Cuando volviste a mí Capítulo 2
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Capítulo 2

Gabriel

El volante se me resbalaba entre las manos, y no era solo por el calor de agosto que convertía el interior del coche en un horno a pesar del aire acondicionado.

Era el nudo que tenía en la garganta, esa mezcla absurda de miedo y esperanza que me hacía pisar el acelerador con más fuerza de la necesaria y luego frenar en seco ante cada semáforo, como si mi pie no supiera decidir entre la prisa y el pánico.

Llevaba tres meses pasando por delante de esa casa.

Tres meses desde que nos enteramos de que la villa de los abuelos Souto había pasado a manos de su nieta, tres meses mirando esas contraventanas verdes cerradas, esperando ver alguna luz, alguna señal, alguna prueba de que ella había decidido volver.

Y ahora, Dios, ahora que la había visto, no podía procesarlo.

Tenía veintiún años. Estudiaba Ingeniería Industrial en Málaga, trabajaba los fines de semana en el hotel de mi padre, nuestro hotel, aunque todavía me costara pensarlo así, y me consideraba un tipo razonablemente maduro.

No era de esos que se emocionaban hasta las lágrimas, o eso creía.

Pero en ese momento, conduciendo por las calles estrechas del barrio antiguo, sentía que podía llorar como un crío.

Porque era ella. Realmente era ella.

El semáforo se puso en rojo y frené demasiado brusco. El coche se estremeció. Apoyé la frente en el volante un segundo, respirando hondo, intentando calmarme. Pero cerrar los ojos fue un error. Cerrar los ojos devolvió el recuerdo con una claridad insultante.

Tenía seis años cuando la conocí. Seis años, recién empezado el colegio, con los bolsillos llenos de miedos que no sabía nombrar.

Mis padres se habían divorciado hacía dos años, mi madre se había ido a vivir a Barcelona con un tipo que vendía seguros, y yo estaba convencido de que había algo en mí que hacía que la gente se marchara.

Mi padre intentaba ser suficiente para Marcos, para Lucía y para mí.

Lo intentaba de verdad. Pero trabajaba doce horas diarias en la constructora, volvía a casa exhausto y, aunque nunca faltó un plato de comida caliente ni un cuento antes de dormir, sentía que faltaba algo.

Alguien. Una presencia femenina que no fuera mi abuela Mercedes, que era maravillosa pero olía a colonia de violetas y me trataba como si fuera de cristal.

Y entonces llegó ella.

Recuerdo el día perfectamente. Era un sábado de primavera, uno de esos días en los que el cielo de Marbella parece hecho de tela azul recién planchada.

Mi padre me llevó a casa de mi tío Sergio, donde también estaría el tío Iván, para una barbacoa que olía a carbón y a secreto ibérico.

Yo estaba sentado en los escalones del jardín, jugando con un coche de plástico rojo, cuando escuché una risa.

Esa risa.

Era una risa que sonaba como el agua corriendo en verano, como las campanillas de viento que colgaba mi abuela en el porche.

Alcé la vista y la vi: una chica morena, joven, sentada en el césped con mi hermano Marcos en brazos.

Marcos tenía cuatro años y era un demonio con patas, pero en ese momento estaba quieto, fascinado, mientras ella le hacía cosquillas en la barriga con una pluma que había encontrado en algún sitio.

—¿Y tú quién eres, guapo? —me preguntó, dejando a Marcos y acercándose a mí.

No contesté. Era tímido. Demasiado tímido para mi edad, decían todos.

Pero ella no se fue. Se sentó a mi lado en el escalón, sin importarle el polvo ni que su vestido blanco se ensuciara. Cogió mi coche rojo, lo examinó con seriedad y dijo:

—Este coche necesita un copiloto. ¿Tú sabes conducir?

—No —murmuré.

— Yo tampoco —susurró, conspiradora— . Pero podemos aprender juntos.

Y durante las tres horas siguientes, ella y yo «conducimos» ese coche por todo el jardín.

Ella inventó una historia absurda sobre que éramos espías secretos que tenían que entregar un paquete muy importante, un paquete que resultó ser una piedra redonda que pintamos con rotuladores, y yo, que apenas hablaba con extraños, me reí tanto que me dolió la barriga.

Cuando mi padre vino a buscarme para irnos a casa, me agarré a la pierna de ella y me negué a soltarla.

— Quiero que venga con nosotros —lloriqueé, con esa vergüenza que solo tienen los niños pequeños cuando expresan lo que sienten.

Mi padre se quedó rojo, avergonzado. Pero ella, ella se agachó hasta mi altura y me miró a los ojos.

