Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 20 LAS AMIGAS TAMBIÉN SON ELLOS
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20 LAS AMIGAS TAMBIÉN SON ELLOS

Estela

Hay amistades que no necesitan mantenimiento. No hay que regarlas, ni revisarlas, ni preguntar si siguen vivas. Están. Y punto. Juan Diego, Fer y Luisma eran eso. Mi grupo de seguridad nacional.

Quedábamos un sábado al mes. Religiosamente. Era una terapia que no pagábamos, pero que nos salvaba en incontables ocasiones.

Ese sábado tocaba, aunque nos habíamos visto en el cumpleaños de J.D. Bueno, Paula y yo estuvimos allí, sin embargo, a la hora que los visitamos estaban ya todos demasiado beodos como para recordarnos nítidamente.

—Llegas tarde —receló Fer sin levantar la vista de la carta, odiaba la impuntualidad.

—Llego cuando puedo. —Me dejé caer en la silla—. Además, me echáis de menos.

—Siempre te echamos de menos—añadió Luisma, llevándose la copa de vino a los labios—. Pero nos gusta sufrir.

—Es nuestra forma de amar. ¡Qué guapa estás siempre!

—remató Juan Diego, dramático, como todo lo que hacía.

Y es que Juan Diego no hablaba. Interpretaba.

Actor de teatro, cuarenta y pocos, alto, delgado, con una melena que se movía más que él cuando hablaba y una forma de mirar que parecía que siempre estaba a punto de soltar un monólogo en el Teatro Español.

—¿Habéis pedido ya? —pregunté.

—Sí —respondió Fer—. Para ti también. Porque si no, no cenas.

Fer era el equilibrio. Maestro de primaria. Paciente hasta niveles sospechosos (bueno, depende del día). Ordenado, lógico, con gafas que siempre se colocaba cuando alguien decía una tontería. Es decir, constantemente con nosotros.

—Gracias, mamá —le guiñé un ojo.

—De nada, hija.

—Bueno —Luisma dejó la copa—. Vamos a lo importante.

Ahí estaba.

Luisma.

Traje impecable incluso en sábado, barba perfectamente recortada, sonrisa de político que sabe exactamente cuándo usarla. Trabajaba en el Ayuntamiento de Madrid y tenía más tablas en una conversación que todos nosotros juntos.

—Empieza alguien —dijo—. Que yo vengo calentito.

—Eso lo dices siempre —respondió Juan Diego.

—Porque siempre es verdad.

—Cuenta —le animé.

Luisma suspiró.

—He quedado con un tío que en fotos parecía… —buscó la palabra— sólido.

—¿Sólido? —repetí.

—Sí. Sólido. Con presencia. Con mandíbula.

—Importante la mandíbula —añadió Fer.

—Fundamental —asintió Luisma—. Bueno, pues llego.

—Y no era él —señalé.

—Era él —negó—. Pero en versión… prueba piloto.

—Ay, no —Juan Diego se llevó la mano al pecho.

—Os lo juro. Parecía que alguien lo había desinflado por el camino.

Me atraganté de la risa.

—No puedes decir eso.

—Puedo y lo digo. —Se inclinó hacia delante—. Y lo peor no es eso.

—Siempre hay un “lo peor” —murmuró Fer.

—Siempre. —Luisma alzó un dedo—. Se pasó toda la cena hablando de su ex y de su exsuegra. Las puso a parir.

—No —susurré.

—Sí, y, a pesar de eso, no hablaba de haberlo superado.

—¡De “volvería mañana”! —añadió Juan Diego.

—Eso mismito —apostilló el político.

—¡Huye! —sentenció Fer.

—Hui —indicó Luisma—. Pagó él, eso sí. Caballero. Pero emocionalmente… un desastre.

—Te gusta un poco —le provocó Juan Diego.

—No me gusta nada —confesó rápido—. Bueno… un poco la mandíbula. Pero…

—Te lo follaste antes de marcharte —intervine.

