, no será capaz de levantarse sola.

Solo tengo que hacer las cosas de la manera correcta y todo saldrá a la perfección».

Me tiemblan las manos. Intento respirar hondo, pero el aire parece demasiado pesado, demasiado denso para llenarme los pulmones.

«Tommaso», su letra ahora es más tensa, casi garabateada, «escribo en este diario como desahogo, ya que no puedo decírtelo a ti. Tu abuelo y yo luchamos para que esta familia fuera exactamente como querían nuestros antepasados, y no voy a permitir que todo eso se destruya ahora.

Te di todas las oportunidades de alejarte de ella, de tomar la decisión correcta, de elegir a una joven de tu clase, que te diera herederos de tu clase, pero preferiste seguir a tu corazón, ignorando todo lo que siempre te he enseñado.

Si tú no puedes ser sensato, entonces lo seré yo.

He hecho lo necesario para apartarla de ti, y sé que, al final, lo entenderás.

Cuando mires atrás, te darás cuenta de que todo lo que hice fue para protegerte».

Dejo de respirar durante unos segundos.

Me tiemblan las manos mientras cojo la página siguiente. No estoy preparado para lo que viene a continuación, pero necesito saberlo. Necesito entender hasta dónde llegó.

La letra está aún más apresurada, más garabateada, como si mi abuela estuviera dominada por la misma urgencia que siento yo ahora.

«Hoy, Alicia Greco ha estado en mi casa.

Ha venido a mí llorando, con los ojos llenos de miedo y desesperación.

Me ha dicho que espera un hijo suyo y que cometió un error al no contárselo enseguida.

Por un momento no pude creer que fuera verdad.

Pero entonces, al mirar a esa chica miserable, me di cuenta de que era exactamente lo que ella haría.

Usar a una criatura para atarlo a ella, para asegurarse de que nunca pudiera librarse de sus garras».

Mis manos aprietan el papel con tanta fuerza que noto el sudor acumulándose en las palmas.

«Pero menos mal que fui rápida, Tommaso. Nunca he estado tan contenta de haber actuado con tanta presteza. Tú ya estabas lejos, en Nueva York, donde debías estar, lejos de ella y de sus mentiras. Tuve la certeza de que el futuro de nuestra familia estaba a salvo en aquel momento.

La eché de la propiedad. Le dije que jamás permitiría que una mujer como ella le diera un heredero a mi nieto. Que aquel hijo nunca llevaría el apellido Di Angelis. Y ella, en su debilidad, no fue capaz de plantarme cara».

Mi abuela la destruyó. Destruyó a la mujer que yo amaba y... y a mi hija. Nuestra pequeña Belinha.

«Escribiré una carta para cuando yo muera y salga a la luz esta verdad, asegurándome de demostrar que su hijo no es tuyo... y eso me garantizará que ella nunca consiga manipularte, querido mío».

El papel me tiembla en las manos, pero no puedo parar. Ahora no.

«Salió de aquí derrotada, exactamente como yo sabía que saldría.

No hay sitio para Alicia Greco en nuestras vidas, Tommaso.

Igual que no lo hubo para Martino Vilanova, aquel maldito que intentó seducirme en mi juventud, de la misma manera que ella lo ha intentado contigo.

Yo te he salvado, nieto mío, aunque a mí nadie me salvara en aquella época.

Aunque mi corazón quedara destrozado por aquel hombre sin escrúpulos, que casi arruinó mi vida y mi honra.

Pero lo vi tal y como era en realidad —un interesado despreciable— antes de que fuera demasiado tarde.

Y, a tiempo, me casé con tu abuelo. Ahora he hecho lo mismo por ti. Todo está resuelto».

Se me revuelve el estómago, con el sabor amargo de la bilis subiéndome a la garganta. Me levanto de un salto y las cartas caen al suelo como hojas muertas. La echó, la humilló, destruyó todas las posibilidades de que yo conociera a mi propia hija.

Se me nubla la mente.

Ella me robó mis amores.

Noto la furia acumulándose en el pecho, un grito atascado en la garganta. Yo dejé que esto pasara. Dejé que apartara a la mujer que amo. Dejé que me quitara la oportunidad de ser padre.

Cruzo la sala, con el sonido de mis pasos resonando por las paredes. Mis manos temblorosas todavía sujetan las últimas páginas, pero la rabia me impide seguir leyendo.

Lee, tienes que saberlo todo, ¡termina de leer!

Cojo la siguiente carta y trago saliva, listo para acabar de una vez por todas y conocer toda la verdad.