Capítulo 3
Noa
Gabriel tenía las manos temblorosas mientras marcaba el número en su móvil.
Lo observé desde mi posición en el escalón de la terraza, con la cerveza derramada todavía humedeciendo la hierba a mis pies, intentando procesar que el niño que una vez llevé de la mano para comprar helados ahora era este hombre alto, de barba incipiente, que temblaba como una hoja al otro lado del jardín.
—Papá —dijo Gabriel, y su voz cambió, se volvió más joven, más vulnerable—. Sí, estoy bien. No, no ha pasado nada malo. Escúchame...
Hizo una pausa. Cerró los ojos. Yo contuve la respiración sin saber muy bien por qué.
—Ha vuelto —susurró Gabriel al teléfono—. Noa. Está aquí, en la casa de sus abuelos. La he encontrado.
El silencio que siguió al otro lado de la línea fue tan denso que casi pude sentirlo desde donde estaba. Gabriel asintió varias veces, aunque su padre no podía verlo, y murmuró algo como «sí, seguro», «no, no se ha ido», «ven cuando puedas».
Cuando colgó, se quedó inmóvil unos segundos, mirando la pantalla del móvil como si contuviera los secretos del universo.
—¿Está... está bien? —pregunté, y mi voz sonó extraña, forzada, demasiado alta para el silencio del jardín.
Gabriel se giró. Sonrió, pero era una sonrisa complicada, llena de aristas que no sabía interpretar.
—Se ha quedado mudo —dijo—. Literalmente. Ha tardado treinta segundos en decir una palabra. Y cuando ha hablado... —Gabriel se interrumpió, negando con la cabeza—. Ha dicho que viene. Que está en el hotel, que cierra unas cosas y luego viene.
El hotel.
El Hotel Bahía Esmeralda.
Sentí que el suelo se movía ligeramente bajo mis pies, esa sensación de mareo que experimentas cuando el cuerpo sabe algo que la mente todavía se niega a reconocer.
Catorce años. Catorce años evitando pronunciar ese nombre en voz alta.
Catorce años borrando de mi memoria esa vida que había dejado atrás.
Y ahora, en cuestión de minutos, Gabriel lo había devuelto todo al presente con la fuerza de un tsunami.
—No tienes que quedarte —dije, intentando recuperar algún control sobre la situación—. Seguro que tienes planes, amigos, cosas que hacer. Yo... yo estoy bien sola. Necesito organizar la casa, deshacer las maletas...
—¿Estás de broma? —Gabriel se acercó y se sentó en el escalón junto a mí, ignorando por completo mi intento de distanciamiento—.
Noa, te he buscado durante catorce años.
Bueno, no literalmente, pero... —Se pasó una mano por el pelo, frustrado—.
Cada vez que venía a casa de tus abuelos, preguntaba por ti.
Cada vez que mi padre miraba esa foto que tenemos en el salón, la de la barbacoa de aquel año, yo preguntaba dónde estabas.
Y siempre me decían lo mismo: «Se fue a Madrid». «Tiene su vida». «Déjalo estar».
Me miró a los ojos, y en los suyos vi una intensidad que me desarmó.
—Pero yo nunca dejé de preguntarme por qué —continuó—. Por qué te fuiste sin despedirte. Por qué nunca llamaste. Por qué... —Tragó saliva—. Por qué nos abandonaste.
La palabra "abandonar" me golpeó como un puñetazo en el estómago. Quise protestar, explicarle que no fue así, que las cosas son más complicadas, que yo también sufrí, que...
Pero ¿cómo explicas a un niño, aunque ya no sea un niño, que a veces los adultos huyen porque no soportan el dolor de quedarse?
—Gabriel, yo... Empecé, pero mi móvil vibró salvajemente en el bolsillo, interrumpiéndome.
Lo saqué. La pantalla explotaba con notificaciones.
WhatsApp. Tres mensajes de Claudia. Cinco de Sara.
Un mensaje de un número desconocido que resultó ser Marcos, y es que Gabriel debía haberle pasado mi contacto en cuestión de segundos.