—Pues claro, reina. —Reímos todos.

—¡Ole tú! —gritó Juan Diego.

—¿Y tú qué? ¿Algo nuevo? —cuestioné al actor.

—Calla, no vas a creerte lo que me ha pasado.

—Cualquier cosa, Juandi —manifestó Fer, exnovio de Juan Diego, por cierto—. Un día te violan en un décimo.

—Ha sido en un noveno —aclara, y todos reímos—.

Quedé con un chico de Grinxer. Me gustó mucho sus fotos, la primera conversación.

Total, que no vivía muy lejos y me invitó a su casa.

Fui, me picaba. Subí a un noveno piso porque el ascensor estaba estropeado y la puerta estaba abierta. Dije… Aquí es. Empujé y…

—¡Te golpearon con un paraguas! —Le interrumpí, y eso, a Juandi le gusta poco.

—Calla, perra. No. —Él siguió—. Estaba muy oscuro y de pronto…

se me planta delante un tío que no era el de las fotos, fumado, o puesto de yo qué sé…

Le digo que me ha mentido, me dice que ya que estoy allí pues que follemos, doy un paso atrás y…

corro como alma que lleva el diablo por el edificio, bajo los nueve piso saltando escalones de seis en seis y vuelvo a mi casa pensando que me gusta vivir.

Los cuatro nos morimos de la risa.

—¿Y tú? —Fer me miró—. ¿Qué traes?

—Habla tú primero. Nunca cuentas tus citas.

—Mis citas no existen. Soy célibe.

—Te ha crecido el himen.

—Uno de dos centímetros —soltó sin reír pero con guasa—. Vale, lo admito, llevo dos meses sin quedar, sin follar, sin problemas. A mí no me secuestran y me quitan los órganos como a estos.

—Hay que arriesgar un poco —parloteé demasiado, y saltaron las alarmas. Tres pares de ojos se me quedaron mirando con curiosidad.

Bebí un sorbo de vino. No por necesidad. Por tiempo.

—Hay alguien.

Se hizo el mutismo. Un silencio de estos que hacen tres gays a la vez cuando huelen drama.

—Cuenta, puta.

—Cuenta, bonita.

—Cuenta, cuenta.

—Es… un vecino.

—No me digas. El del quinto —apuntó Fer, haciéndose un cigarro de liar.

—Del tercero.

—En el tercero vives tú —observó Juandi.

—De mi madre.

—¿Qué?

—¿Qué?

—¿Qué? —chillaron los tres.

—Que vive encima de mis padres.

—Muy mal —añadió Luisma.

—Fatal —remató Juan Diego.

—No habéis escuchado nada —protesté.

—No hace falta —respondió Fer—. “Vecino” ya es mala decisión.

—Y vecino de tu madre, mucho peor —añadió Juan Diego.

—Continúa —pidió Luisma, dejando el cigarrillo en la mesa y cruzándose de brazos.

Respiré.

—Se llama Armando.

—Nombre de problema —sentenció Fer.

—Tiene veintinueve.

—¿Perdona? —Juan Diego se incorporó.

—Veintinueve. Pero si tus amantes son de veinte.

—Es verdad. Me callo. —Hizo el gesto de cerrar la cremallera imaginaria de la boca.

—Yo me levanto y me voy —dijo Fer.

—No te levantes —reí—. Escucha.

—Estoy escuchando y no me gusta nada —respondió.

—Es… —busqué la palabra— divertido.

—Mal —Luisma.

—Muy mal —Fer.

—Fatal —Juan Diego—. Esto va a ser una tragedia griega.

—Es simpático.

—Peor.

—Mucho peor.

—Eso engancha.

—Es listo.

—Adiós —Juandi se llevó la servilleta al pecho.

—Y está muy bueno.

—¿Tienes fotos? —añadió Luisma.

—No.

—Coño, tendrá Instagram —agregó Juandi.