— Gabriel —dijo, y era la primera vez que pronunciaba mi nombre —, yo voy a estar aquí siempre que tú me necesites. ¿Trato hecho?

— ¿Prometido? —pregunté, con la voz temblorosa.

— Prometido.

Y lo cumplió durante el año siguiente. Y hasta ese momento, hasta que ella desapareció de nuestras vidas sin despedirse, Noa fue mi persona favorita.

Mi Noa, como la llamaba yo, con esa posesión absoluta que tienen los niños.

Venía a casa los fines de semana, me ayudaba con los deberes que me volvían loco, me llevaba a por helados de limón que comíamos sentados en el muro del puerto deportivo y me leía cuentos en la terraza hasta que me quedaba dormido en su regazo.

Ella no sabía que muchas noches, cuando mi padre creía que dormía, me asomaba a la ventana y la veía sentada en el jardín, hablando con él.

Mi padre. Hablaban durante horas, en voz baja, y aunque no entendía de qué, sí entendía algo: cuando ella estaba, mi padre reía más. Parecía más ligero. Menos triste.

Y luego, un día, se fue.

No hubo despedida. No hubo «hasta luego». Un martes de noviembre, mi padre llegó a casa con una cara que no había visto nunca: apretada, gris, como si alguien le hubiera apagado una luz por dentro. Cuando pregunté por Noa, me dijo que se había mudado a Madrid para trabajar.

—¿Volverá? —pregunté.

Mi padre me miró durante mucho tiempo. Demasiado tiempo.

— No lo sé, Gabriel —dijo al final —. A veces la gente se va y no vuelve.

Tenía siete años y fue la primera vez que odié a alguien. Odié Madrid, odié los trabajos, odié a los adultos que se llevaban a las personas que querías sin preguntarte si estabas de acuerdo.

Pero, sobre todo, durante años, odié a mi padre por no haber hecho nada para impedirlo.

Ahora, con veintiún años, entendía que no era tan simple.

Entendía que había cosas entre adultos que los niños no ven, heridas y silencios y miedos que se interponen entre dos personas que deberían estar juntas.

Pero entonces... entonces solo supe que había perdido a alguien esencial, y que nadie me había preguntado si estaba de acuerdo.

El coche de detrás me pitó. El semáforo había cambiado. Pisé el acelerador con demasiada fuerza y el coche saltó hacia delante, chirriando.

— Tranquilo, imbécil —murmuré para mí mismo, aunque no sabía si me refería al conductor de atrás o a mí mismo.

Giré en la esquina del Callejón de la Cruz. Era una calle estrecha, de las que no aparecen en las guías turísticas, con casas blancas y macetas de geranios en las ventanas. La casa de los abuelos Souto estaba al final, justo donde la calle hacía una suave curva hacia la izquierda.

Mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. Pum. Pum. Pum. Como un tambor de guerra.

Y entonces la vi.

Estaba sentada en el columpio del jardín, el mismo sitio donde solía sentarse ella cuando hablaba con mi padre.

Llevaba una camiseta blanca y vaqueros, el pelo recogido en un moño desordenado, y tenía una cerveza en la mano derecha.

La izquierda descansaba en la cadena del columpio, moviéndose lentamente, haciendo que el asiento de madera chirriara con ese sonido tan familiar que me transportó catorce años atrás en un segundo.

Frené el coche en seco. No importó que estuviera en medio de la calle. No importó que bloqueara el paso. No importó nada.

Porque era ella.

Noa.

Mi Noa.

Catorce años habían pasado, pero la reconocería entre mil. La forma de inclinar la cabeza hacia la izquierda cuando pensaba. La manera en que el sol del atardecer le doraba la piel. La postura relajada pero elegante, como si estuviera en casa en cualquier sitio donde pusiera un pie.

Estaba de espaldas a la calle, mirando hacia el jardín, hacia el limonero que mi abuelo Antonio había plantado hacía décadas. No me había oído llegar. El motor del BMW era silencioso, y yo había frenado suavemente, en trance.

Apagué el motor. El silencio fue repentino, casi violento. Solo quedaban las cigarras y el sonido de mi propia respiración, agitada, entrecortada.

Me bajé del coche. Las piernas me temblaban. Me sentí de repente como ese niño de seis años que no sabía hablar con extraños, ese niño que necesitaba que alguien le enseñara a conducir coches de plástico rojo.

Caminé hacia la verja. Cada paso me parecía un kilómetro. El jardín olía a jazmín y a hierba seca, el mismo olor de mi infancia, inmutable, injustamente inmutable, mientras yo me convertía en adulto sin permiso.

