CAPÍTULO 41
La mañana ha pasado rápido. Belinha ahora está echando una siesta en el sofá, agotada después de jugar sin parar con Cat y Florença.
Está encogida, con los ricitos esparcidos sobre el cojín, y el sonido suave de su respiración llena el silencio del salón.
Mis hermanos se han ido hace ya un rato, dejando la casa sumida en esta paz temporal.
Estoy sentado en el sofá, al lado de Alicia, y los dos observamos dormir a Belinha. No hemos cruzado muchas palabras desde que se marcharon, pero el silencio entre nosotros es cómodo, una calma que pocas veces experimento.
—Tenemos que contarle la verdad —dice Alicia, sin mirarme, con la mirada todavía puesta en Belinha.
—Yo también lo creo. ¿Qué tal hoy en la cena? ¿Qué te parece? —pregunto, y veo que Alicia se vuelve hacia mí; una sonrisa la invade, la preciosa sonrisa de Alicia.
—Me parece perfecto —responde.
—Y sobre lo nuestro... —empiezo, y la veo sonrojarse levemente. Antes de que pueda seguir, me interrumpe.
—No hace falta que hablemos de eso.
—¡Claro que hace falta! —digo, mientras mi mano toca la suya, y el calor del contacto me provoca una descarga de adrenalina.
Alicia vuelve la cara hacia mí; sus ojos encuentran por fin los míos y hay algo ahí, algo más hondo de lo que las palabras pueden expresar.
Su respiración parece fallar un segundo, y el silencio que sigue es denso, lleno de expectativas, como si el tiempo estuviera a punto de pararse.
Su cara está tan cerca, y sus ojos, siempre tan intensos, parecen cargar con todas las preguntas y respuestas que intentamos evitar. Mi mirada cae brevemente hacia sus labios, y la tensión en el aire crece, casi palpable. Es como si algo tirara de nosotros para acercarnos, algo inevitable.
Me inclino levemente, sin darme cuenta. Mis dedos se deslizan por su piel, y la cercanía entre nosotros se vuelve insoportable.
Alicia no retrocede, con los ojos clavados en los míos, la boca entreabierta, y puedo sentir su respiración mezclada con la mía.
El calor entre nosotros aumenta, el salón parece más pequeño y el mundo exterior desaparece.
Estoy a centímetros de besarla cuando, de repente, el sonido de unos pasos entrando en la estancia hace que los dos nos quedemos congelados.
El momento se interrumpe como si alguien hubiera pulsado una pausa brusca en la película que estábamos viviendo.
Suelto la mano de Alicia en ese mismo instante, y ella se aparta un poco, girándose rápidamente hacia la puerta.
—Voy a llevar a Belinha a su cuarto —la voz de Vittorina, la madre de Alicia, suena suave y serena.
Camina hasta el sofá con pasos tranquilos, sin darse cuenta de lo que estaba pasando ni de lo que casi pasa.
Sus ojos están solo en su nieta, que sigue durmiendo profundamente, ajena al torbellino que nos rodea.
—Sí, claro, mamá —responde Alicia deprisa, con la voz un poco temblorosa, pero intentando sonar normal. Se levanta y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja con un gesto nervioso. Yo me quedo callado, luchando por recuperar el control de los latidos acelerados de mi corazón.
Vittorina se acerca a Belinha y la coge en brazos con la facilidad y el cariño de una abuela experta. La pequeña se acurruca automáticamente en el regazo de su abuela, todavía dormida, con los ricitos cayéndole sobre el hombro de Vittorina.
—Se lo ha pasado muy bien hoy —Vittorina nos sonríe antes de empezar a caminar hacia el pasillo—. Voy a acostarla. Debe de estar agotada.
Alicia asiente, todavía un poco tensa, pero le devuelve la sonrisa a su madre. Cuando Vittorina sale del salón llevándose a Belinha, el silencio regresa, pero ahora es distinto, cargado con lo que ha estado a punto de pasar.
—Yo... —empiezo, intentando retomar lo que estábamos a punto de discutir, pero Alicia sacude la cabeza, interrumpiendo mis pensamientos una vez más.
—Tengo que... tengo que... subir —dice, pareciendo ligeramente desconcertada, y sale rápidamente de mi campo de visión.
La sigo, sin entender qué le pasa por la cabeza ni por qué parece tan desconcertada.
Alicia sube las escaleras con prisa, con sus pasos rápidos resonando por el pasillo.
Y me descubro siguiéndola casi por impulso.
Hay algo en ella, una inquietud, que me hace querer entender, o quizá sea solo mi deseo reprimido lo que me obliga a continuar.