Y una solicitud de amistad en Instagram de Lucía Reyes, seguida inmediatamente de un mensaje directo:
«Noa, soy Lucía, la pequeña. ¿Te acuerdas de mí? He visto tu foto en el perfil de Gabriel. Estoy llorando. Iré a verte mañana. Te quiero mucho».
Levanté la vista hacia Gabriel, aturdida.
—¿Les has dicho a todos que estoy aquí?
—Solo a Marcos y a Lucía —dijo, encogiéndose de hombros sin ningún remordimiento—. Pero Marcos tiene un grupo de WhatsApp con medio Marbella, así que... sí, probablemente lo sepa todo el mundo en un radio de quince kilómetros.
—Joder —susurré, cayendo de espaldas sobre el césped, mirando el cielo que se oscurecía—. Joder, Gabriel.
Él se rio, una risa profunda, genuina, y por un segundo vi al niño que fue.
—Bienvenida a Marbella, Noa —dijo—. Aquí los secretos duran lo que tarda un café en enfriarse.
Gabriel se quedó hasta tarde. Ayudó a deshacer una de mis maletas, la que tenía los libros, nada de ropa íntima, gracias a Dios, y me contó todo lo que había pasado en los últimos años. Hablaba a una velocidad vertiginosa, como si temiera que me evaporara si dejaba de hablar.
Me contó sobre el hotel, sobre cómo los tres hermanos habían ganado un premio de lotería hacía unos años y habían invertido todo en el Hotel Bahía Esmeralda.
Que había sido un éxito inmediato. Que Álvaro trabajaba allí siete días a la semana, que era su vida, su obsesión, su forma de no pensar en...
Se interrumpió y se puso colorado.
—¿En qué? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—En nada —murmuró Gabriel—. En el pasado, supongo.
Me senté en el borde de la cama, con un jersey de lana entre las manos, sintiendo cómo la realidad se reconfiguraba a mi alrededor. Álvaro. El hotel. Los domingos de trabajo. La obsesión.
En Madrid, mi vida había sido un paisaje de grises.
Mi piso pequeño en Chamberí. Mi oficina en casa con la ventana que daba a un patio interior.
Mis clientes, todos empresarios serios que nunca me preguntaban por mi vida personal.
Mis citas esporádicas con hombres que me aburrían o que me decepcionaban.
Mi rutina de gimnasio los martes y jueves.
Mis llamadas semanales con mis padres los domingos a las seis.
Era una vida pequeña, sí. Pero era mía. Controlada. Predecible. Segura.
Y ahora, en cuestión de horas, sentía que esa vida se había agrietado. Que por esas grietas se colaban voces del pasado, risas compartidas, miradas que había intentado olvidar y que ahora volvían con la insistencia de las mareas.
—¿Sigue...? —empecé, y tuve que toser para disimular el nudo en la garganta—. ¿Sigue Álvaro viviendo en la misma casa?
Gabriel me miró desde el umbral de la puerta, donde estaba recogiendo su chaqueta. La pregunta flotó entre nosotros, pesada, llena de significados que él no comprendía del todo.
—Sí —dijo suavemente—. La misma. La que tiene el limonero en el patio. Lucía y Marcos viven allí cuando no están en el campus. Yo tengo un piso en Málaga, pero voy los fines de semana.
La misma casa.
La casa donde pasé tantas tardes. La casa donde Álvaro y yo hablamos hasta la madrugada mientras sus hijos dormían arriba. La casa donde una vez, borracha de vino tinto y de honestidad, casi le confesé que...
No.
No iba a ir por ahí.
—Tengo que irme —dijo Gabriel, acercándose para darme otro abrazo—. Mañana vengo con Marcos y Lucía. Y... —Dudó—. Y probablemente mi padre querrá verte mañana. Si eso te parece bien.
—Claro —mentí, con una sonrisa automática—. Claro que sí.
Cuando se fue, el silencio de la casa fue ensordecedor. No el silencio tranquilo de Madrid, ese que yo había cultivado durante años. Era un silencio cargado de expectación, como si las paredes supieran algo que yo todavía no quería admitir.