—Dejad que hable —instó Fer.

—Estaba liado con Rebeca.

—¿Quién es Rebeca? —preguntó Fer.

—Una chica del portal.

—Siempre hay una Rebeca —asintió Juan Diego.

—Ya no está con ella.

—Claro —Luisma.

—Eso dicen todos —Fer.

—Nos hemos besado.

Silencio otra vez.

—¿Cuántas veces? —Luisma.

—Varias.

—Ajá.

—Pero no nos hemos acostado.

—De momento —completó Juan Diego.

—Llevamos una semana hablando.

—Estás dentro —sentenció Fer.

—No estoy dentro.

—Estás dentro —repitió.

—Vale, un poco —cedí.

—Gracias —dijo Luisma—. Ya podemos trabajar a partir de ahí.

Juan Diego se inclinó hacia mí.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Mucho?

Lo pensé.

—No sé. Sí, supongo…

—Pues ya está —se recostó—. Problema.

—¿Por qué todo es problema? —protesté—. Álvaro piensa lo mismo.

—Porque lo es —respondió Fer con calma—. Te gusta más de lo que debería.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé. Te conozco.

—¿Él qué quiere? —Luisma intervino.

—Nada serio.

Risas.

—Clásico —Juan Diego.

—Manual básico —Fer.

—Edición revisada —Luisma.

—Pero… —añadí—. Está ahí todos los días. A todas horas.

—Quiere follarte, reina —Fer.

—De todas las posturas posibles —Juandi.

—Estoy de acuerdo —Luisma.

—¿Y debería parecerme mal?

—No, si tú quieres lo mismo —Fer.

—Es que no lo conozco. Y hace… mucho que no me acuesto con nadie.

—Pues tíratelo, cojones. Vida para ese cuerpo —Juandi.

—Secundo la moción —Luisma.

—Aparece. Es atento. Es…

—Incoherente —cortó Fer.

—No tiene por qué. Es agradable y educado —Lo defendió Juan Diego.

—Esos son ruina —Luisma.

—Los que dicen “no quiero nada” pero te miran como si fueras todo —Juan Diego.

—No me mira así. Aún no ha ocurrido casi nada. Ni siquiera somos amigos, aunque él insiste en que sí.

Silencio.

—Claro —Luisma—. Así no se responsabiliza de nada.

—Y tú te estás metiendo —Fer.

—No me estoy metiendo. —Suspiré ante la mirada de mis amigos—. Vale, sí, un poco.

—Mucho —corrigió Juan Diego.

—No tanto. No sé ni qué quiero. Pasarlo bien, supongo. Un poco de dopamina. Me gusta estar tranquila, pero mi cuerpo necesita un poco de subidón de vez en cuando.

—Y bajón, hermosa, después viene el bajón —Juandi.

—Bah, ella se sobrepone rápido —Fer me echó un cable.

—Ten cuidado de todas formas —aconsejó Luisma—. No por él. Por ti. A él no lo conocemos.

—Porque tú no juegas —remató Juan Diego—. Tú te implicas.

Bajé la mirada.

—Ya.

—Y eso —continuó Fer— no es malo.

—Pero duele —Luisma.

—Y mucho —Juan Diego.

Me apoyé en la silla.

—¿Y qué hago?

Se miraron.

—Nada —dijo Fer.

—¿Nada?

—Vive.

—Pero con ojos —Luisma.

—Y sin mentirte —Juan Diego.

Sonreí.

—Sois unos dramas.

—Y tú una suicida —respondió Luisma.

—Pero te queremos —añadió Fer.

—Mucho —Juan Diego.

Levanté la copa.

—Por las malas decisiones.

—Por las buenas historias —corrigió Luisma.

—Que son lo mismo —Fer.

Chocamos. Y pensé algo muy simple: Que igual sí era una mala idea. Pero también… que hacía mucho tiempo que no me apetecía tanto equivocarme.