11 MARGOT #2
—En ello estoy. —La voz de Nadia se mantiene serena, pero seguro que ya está siguiendo tres pistas a la vez—. Margot, si Katya estaba haciendo señales en ese tribunal…
—Sabía lo de Grant y Kirill antes de desaparecer.
Zavid lo confirma veinte minutos después, con Nadia de intermediaria.
La misma señal aparece en otras dos grabaciones de audiencias relacionadas con la moción sellada.
Katya no dio con la conexión Grant-Kirill por casualidad.
La había estado rastreando. Quizás desapareció no para huir, sino para proteger lo que había descubierto.
Katya Vasilieva estaba siguiendo el mismo caso desde el otro lado.
No por mí, porque dudo que sepa quién soy, sino por sus propias razones.
Paso mucho rato a oscuras dándole vueltas a cuáles podrían ser, con el portátil abierto y la grabación pausada en el rostro de Katya en perfil de tres cuartos.
Ella y yo nunca hemos estado en la misma habitación ni hemos hablado.
Que yo sepa, tampoco conoció a Mara, así que ¿por qué le importaba?
No sé dónde está ni si sigue viva, y la gente de Valentin ha dejado de hacer conjeturas en voz alta delante de mí.
Nathan viene a mi habitación a las diez de la mañana siguiente con un estuche fino que deja sobre mi escritorio. —Valentin quiere que sepas esto. Yo digo que necesitas saberlo de una forma que no te haga sentir como mercancía.
Miro el estuche. —¿Qué hay dentro?
—Educación. —Mantiene la expresión neutra mientras abre el estuche.
Despliega tres cuchillas sobre el escritorio en orden de tamaño, de mayor a menor.
Sin dramatismo. Coge la más pequeña, una navaja plegable de unos cinco centímetros, lo bastante fina para quedar pegada al muslo en una funda de liguero, y me enseña cómo agarrarla con paciencia, como si me estuviera enseñando a cambiar una rueda.
—Esto te da dos segundos. —Gira la hoja para que el filo capte la luz de la lámpara—. Eso es todo. Dos segundos de sorpresa, y los usas para salir corriendo.
—¿Y si no puedo correr?
Gira la hoja de nuevo antes de dejarla y coger la siguiente en tamaño. —Entonces haces que se arrepientan de haberse acercado tanto. —Me la tiende por el mango—. Toma. La estás cogiendo mal.
Pasamos cuarenta minutos practicando agarre, despliegue y un ángulo pensado para crear distancia, no para invitar al enfrentamiento.
Nathan no comenta mis errores. Los corrige y sigue adelante.
Fallo el despliegue dos veces y me corto una.
No es nada profundo, solo un rasguño en el índice que escuece más de lo que debería, pero es un recordatorio muy claro de que esto son armas.
Nathan me pasa un trapo sin decir nada y espera a que me lo envuelva y vuelva a intentarlo.
Al final, soy capaz de sacar la hoja y presentarla en menos de un segundo, y no me tiemblan las manos.
—Bien. —Nathan pliega la hoja más grande y la guarda en el estuche. Deja la más pequeña sobre el escritorio, a mi lado—. Sigue practicando.
—¿Y la más grande?
Niega con la cabeza.
—Esa es para llevarla a la vista: intimidación y combate. No la necesitas. La mediana es para defensa cuando no importa que te la vean. Necesitas la pequeña porque te permite escapar y se oculta fácilmente. —Señala la hoja sobre el escritorio—. Empieza a llevarla encima.
Miro la hoja y pienso en las manos de Grant rodeando el cuello de Mara, en el nombre de Kirill apareciendo en cada informe de vigilancia que he leído, y en que llevo seis semanas en esta residencia pero apenas empiezo a comprender el peligro que también existe dentro de estas paredes.
La hoja cambia mi forma de caminar por los pasillos.
No voy armada de verdad. Nathan lo dejó claro.
Una mujer con una hoja oculta contra cuatro hombres entrenados es una mujer con un objeto afilado y las de perder.
No me enseñó a pelear con ella. Me enseñó a crear distancia, a aprovechar el instante entre que te agarran y reaccionan, y a ganar segundos en vez de batallas.
He llevado armas antes. El cúter de mi bolsa de emergencia era un arma igual que lo es un cuchillo de cocina cuando duermes con él bajo la almohada porque no tienes otra opción.
La hoja que me dio Nathan es diferente. Está diseñada para un propósito concreto, y ese propósito es sobrevivir, no defenderse.
La distinción importa porque defenderse implica quedarte a pelear.
Sobrevivir implica rajar y salir corriendo.
Me quedo con la hoja.
Valentin está en el pasillo, frente a mi puerta, a las once de esa noche, con una bolsa de papel que huele al pollo y puré de patatas del restaurante. O es una coincidencia o una crueldad deliberada. Se apoya con un hombro en el marco de la puerta.
—Pensé que te apetecería algo familiar.
El olor es increíble, así que abro más la puerta. No lo invito a pasar, pero tampoco cojo la bolsa y le cierro en las narices.
—¿Pollo frito y puré de patatas?
Asiente.
—Una mujer llamada Drea dijo que era lo que pedías siempre.
—Lo es, pero ¿por qué...? —Me aclaro la garganta—. ¿Por qué haces esto?
Me ofrece la bolsa. Su expresión es indescifrable y su respuesta, algo críptica.
—Drea le dijo a Renni, el guardia que mandé a por esto, que te gusta el puré de patatas cuando tienes una mala semana.
—No está siendo una gran semana. —Eso lo admito.
—Se nota. —Agita la bolsa suavemente para tentarme.
Cojo la bolsa. Nuestros dedos se rozan en las asas durante medio segundo. Me golpea la lucidez, esa lucidez cruda y acorralada que surge de llevar tanto tiempo al borde del precipicio que ya no puedes fingir que no lo ves.
Retrocedo con la bolsa.
—Esto no borra nada. Ni la coacción ni cómo empezó todo esto. La comida para llevar del restaurante no compensa nada de eso.
No aparta la mirada ni finge arrepentimiento.
—Lo sé.
Intento decidir qué hacer con este gesto cuando la voz de Nadia atraviesa el pasillo desde la sala técnica, cortante y seca.
—¿Valentin?
Se vuelve.
—Kirill ha vuelto a cambiar el intercambio. —Está al fondo del pasillo, con la tableta inclinada hacia él—. La reunión en persona.
Entrecierra los ojos.
—¿Cuándo?
—Después de posponerla dos veces, ahora quiere reunirse en cinco días en vez de nueve. —Nadia me mira un momento antes de volver la vista hacia él—. La ha adelantado sin dar ninguna razón.
Aún tengo la bolsa en las manos, pero casi se me cae.
—Se suponía que eran nueve días.
Cinco días no parece muy distinto de nueve, pero podría ser la diferencia entre estar preparada y fracasar.
Pienso en Katya en aquel tribunal, dos dedos apoyados en la barandilla de la galería, un golpecito, una advertencia.
Ella no fallaría en esto, pero vive en este mundo. Yo solo estoy aquí a regañadientes.
Cinco días no son tiempo suficiente, pero es lo que me queda. No puedo fallar si quiero ayudar a encontrar a Katya y conseguir por fin justicia para Mara.