15 MARGOT #2
Finalmente, se tumba boca arriba. Me giro de lado y lo miro a la luz de la lámpara, fijándome una vez más en la cicatriz de su hombro, de una operación de la que no me ha hablado.
Su pecho sube y baja con menos agitación mientras su pulso se calma.
Su expresión es vulnerable de una manera que nunca permite delante de su equipo.
Ninguno de los dos le pone nombre a esto. Hacerlo requeriría que decidiéramos qué significa dentro de un edificio donde uno de nosotros tiene las llaves y a la otra la trajeron aquí contra su voluntad. Esto es demasiado nuevo para resistir ese peso.
Me siento y busco mi ropa. Él me observa vestirme sin preguntar adónde voy.
Se lo explico de todos modos.
—Tengo una llamada programada con Kimberly.
Asiente.
—Zavid me está esperando abajo.
Salgo de su habitación con la blusa mal abrochada, el pelo enredado y el sabor de él todavía en la boca.
El pasillo está vacío. Entro en mi habitación, cierro la puerta y me siento en la cama con el portátil abierto.
No me conecto durante unos minutos, hasta que me siento más tranquila y estoy segura de que ya no parezco recién follada.
A medida que la intensidad del encuentro se desvanece, las náuseas regresan. Ojalá esta no sea mi reacción cada vez que tenga que interpretar a Katya, aunque espero que no sea por mucho más tiempo.
Kimberly contesta al primer tono y frunce el ceño de inmediato.
—Tienes un aspecto terrible.
Me río.
—Siempre dices eso. Tuve que hacer una cosa.
Lo dejo en algo vago, pero probablemente haya reunido suficiente información de estas charlas para hacerse una idea de lo que hice. Sabe por qué Valentin me trajo y algunos detalles, pero nada que pudiera ponerla en peligro.
—Siempre tienes un aspecto terrible en ese lugar.
Me estudia a través de la pantalla.
—Pero esta noche te ves peor. Tienes mala cara. Estás sudando en las sienes, y tienes esa cosa que haces con la mandíbula cuando aprietas los dientes para evitar las arcadas. ¿Cuánto tiempo llevas vomitando?
Me quedo helada.
—No estoy vomitando. No lo he hecho desde la última vez que hice algo similar.
—Puede que no estés vomitando, pero tienes náuseas. ¿Cuánto tiempo llevas así? Tienes mala cara, los labios secos, y te estás sujetando el estómago con la mano izquierda sin darte cuenta.
Bajo la mirada. Mi mano izquierda está presionada contra el abdomen, una posición que no elegí conscientemente. La aparto.
—Es estrés.
—Margot.
Kimberly deja el café.
—¿Cuánto tiempo?
Clavo la uña del pulgar en el borde del escritorio.
Me obligo a hacer memoria, recordando las veces que no he comido porque tenía náuseas, y luego me decía a mí misma que era porque no había comido.
Eso se remonta a antes del incidente en el que me derrumbé después de la primera reunión en persona como Katya.
—Quizá dos semanas. De vez en cuando. Viene por la mañana y a veces después de las comidas. Anya me dio medicación contra las náuseas y dijo que era adrenalina y mala nutrición.
Sueno a la defensiva.
Me lanza una mirada severa, desafiándome a no decirle la verdad.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste la regla?
La pregunta me para en seco. Me quedo mirando la pantalla e intento recordar.
—¿Margot?
—No me acuerdo.
Mi propia voz me suena extraña.
—He estado tan concentrada en el entrenamiento y los intercambios que dejé de llevar la cuenta.
Nadia me trajo un suministro de productos de higiene femenina cuando trajo la ropa de Katya la primera vez, así que he tenido acceso a ellos durante unas seis semanas, pero no los he necesitado.
—El estrés retrasa los ciclos. Está documentado. Pasa.
—Sí, pasa.
La voz de Kimberly es firme y cuidadosa.
—El estrés retrasa los ciclos. El embarazo también los retrasa. También causa náuseas matutinas, fatiga que no responde al descanso, cambios en el apetito y sensibilidad en los pechos. ¿Has notado algo de eso?
Cierro los ojos. Los síntomas se alinean en mi cabeza como pruebas en uno de los expedientes de Mara.
Las náuseas que empezaron hace tres semanas y no remiten.
El periodo que atribuí al estrés sin contar las semanas.
La fatiga que va más allá del entrenamiento, el agotamiento hasta los huesos que no se cura durmiendo.
Cómo ciertos alimentos han empezado a provocarme arcadas cuando antes no lo hacían.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste relaciones sexuales sin protección?
Abro los ojos.
—Cada vez que hemos estado juntos.
—¿No tomas la píldora?
Niego con la cabeza. La tomaba cuando vivía con Grant, porque jamás habría traído un bebé al mundo con él, pero perdí la costumbre mientras estaba fugada, pagando todo en efectivo para no dejar rastro, y ni hablar de buscar un nuevo médico para esas cosas.
Kimberly no reacciona ni me regaña por ser tan imprudente. Solo respira.
—Entonces necesitas hacerte una prueba.
—No puedo hacerme una prueba. Cada suministro en este edificio pasa por la cadena médica. Anya responde ante Valentin. El equipo de seguridad controla las adquisiciones. Si solicito una prueba de embarazo, la consola de seguridad de Kolya lo registra, y Valentin se entera en menos de una hora.
Kimberly piensa. Puedo verla dándole vueltas al problema como si fuera un asunto del hotel.
—¿Anya rinde cuentas a ti o a Valentin?
—A los dos. Es la médica de la residencia.
—¿Confías en ella? ¿Crees que sigue una ética que le impide compartir toda la información con Valentin si él le pide un informe de salud?
Pienso en Anya poniéndome vendas de compresión en las muñecas y pasando a verme después de lo del restaurante sin que pareciera vigilancia. Anya me trata como a una paciente, no como a un activo.
—Sí.
—Entonces dile a Anya que necesitas una prueba. Ella puede comprar una y meterla de contrabando. Seguramente no le importará que no le devuelvas el dinero.
Me muerdo el labio.
—¿Y si la pillan?
—Ya te ocuparás de eso si pasa. Ahora mismo necesitas información, y no puedes tomar decisiones sin ella.