Sus palabras apresuradas, la manera en que ha evitado la conversación...
todo eso me empuja a no dejar las cosas pendientes.
Gira a la derecha en el pasillo, con los movimientos un poco vacilantes, como si no supiera exactamente adónde ir. Sin pensarlo, sigo detrás de ella, con el sonido de mis pasos resonando a su espalda, hasta que veo a Alicia abrir una puerta y entrar deprisa, casi cerrándola justo después.
Sin dudarlo, empujo la puerta y entro detrás de ella. Alicia se gira con un sobresalto, con los ojos como platos al verme ahí. Su expresión pasa de la sorpresa al apuro, y es entonces cuando me doy cuenta: ha entrado en mi habitación.
—Ah... yo... es que todas las puertas parecen iguales —balbucea, con la cara poniéndosele colorada mientras aparta la mirada, intentando encontrar una excusa, pero está claro que está desconcertada.
Me acerco despacio, con los ojos fijos en los suyos, hasta que estoy lo bastante cerca como para notar el calor que le emana de la piel.
Ella intenta hablar de nuevo, pero las palabras se le mueren en la garganta cuando mi mano le toca la cara con suavidad.
El contacto es leve, solo la punta de mis dedos contra su piel suave, pero su reacción es inmediata.
Alicia deja de hablar, con los labios entreabiertos, y el silencio vuelve a cargarse de todo lo que estamos intentando evitar.
Su cuerpo se queda inmóvil bajo mi contacto, como si estuviera atrapada en ese momento tanto como yo.
—¿Por qué huyes de mí? —pregunto, y veo que se le corta levemente la respiración.
—Porque... —aparta la mirada y deja de hablar, como si no estuviera segura de cómo seguir.
—Dímelo... —murmuro, con mis dedos trazando una línea suave por su mandíbula hasta pararse en la barbilla, inclinándole levemente la cara hacia arriba, obligándola a mirarme.
—Porque tengo miedo.
—No tienes que tener miedo de nada, Alicia —susurro, con la voz baja, cargada de una sinceridad que hasta a mí me sorprende.
Mis dedos siguen en su cara, trazando con suavidad la línea de su mandíbula, y noto que está temblando levemente.
No sé si es miedo o deseo, pero da igual, porque lo único que quiero ahora es disipar cualquier duda que pueda estar corroyéndola por dentro.
Sus ojos se encuentran con los míos, vacilantes, y algo ahí, muy al fondo, tira de mí, me hace querer protegerla, entender lo que pasa dentro de ella. El silencio entre nosotros es casi ensordecedor.
Alicia me embriaga y ya nada más me importa, solo tenerla para mí... otra vez.
Me inclino despacio, sin apartar los ojos de ella. La distancia entre nosotros se reduce y, por un segundo, parece dudar, con los labios entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo que nunca saldrá. Pero yo no le doy tiempo.
Cierro la distancia que queda entre nosotros y la beso.
El contacto de mis labios contra los suyos es suave al principio, una búsqueda silenciosa, una petición de permiso que ella concede en el instante en que noto que Alicia se relaja bajo mis manos.
El beso, antes vacilante, se hace más hondo.
La suavidad de sus labios, el calor que emana de ella, todo me envuelve de una manera que hace desaparecer el mundo entero.
Tiro de ella para acercarla más, con una mano en su nuca, mis dedos enredándose en su pelo, mientras la otra sigue acariciándole la cara.
Alicia me corresponde, con su cuerpo cediendo por fin a lo que llevamos tanto tiempo intentando evitar.
Está caliente, es suave, y yo me pierdo en ella, en la manera en que suspira contra mis labios, en la manera en que sus manos me tocan levemente el pecho, como si necesitara un punto de apoyo para no caerse.
¿A quién intento engañar? La quiero, siempre la he querido y siempre la querré.
Y, por un momento, pienso que este es el punto de no retorno. Ya no hay vuelta atrás para nosotros. Somos el uno del otro. Solo Alicia hace que mi cuerpo entre en esta ebullición de sentimientos y reacciones, solo ella.
Nuestras respiraciones se mezclan, el mundo de ahí fuera deja de existir, y el único sonido que importa ahora es el de nuestros labios encontrándose, explorando, buscando más el uno del otro.
No quiero que esto acabe. Nunca he querido nada tanto como quiero a Alicia.
Y, en este momento, con sus labios moviéndose contra los míos, con su cuerpo apretado contra el mío, me doy cuenta de que ya nada más importa.
Las promesas rotas, las palabras no dichas, los años de distancia... Todo eso se disuelve en este beso.