Me duché con agua casi fría, intentando borrar la sensación de desbordamiento.
El baño estaba exactamente igual: azulejos azules, espejo con marco de madera, jabón de lavanda que mi abuela seguía comprando aunque ya no estuviera.
Me vestí con un pijama viejo que encontré en el armario, de los míos de adolescente, absurdamente grande ahora, y bajé a la cocina a buscar algo para cenar.
Cogí la botella de vino que había guardado en la nevera, la abrí, me serví una copa y me senté en la terraza a oscuras.
Y entonces, por primera vez en horas, estuve sola.
Realmente sola.
Sin Gabriel hablando a mil por hora. Sin el ruido de Madrid. Sin el teléfono explotando. Bueno, eso era mentira; el teléfono seguía vibrando cada dos minutos con mensajes de Claudia y Sara, pero lo había puesto en silencio.
Me bebí la mitad de la copa en un trago.
Álvaro.
Dios, Álvaro.
Intenté no pensar en él. Literalmente, forcé mi mente a pensar en otras cosas: en el informe fiscal que tenía que entregar el lunes, en la planta de jazmín que necesitaba regar mañana, en si tenía suficiente leche para el café de la mañana.
Pero era inútil.
Una vez que abres la puerta, los recuerdos no piden permiso. Entran a empellones.
Álvaro en la cocina, haciendo café para dos mientras yo estudiaba en la mesa.
Álvaro riendo de una de mis bromas, esa risa profunda que le salía del estómago.
Álvaro serio, escuchándome hablar de Adrián, de cómo me sentía utilizada, de cómo necesitaba que alguien me dijera que no estaba loca por sentirme así.
Álvaro diciéndome: «Eres la mujer más extraordinaria que conozco, Noa. No lo olvides nunca».
Y yo, estúpida, ciega, enamorada de otro, asintiendo y pensando en qué suerte tener un amigo así.
Terminé la copa. Serví otra.
¿Dónde estaría ahora? ¿En el hotel? ¿Cerrando cajas? ¿Pensando en mí?
No. Seguramente no. Catorce años eran mucho tiempo. Probablemente había rehecho su vida. Probablemente tenía novia, amante o... Dios, ¿y si se había vuelto a casar?
La idea me produjo una punzada física en el pecho, tan real que tuve que apoyarme en la mesa.
Era absurdo. Yo no tenía derecho a sentir celos. Yo había sido la que se fue. La que cortó el contacto. La que decidió que era demasiado doloroso mantener una amistad con un hombre que amaba en silencio mientras yo perseguía fantasmas.
Pero ahora estaba aquí.
Y él venía.
— Ha dicho que viene —había dicho Gabriel.
Me cubrí la cara con las manos, sintiendo el calor del vino en las mejillas. Esto era un error. Todo esto era un error monumental. Debería haberme quedado en Madrid. Debería haber vendido la casa. Debería...
El móvil vibró sobre la mesa de madera, un zumbido sordo que me sobresaltó.
Lo miré con recelo. La pantalla se iluminó en la oscuridad del jardín, blanca y azul, insistente.
Una notificación de WhatsApp.
De Claudia.
El texto era breve, directo, devastador:
Claudia: Cariño, me acaba de escribir Sergio. Álvaro acaba de salir del hotel como un loco. Quizás sea hora de dejar de tener cuidado.
Leí el mensaje tres veces. Cuatro.
Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos, un tamborileo salvaje que ahogaba el sonido de las cigarras.
Ha vuelto a la ciudad.
Álvaro venía. Estaba en camino. En cuestión de minutos, quizás de segundos, volvería a verle.
Catorce años desaparecieron en un instante.
Y yo, que había pasado los últimos años construyendo muros, sentí cómo la primera grieta se abría en los cimientos, dejando entrar la luz de una manera que me aterrorizaba y me excitaba por igual.
Estaba pensando en él.
Dios mío, estaba pensando en él.
Y no podía parar.