Estaba a tres metros de ella cuando el suelo crujió bajo mi pie. Una ramita seca. El sonido fue un disparo en el silencio.

Ella se giró.

Nuestros ojos se encontraron.

Y entonces pasó algo extraño. Durante un segundo, un segundo que duró una eternidad, ella no me reconoció. Vi confusión en sus ojos color miel, una punta de precaución, la reacción automática de una mujer sola que ve acercarse a un desconocido.

Pero yo ya estaba sonriendo. No podía evitarlo. La sonrisa me brotaba de dentro, imparable, enorme, la sonrisa de un niño que ha encontrado su juguete perdido.

—No puede ser... —dije en voz alta, y mi voz sonó extraña, rota, emocionada.

La confusión en su rostro se transformó en algo más suave, más reconocible, y yo vi cómo sus ojos se abrían de par en par mientras el reconocimiento llegaba.

—¿Gabriel? —susurró.

No respondí. Salté la verja, una habilidad que había perfeccionado durante años al entrar y salir de la casa de mis abuelos, y en dos zancadas estaba frente a ella.

Y la abracé.

La abracé con todas mis fuerzas, con la fuerza de quien tiene catorce años de abrazos acumulados, de catorce años de preguntas sin respuesta, de catorce años de extrañar a alguien que no sabía cómo nombrar.

La levanté del suelo, sintiendo su peso real, su calor real, el olor a champú y a sol de su pelo.

Ella se quedó quieta un segundo, rígida, y pensé por un momento terrible que no me recordaba, que para ella yo era solo un niño más entre los cientos que había conocido.

Pero entonces sus brazos se cerraron alrededor de mi cuello, apretando con fuerza, y sentí su aliento cerca de mi oreja.

—Gabriel —dijo otra vez, y esta vez su voz temblaba—. Mi Gabriel.

Mi corazón estalló.

La solté suavemente, pero mantuve las manos en sus hombros, necesitando asegurarme de que era real, de que no era un espejismo de agosto, de que no me había vuelto loco de tanto desearlo.

—Has cambiado —dije, examinándola, buscando en su rostro los rasgos de la chica que guardaba en mi memoria—. Pero sigues siendo tú.

Ella rio, y fue esa risa, esa risa de agua corriendo, de campanillas de viento.

—Tú sí que has cambiado —dijo, pasando una mano por mi hombro, midiendo mi estatura—. Estás... estás enorme. ¿Cuándo te hiciste adulto?

—Hace poco —bromeé, aunque la emoción me ahogaba—. Todavía estoy aprendiendo.

Nos miramos en silencio. El atardecer se estaba apagando rápidamente, tiñendo el jardín de violetas y grises. Las primeras estrellas empezaban a asomar en el cielo.

—Gabriel... —Empezó ella, y vi que tenía los ojos brillosos—. No entiendo. ¿Cómo...?

—He pasado por aquí todos los días —confesé, sintiendo que necesitaba decirle la verdad, toda la verdad—. Desde que nos enteramos de que habías heredado la casa. Tres meses, Noa. Tres meses esperando.

Ella parpadeó, confundida.

—¿Esperando qué?

—A que volvieras —dije simplemente—. A que decidieras que era hora de volver a casa.

La palabra casa flotó entre nosotros, pesada, cargada de significados que ninguno de los dos quería desentrañar todavía.

Ella abrió la boca para decir algo, pero yo ya estaba sacando el móvil del bolsillo. Tenía que hacerlo. Tenía que avisarles. Marcos se volvería loco. Y Lucía... Dios, Lucía lloraría como una magdalena.

Pero, sobre todo, sobre todo, tenía que decírselo a él.

A mi padre.

Porque mi padre, ese hombre que se había tragado catorce años de silencio, que había construido un hotel con sus propias manos para tener ocupadas las suyas, que se había convertido en el mejor padre del mundo para compensar el amor que no se había atrevido a pedir...

Mi padre necesitaba saber que ella estaba aquí.

Miré a Noa, que me observaba con esos ojos que habían visto crecer a mi hermano, que me habían leído cuentos, que habían sido el refugio de mi infancia.

—No se lo va a creer cuando lo vea —dije, marcando el número de mi padre, con la voz llena de una emoción que no podía controlar.

Y en el silencio del jardín, mientras el móvil empezaba a sonar al otro lado, supe que este verano iba a ser diferente a todos los demás.

Este verano, por fin, íbamos a recuperar lo que habíamos perdido.