La necesito... la necesito de verdad.
Tiro de ella todavía más hacia mí; la sensación de su cuerpo pequeño y perfecto encajado en el mío es una tortura deliciosa.
Mis manos se deslizan por su espalda, explorando cada curva, notando cómo se le eriza la piel bajo mi contacto.
Alicia gime suavemente contra mis labios, y ese sonido es como un detonante para mi pasión.
—Tommaso... —suspira, llena de deseo, en medio del beso.
La quiero. Quiero cada parte de ella, cada respiración, cada suspiro, cada vez que dice mi nombre. Y ahora, con ella otra vez en mis brazos, me doy cuenta de que jamás seré capaz de dejarla marchar.
Me aparto solo lo justo para mirarla a los ojos. Le brillan, llenos de emoción, y veo ahí el reflejo de lo que siento. Sin palabras, sin promesas. Solo el deseo crudo y la necesidad arrolladora de tenerla, de no dejarla marchar nunca más.
Bajo la cabeza, apoyando mi frente en la suya, y susurro, todavía jadeando, con el corazón martilleándome en el pecho:
—Alicia, nunca he dejado de quererte... —susurro mientras la miro a los ojos—. Ni un maldito instante.
Acerco mis labios a los suyos, robándole pequeños besos desesperados y necesitados antes de continuar.
—Te quiero, Alicia, ¡te quiero! Y ya no importa lo que pasó en el pasado —digo, con la voz ronca, cargada de emoción—. No importa lo que nos separó, lo que se dijo o se hizo. Ya no voy a permitir que eso nos mantenga lejos, Alicia. Te deseo... siempre te he deseado.
Veo que se le llenan los ojos de lágrimas y que abre levemente la boca, pero la cierra antes de seguir.
Ahora, aquí, con ella en mis brazos, tengo la certeza en la que he intentado no creer durante todos estos días y sé que no puedo dar marcha atrás. Ya no puedo fingir que puedo vivir sin ella.
—Quiero estar contigo —continúo, con firmeza—. Solo tienes que decirme que tú también me quieres... que todavía me amas.
—Te quiero, Tommaso —dice, con la voz quebrada—. Siempre te he querido.
No la dejo decir nada más. Antes de que pueda terminar de pronunciar esas palabras que llevo tantísimo tiempo esperando oír, la cojo en mis brazos y la beso con una ferocidad que ni yo sabía que existía dentro de mí.
Todo el deseo reprimido, toda la añoranza, toda la frustración, todo estalla en este momento.
Es como si el mundo a nuestro alrededor se disolviera, dejando solo el calor de nuestros cuerpos, el hambre que sentimos el uno por el otro.
Mi mano se desliza hasta su nuca, atrayéndola más hacia mí, mientras la otra se mueve hasta su cintura y la aprieta contra mí, como si quisiera fundir nuestros cuerpos en uno solo.
Alicia responde con la misma intensidad, con sus dedos enredándose en mi pelo, tirando de mí para acercarme más, exigiéndome más.
La urgencia de nuestras caricias es intensa.
Mis manos le recorren el cuerpo, notando cada curva, cada centímetro de piel que consigo alcanzar.
Es perfecta, deliciosa, y mi mente se emborracha con la sensación de su cuerpo amoldándose al mío.
Los gemidos suaves que se le escapan de los labios contra los míos no hacen más que aumentar mi deseo, incendiando algo primitivo dentro de mí.
La quiero, siempre la he querido.
¡Dios, cuánto la quiero!
Se me hierve la sangre en su presencia.
La levanto, colocándomela en el regazo y notando cómo sus piernas se entrelazan alrededor de mi cuerpo, sujetándola con firmeza mientras mi boca explora la curva de su cuello, dejando un rastro de besos y de mordiscos suaves.
Su respiración se vuelve más rápida, más pesada, y puedo notar el temblor de su cuerpo, la anticipación que crece entre nosotros.
La manera en que se entrega, como si dejara todo el control en mis manos, me hace perder cualquier resto de racionalidad.
—Alicia —murmuro contra su piel, con la voz ronca, cargada de deseo—. Te necesito... ahora.
Ella suspira, con su cuerpo arqueándose contra el mío en respuesta, y esa pequeña rendición me deja al borde de la locura. Mis manos bajan por su espalda y enseguida encuentran la cremallera de su vestido.
Pero, de repente, noto el impulso de su cuerpo y se baja de mi regazo, con una sonrisa maliciosa brotándole en los labios:
—Deja que lo haga yo —dice, y veo que su mano alcanza la cremallera lateral de su vestido.