Capitulo 2 · La caja verde
La caja verde
Las fotografías eran peores. En la primera aparecíamos las dos en la azotea, cuatro meses antes de que ella desapareciera.
Yo tenía trece años y llevaba el uniforme de secundaria; Vera, diecisiete, fingía que no posaba.
En la segunda había un hombre con casco amarillo frente a un edificio en construcción.
En la tercera, mi padre hablaba con ese hombre junto a una camioneta negra.
Las demás estaban movidas, tomadas desde lejos, como si quien las había hecho temiera ser visto.
La memoria USB no funcionó en mi computadora. Pedía una contraseña que no tenía. Probé nuestros cumpleaños, el nombre de nuestra abuela, el de la calle. Nada. La llave, en cambio, tenía una etiqueta en la que apenas se leía una letra: B.
Al día siguiente llevé las fotos al café de la esquina para escanearlas. No quería que mi padre las encontrara en la casa. El local se llamaba Niebla y, desde la ventana, podía verse la fachada de la papelería donde Vera me compraba plumas de gel cuando quería pedir perdón por algo.
—Valeria.
El vaso se me resbaló de la mano. No llegó a caer porque otra mano lo sostuvo antes que yo. Santiago Ortiz seguía teniendo la costumbre de aparecer en los momentos en que yo deseaba que el mundo estuviera vacío.
Lo conocía desde que teníamos ocho años. Vivía dos casas más allá y había sido el mejor amigo de Vera hasta que ella desapareció. Después, su familia se fue sin despedirse y él dejó de responder cada uno de mis mensajes. Durante años lo imaginé cobarde, culpable o las dos cosas.
Ahora estaba frente a mí, más alto, con el cabello oscuro recogido hacia atrás y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda que no recordaba. Llevaba el delantal del café y una expresión que parecía ensayada para no revelar nada.
—Volviste —dijo.
—Mi abuela murió.
La culpa le cruzó el rostro. Me odió por usarla, y a mí me gustó un poco que le doliera. No era justo, pero tampoco lo había sido que desapareciera de mi vida sin una explicación.
Santiago vio las fotos extendidas sobre la mesa. Su mandíbula se tensó cuando llegó a la de mi padre junto a la camioneta. Luego miró la postal del invernadero y dejó de respirar por un segundo.
—¿Dónde conseguiste esto?
—¿Sabes qué es?
—Sí. Y si eres lista, vas a guardarlo todo y vas a salir de esta ciudad.
Le arrebaté la postal de la mano. —Si sabes algo de Vera, no vuelvas a decirme que me vaya.
Santiago cerró los ojos. Por un instante no vi al chico que me había abandonado, sino al adolescente que se sentaba con Vera en la banqueta a inventar planes para irse lejos. —No sé dónde está —dijo al fin—. Pero sé que tu padre nunca quiso que encontraras esa caja.