Capitulo 3 · La llave B
La llave B
Santiago no quiso contarme más en el café. Dijo que las paredes tenían oídos, una frase que habría sonado ridícula en boca de cualquier otro. En él sonó como una disculpa. Me citó al anochecer junto al antiguo cine del barrio, cerrado desde antes de que yo aprendiera a leer.
Llegó con una mochila y dos impermeables. —La llave es de una bodega. Tu abuela rentaba una cerca del invernadero.
—Mi abuela nunca habló de un invernadero.
—Tu abuela habló de muchas cosas solo cuando era seguro hacerlo.
La respuesta me irritó porque no era respuesta. Aun así subí a su motocicleta. La lluvia había aflojado y la ciudad brillaba bajo los semáforos como si hubiera sido lavada a medias. Yo no lo abrazaba; sostenía la correa lateral con tanta fuerza que los dedos me dolían. Santiago no dijo nada de eso.
El invernadero estaba detrás de una antigua fábrica de textiles, cercado por láminas oxidadas y jacarandas sin flores. Parecía un lugar que el resto de la ciudad había decidido olvidar. La bodega B era una puerta verde entre otras nueve. La llave giró con dificultad.
Adentro había cajas de archivos, una lámpara de escritorio y una silla plegable. Nada de cultivos, nada de herramientas. En una repisa, mi abuela había puesto frascos de café vacíos con etiquetas: octubre, noviembre, diciembre. Dentro de cada uno había un sobre.
Abrí el primero. “Para cuando ya no pueda cuidar de ella”, decía la carta. No especificaba quién era ella. Había fechas, nombres de empresas, copias de recibos y una lista de edificios. El nombre de mi padre se repetía junto al de una constructora llamada Altura Norte.
Santiago tomó una hoja sin tocarme. —Vera encontró esos documentos en la oficina de tu papá. Descubrió que Altura Norte estaba usando materiales más baratos de los permitidos. Un edificio se agrietó. Hubo un trabajador herido.
—Mi papá es arquitecto. Él no puede…
—Puede. Y no fue lo único.
Quise gritarle que estaba mintiendo. En cambio le pregunté por qué sabía todo eso. Santiago miró hacia la puerta abierta. —Porque Vera me enseñó las copias la noche antes de desaparecer. Quería llevarlas a una periodista. Yo le dije que era una pésima idea.
—¿Y después?
—Después hice lo que los cobardes hacen cuando alguien les pide ayuda. Me fui a mi casa y fingí que no sabía nada.
La honestidad no lo perdonó. Pero algo en su voz se quebró de una forma tan precisa que no pude disfrutar de su culpa. Encontramos, al fondo de la última caja, una grabadora pequeña y una nota de mi abuela: “La contraseña no es una fecha. Es una pregunta.”
En el camino de regreso, Santiago me preguntó si tenía frío. Le dije que no. Era mentira. Me cubrió los hombros con su impermeable sin detener la motocicleta. El gesto fue tan sencillo que sentí ganas de llorar, y eso me dio más miedo que la bodega.